La escritura del caso, un ejercicio de lectura*. Laura Canedo (Barcelona)

Introducción
La formación del psicoanalista es una cuestión que está en vigencia permanente tanto en nuestra Escuela, la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, como en el Campo Freudiano. Y la inauguración del curso 08/09 -si no me equivoco, nuestro vigésimo cuarto SCF en Barcelona-, es una buena ocasión para aportar una breve reflexión al respecto. Lo hago en este caso como miembro de la comisión de organización del Seminario de casos clínicos.

La presentación de casos clínicos es parte de la formación del analista. Y ello conlleva previamente la escritura. Por esta razón, para la ocasión me ha parecido interesante tomar esta cuestión a la luz del seminario al que nos dedicaremos este curso (1), pero especialmente a partir de un capítulo, el tercero cuyo título es: “La función de lo escrito” (2).

Debo decir que otra fuente me sirvió para pensar de forma más gráfica la relación entre la lectura y la escritura en la formación, y la voy a compartir. Fue una entrevista televisada del programa S(avis) (3) al etólogo Jordi Sabater Pi. En ella, comenta cuál fue la vocación a la que no le permitieron dedicarse por no vislumbrarse suficientemente lucrativa, la de dibujante. Y a continuación dice que el dibujo ha sido la herramienta privilegiada con la que aprendió a observar, función fundamental en la etología.

Los analistas vemos en los trazos de nuestros más jóvenes analizantes, los niños, cómo el dibujo es una vía privilegiada de elaboración. Vemos cómo ya en el garabato, que representa a la representación misma al significar todo y nada a la vez, se esboza la letra. Así es también como Lacan en sus primeras menciones a los redondeles de cuerda y al nudo, al dibujarlo en la pizarra dice que se esboza en ese pequeño signo el carácter, la letra (4). Y sabemos que desde entonces Lacan no abandonará la relevancia que da a la escritura.

Les avanzo entonces lo que creo que es la tesis que postula en Aún. Es la siguiente: El analista lee en aquello que incita al analizante a decir. Pero lee orientado por el ejercicio de escritura en tanto matematización, en tanto extracción de las condiciones de goce en los decires del sujeto.

El analista lee con la pauta de la escritura
Lacan se adentra así en este capítulo en una tarea que plantea como peliaguda: situar la función de lo escrito en relación al discurso analítico. Para ello, en primer término menciona la lectura. Nos dice: “(…) en el discurso analítico (…) se trata (…) de lo que se lee más allá de lo que se ha incitado al sujeto a decir, que no es tanto (…) decirlo todo, sino decir cualquier cosa, sin vacilar ante las necedades que se puedan decir” (5).

Así pone en primer término un principio podíamos decir, del ejercicio del analista; el analista lee. Que el analista lea implica justamente que no se limita a escuchar. La lectura es en el analista un ejercicio que lo diferencia de otros ámbitos donde la escucha está en juego (las relaciones interpersonales, las prácticas “psi”, otras profesiones, etc.)
No obstante, leer en lo dicho es también un ejercicio que en cierta medida comparte con otras disciplinas clínicas o hermenéuticas, pero a las que no se iguala. Entonces debemos plantearnos: ¿qué hace que la lectura del analista a partir de la escucha sea particular?

a) En primer término, si seguimos a Lacan, lo que la hace particular es que el analista “lee más allá de lo que incita a decir”.
Plantea entonces, podríamos decir, lo que él entiende aquí por la invitación a la asociación libre que hace el analista. Nos dice que lo que se incita a decir “no tiene tanto que ver con el decirlo todo, sino de decir sin vacilar en las necedades”. Y dice también lo que entiende por “necedad”, en tanto decires que no aguantan el embate que uno sostiene.

b) El analista lee advertido de que no hay realidad prediscursiva.
Para tomar la cuestión de la escritura, vemos que pone en primer término la lectura, que no es en sí. La lectura es en relación a un discurso. El discurso y sus efectos toman así toda su relevancia.

Y plantea entonces el ámbito en el que debemos leer los decires del sujeto: “No hay ninguna realidad prediscursiva. Cada realidad se funda y se define con un discurso.” (6) Y en el discurso analítico, se habla de lo que no anda. Pero la cosa que no anda, aparece en el discurso corriente girando y girando, para nada, con capacidad de proferirse en innumerables enunciados.

c) El analista lee sabiendo que lo escrito no es del mismo orden que el significante.
Aquí plantea que el significante sólo se postula por no tener ninguna relación con el significado. Hay una distancia representada por una barra, entre: por un lado, lo que ubica del lado del significante, de lo oído, de lo auditivo, de la escucha y, por el otro lado la dimensión de lo escrito como tal, que tiene que ver con el significado y con la lectura.

