Psicoanálisis, mujeres y práctica en instituciones*
Psicoanálisis, mujeres e instituciones: tres términos que conviven en contradicción mutua. La intersección ocurre, sin embargo, cada vez que una institución recibe a una mujer y quien la atiende se orienta por el psicoanálisis.
No sólo el sujeto hace algo con el malestar estructural de la cultura, también esa cultura a la que pertenece inventa dispositivos para lidiar con esos malestares subjetivos que afectan a cientos o a miles de personas en un momento y lugar dados. Desde el discurso del amo, pero también desde el universitario, la institución lleva la cuenta e intenta ordenar lo que no va para corregirlo y hacerlo funcionar1. Leyes, organizaciones, protocolos, profesionales, modificaciones manifiestas de los programas de socialización, de los ideales… Una acometida cultural de gran escala, aunque parcial, fallida en alguna medida y en ocasiones, contraproducente.
I. Psicoanálisis
Freud, al final del texto “Los caminos de la terapia psicoanalítica”, describe una infraestructura en la que se inscribiría la práctica psicoanalítica, considerando el sufrimiento neurótico como un asunto de salud objeto de políticas públicas que beneficien a quien no se puede permitir pagarlo en servicios privados. Se refiere a una escalada masiva de la psicoterapia, gratuita y acompañando la ayuda material, sufragada por el Estado como parte de sus obligaciones, que atendería “a los hombres que, abandonados a sí mismos, se entregarían a la bebida, a las mujeres próximas a derrumbarse bajo el peso de las privaciones y a los niños, cuyo único porvenir es la delincuencia o la neurosis”2 . En este contexto, Freud considera que el psicoanálisis debe modificarse en alguna medida, pero manteniendo los elementos más importantes y eficaces, una aleación “del oro puro del análisis mezclado con el cobre de la sugestión directa”: el reconocimiento de lo inconsciente, el manejo de la transferencia y la frustración de las satisfacciones sustitutivas mediante la abstinencia del analista.
En este sentido, el psicoanálisis como institución está en tensión permanente entre el discurso del analista –que permite el espacio de escucha y la singularidad de las soluciones– y el discurso del amo con su lógica fálica, necesaria para hacer existir una institución en nuestra cultura y momento histórico. Es en esa tensión donde aparece la pregunta por las mujeres.
II. Mujeres
Así, en plural y una por una. Lacan nos dice que “La mujer” no existe como universal, es esencialmente no-toda: “La mujer sólo puede escribirse tachando La”3. Sin embargo, la institucionalidad que reconoce y atiende los problemas atribuidos a las mujeres se pone del lado del funcionamiento fálico: construye universales que luego trocea en conjuntos coherentes y los clasifica según una lógica de la segregación4. Encontramos así un vasto conjunto de leyes, políticas y programas dirigidos a mujeres clasificadas en alguna categoría, supuestamente homogénea por lo menos en un criterio: víctimas de violencia sexual y de género, gitanas, inmigrantes, desempleadas, en riesgo de exclusión. Les da un lugar con distintos nombres: usuarias, clientes, pacientes, participantes. Las mide y ordena según el riesgo que corran en cuanto a su integridad física o psíquica. Prescribe un tratamiento y las incorpora a un itinerario para cumplir la prescripción. En algunos casos, también puede valorar el grado de cumplimiento y premiarlo o, sobre todo, penalizarlo. Esta secuencia daría unos ciertos resultados: la inclusión, el empleo, la superación del lugar de víctima. No obstante, algo no termina de ocurrir, algo no va. Los indicadores de resultados y el testimonio de quienes ejecutan estos proyectos contradicen esta lógica causal, la teoría no se corresponde con lo que termina ocurriendo. Abandonos, conflictos, incoherencias, burnout, forman parte del relato de quienes participan de esta institucionalidad.