Así, se trata de la lectura de lo que uno escucha del significante. Se escucha el significante, y el significado es el efecto del significante.
Para hacer más gráfica la distancia que hay entre lo que se enuncia como significante y su lectura, pone un ejemplo de la etología: “Observen el vuelo de la abeja. Va de flor en flor, hace sus libaciones: Ustedes se enteran de que va a transportar en sus patas el polen de una flor al pistilo de otra flor. Eso leen en el vuelo de la abeja. (…) Pero ¿Lee la abeja que ella sirve para la reproducción de las plantas fanerógamas? (…) No es seguro”. (7)

d) El analista lee orientado por la formalización matemática.
En el escrito, dice Lacan unos capítulos más adelante, se trata de obtener el modelo de la formalización matemática, en tanto el álgebra permite la sustitución de un número cualquiera en el lugar de una letra (8).

Lacan plantea que el horizonte del discurso analítico es el empleo que se hace de la letra en matemáticas, en tanto revela la gramática (9). La gramática que sólo se revela en el escrito.

e) El analista lee las condiciones de goce.
Sólo la matematización alcanza un real (10); es por ello que es compatible con nuestro discurso, el discurso analítico. Pero ¿de qué real se trata? Nos aclara entonces que no se trata en ningún caso de la realidad, sino tal y como aquí lo define, del misterio del cuerpo que habla, del misterio del inconsciente. Así en suma, podemos decir que lo que se escribe son las condiciones de goce.

Lacan pone entonces al escrito en relación con la barra, con la no relación entre significante y significado, y con la no relación sexual en tanto imposible de ser escrita. Nos dice: “A eso se debe que haya cierto efecto de discurso que se llama escritura.” (11)

La construcción del caso
La construcción del caso implica entonces conocer de forma rigurosa el universo simbólico del sujeto, a fin de poder ahí vislumbrar la trama del tejido, los nudos, los colores, para extraer la gramática y leer las leyes que rigen. Comporta delimitar de esta manera el material quitando lo que añade sentido, a fin de poder hacer una buena transmisión de aquello que se considera esencial. Es un intento de dar cuenta de la estructura gramatical que rige, a partir de las versiones que el sujeto va construyendo alrededor de lo real en juego; es un intento de demostrar la lógica del inconsciente funcionando, la lógica de los dichos del inconsciente. Y es una logificación de la palabra del analizante.

La construcción que el analista hace a partir de los decires del analizante, comporta en su escritura un saber que adviene cuando se escribe. Y así la escritura misma comporta un cierto encuentro para el analista, un efecto de sorpresa, un plus de saber.

Lo que el analista escribe
Lacan nos advierte que lo que el analista escribe no tiene nada que ver con lo que el analizante lee. Nos dice: “En el discurso analítico ustedes suponen que el sujeto del inconsciente sabe leer. Y no es otra cosa, todo ese asunto del inconsciente. No sólo suponen que sabe leer, suponen también que puede aprender a leer. Pero sucede entonces que lo que le enseñan a leer no tiene absolutamente nada que ver, y en ningún caso, con lo que ustedes de ello pueden escribir” (12). Dice esto casi de forma provocadora, dejando claro que aquello que escribe el analista sobre el caso, no es el caso. Incluso dice, “nada que ver”.

De hecho a partir de la “Proposición de octubre de 1967” (13), en la que Lacan inventa el procedimiento del pase, podría pensarse que el verdadero caso clínico es aquel que el sujeto escribe a partir de la propia experiencia. Es decir, que el único que puede testimoniar del caso es realmente el propio analizante.

Así, debemos plantear sin ambages, que el caso que presenta el analista pone en primer plano no el caso, sino una construcción que es producto del analista, de su formación, de su clínica, de su posición. Se trata entonces no del caso, sino de la lectura que permite al analista dar cuenta de la posición del sujeto, a partir del propio deseo, del deseo del analista.

Para concluir, la presentación del caso
Lo que está en primer plano entonces, es la práctica del analista, “su” lectura. Su forma particular de poner en juego la aplicación del psicoanálisis puro en la clínica contemporánea. Es su testimonio de las vías por las cuales se enfrenta al real en juego en cada caso, extrayendo de ello una enseñanza. Y esta transmisión es una ocasión de la verificación de que hay analista, en cada caso.

Pero además, estas presentaciones son la ocasión de compartir con la comunidad analítica una extracción de saber sobre la clínica misma y sobre las cuestiones cruciales del psicoanálisis.

Así, ante un auditorio como el presente, el analista toma también la responsabilidad de transmitir no sólo la propia clínica, sino el psicoanálisis mismo.

* Trabajo presentado en la Sesión inaugural del Seminario del Campo Freudiano de Barcelona, el 18 de octubre de 2008.

Referencias:
1-. Lacan, J. El seminario, libro 20: Aun, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1992
2-. Ibid., Pp. 37-49.
3-. Entrevista realizada por Ramón Pellicer y emitida por Televisió de Catalunya el 21 de mayo de 2008
4-. Ibid., p. 148.
5-. Ibid., p. 38.
6-. Ibid., p. 43.
7-. Ibid., p. 49.
8-. Ibid., p. 157.
9-. Ibid., p. 58.
10-. Ibid., p. 158.
11-. Ibid., p. 46.
12-. Ibid., p. 49.
13-. Lacan, J., “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, en Momentos cruciales de la experiencia analítica, Manantial, Bs. As., 1992.

Comparte / Imprime este artículo
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Print this page
Print
Email this to someone
email