III. Práctica en instituciones
El ecosistema institucional que atiende a mujeres en España –construido al amparo de la Declaración de Beijing de 19955 y sustanciado en las leyes orgánicas de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género6 y para la Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres7 – asumió el modelo cognitivo-conductual como paradigma principal. En los primeros años de la puesta en marcha de esta normativa, Mercedes de Francisco8 señalaba ya sus efectos: ante la recidiva, la respuesta institucional es siempre más de lo mismo: más recursos, más protocolos, más vigilancia. El técnico es, en el mejor de los casos, un operador eficiente. No se le pide otra cosa.
No obstante, afortunadamente, no hay relación sexual, como nos enseña Lacan. La lógica que instituye es fálica, pero la ejecución es no-toda. Hay posibilidad de un lugar para el discurso analítico.
Matet9 lo formula con precisión: no hay psicoanalistas en institución, sino efectos psicoanalíticos. En la ONG, en el servicio público, no hay diván, no hay honorarios, no hay despacho privado, no hay demanda de análisis en sentido estricto: muchas veces ni siquiera hay demanda de algún tipo. La institución genera la demanda y deriva a los sujetos para ser atendidos, incluso contra su voluntad. Entonces ¿cómo iniciar un trabajo bajo transferencia? ¿Cómo crear la oportunidad para que aparezca una demanda propia del sujeto? Matet nos recuerda la orientación freudiana respecto a la posición del analista, de frustración y abstinencia respecto a las satisfacciones sustitutivas de los sujetos. Nos señala también un riesgo que acecha al analista en estos dispositivos: quedar capturado en el lugar del experto que sabe lo que el sujeto necesita, que promueve su bien, deslizándose hacia la sugestión (y con frecuencia también hacia la agresividad). La abstinencia da la apertura para la incógnita del goce del sujeto y con ella, la posibilidad de una solución singular.
¿Cómo sostener un lugar analítico en la institución sin entrar en el discurso del amo? Mediante algo simple pero radical: una pausa, una pregunta, una escucha. No un protocolo alternativo ni una técnica más eficaz, sino una posición que dé un lugar a un “No”, que dé legitimidad al malestar y al malentendido. La institución no puede ofrecer a cada sujeto un lugar donde su palabra cuente como singular —necesita el universal para funcionar. El psicoanálisis puede ofrecerlo, pero solo si el analista sostiene su deseo: ese deseo que no cede ante la demanda institucional de resultado, de eficacia, de caso cerrado. No se trata de adaptar el psicoanálisis a la institución, sino de que no desaparezca dentro de ella.
* Texto presentado en “El malestar en la cultura: Manifestaciones y tratamientos”. Actividad de la CdA de la ELP, celebrada el 27 de junio de 2026 en el Museo de la Guitarra en Almería.
Notas:
- Lacan, Jacques. El seminario, libro 1, El reverso del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires, 1992, p. 188. ↑
- Sigmund Freud. "Los caminos de la terapia psicoanalítica". Obras completas, vol. 7. Biblioteca Nueva, Madrid, 2007, p. 2462. ↑
- Lacan, Jacques. El seminario, libro 20, Aún. Paidós, Buenos Aires, 1981, p. 89. ↑
- Brousse, Marie-Hélène. "¿Qué es una mujer?". Psicoanálisis Inédito, 2000. ↑
- Naciones Unidas. "Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer", consultado el 24 de mayo de 2026. ↑
- Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, Boletín Oficial del Estado, n. 313, 29 de diciembre de 2004. ↑
- Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, Boletín Oficial del Estado, n. 71, 23 de marzo de 2007. ↑
- De Francisco, Mercedes. "Una perspectiva diferente sobre la violencia de género". Virtualia, n. 18, 2008. ↑
- Matet, Jean-Daniel. "No hay psicoanalistas en institución, sino efectos psicoanalíticos", Freudiana, n. 55, 2009. ↑

Socia de la sede de Granada de la Comunidad de Andalucía de la ELP.
