La llamada cuestión trans se funda en un “yo soy” en tanto que verdad inapelable que instituye todos los derechos. En este sentido, en la “Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans” que se está discutiendo estos días en España, los significantes autodeterminación y autodefinición sostienen el armazón de los derechos jurídicos otorgados en dicho proyecto de ley. En realidad, autodefinición y autodeterminación se han convertido en los significantes amo del debate sobre el transexualismo, constituyendo el principio de toda su argumentación. Se “transita” de un sexo a otro o de un género a otro (es confuso el uso de ambos términos) como consecuencia del acto que se quiere performativo de ese “yo soy”. Susan Stryker, en su afamado libro Transgender History. The Roots of Today’s Revolution, lo enuncia de este modo:

“Algunas personas cambian el género que se les asignó al nacer porque creen firmemente que pertenecen a otro género con el cual podrían vivir mejor, otras quieren aventurarse a un nuevo lugar, a un espacio todavía no descrito claramente ni concretamente ocupado, y aún otras simplemente sienten la necesidad de desafiar las expectativas ligadas al género que fue inicialmente impuesto”1.

De esta suerte, el género es asignado por “la cultura dominante” y asumido pasivamente. Según este argumentario, algunas personas pueden aceptar una elección que no fue suya, pero otras no, y es a éstas a las que se les deben los derechos supuestamente vulnerados desde su nacimiento. De manera que, siguiendo la estela de la defensa de los derechos civiles que marcó la historia del siglo XX, lo trans debe ser reconocido en estos términos. El proyecto de ley en España citado anteriormente apela a la Constitución Española, a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a Naciones Unidas, al Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, al Consejo de Europa, a los Pactos Internacionales de 1966 sobre derechos civiles y políticos y, en fin, a una larga jurisprudencia del siglo XX a favor de los derechos humanos y civiles. Se recurre a estos precedentes para buscar una garantía sobre lo sexual que no existe y, colateralmente, la civilización se transforma en una parodia de sí misma.

Que la cuestión de la sexualidad y de los cuerpos se plantee de este modo supone el borrado de la ética freudiana y la forclusión del sujeto en tanto dividido entre “verdad y saber”2. Se trata asimismo de la extensión del real de la ciencia al campo de la sexuación y, como advirtió Lacan, “la religión tendrá allí muchas más razones todavía para apaciguar a los corazones. La ciencia, esto es nuevo, introducirá muchas cosas inquietantes en las vidas de cada uno”3. En efecto, inquietante es la intervención de la norma jurídica puesto que se eleva a la categoría de ley la pretensión de extirpar el real de la no relación entre los sexos con el bisturí. Se traslada a la norma el delirio de la identidad, delirante también porque se basta sin Otro.

La ética freudiana

El descubrimiento del inconsciente socava la relación de la verdad con el saber. En la ética freudiana, conceptualizada en la famosa máxima Wo Es war, soll Ich werden, el sujeto no sabe lo que sabe y es por un recorrido analítico que podrá adquirir una ganancia de saber sobre las condiciones de su goce. El Yo es, entonces, una instancia devaluada por este descubrimiento, relegado a un narcisismo siempre problemático. Hacer equivaler el Yo con la verdad y con el saber para convertirlo en la legitimidad de la ley supone un cambio radical en la ordenación jurídica. Ya no se trata de la ley como reguladora del goce para hacerlo compatible con la vida en común, a pesar de sus fracasos, sino como coartada del goce, además de que penetra en lo más íntimo del ser.

Por otro lado, ninguna profesión de identidad está exenta de superstición. Como evoca Lacan en 1948, el asombro del etnógrafo cuando escucha a un bororo decir “soy una guacamaya” no reconoce que esta creencia no es menos quimérica que nombrarse “ciudadano de la República Francesa”4. La identidad, prosigue Lacan, depende de la identificación con el semejante a quien previamente hay que “fundarlo como hombre” para reconocerse como tal5. La identidad está asentada sobre una falta primordial. Es por el efecto del significante sobre el ser que el sujeto se identifica a algo o a otro. La identidad, que no es un término propiamente psicoanalítico, resulta de las identificaciones o, como leemos en el Seminario 24, “las identificaciones son lo que cristalizan en una identidad”6. Finalmente, las identificaciones con rasgos del otro y con el Otro precipitan, hacen cuajar, una identidad. Un psicoanálisis puede dar cuenta de ellas y del goce que anudan para el parlêtre. No hay identificación que no suponga una elección inconsciente y una alienación al Otro, lo cual hace imposible la autodeterminación de género.

El funcionamiento del inconsciente no tiene nada de biológico

Si las identificaciones son inconscientes, una mastectomía o una faloplastia no hace a alguien hombre, ni una vaginoplastia lo convierte en mujer, como de ningún modo los genes o los caracteres sexuales secundarios que se tienen al nacer. Por otro lado, el significante tampoco tiene valor creacionista. En el campo de la sexuación, el significante vale por su función de semblante, es decir en tanto que intenta operar con el agujero que abre el lenguaje en el campo de la sexualidad para el ser hablante. El lenguaje liquida cualquier organización biológica7 que guíe los machos a las hembras y viceversa, al tiempo que separa el goce de la función reproductora de la especie. Nombrarse como ser sexuado es consecuencia y tratamiento de los efectos que el lenguaje introduce en la especie. De manera tal que definirse hombre solo tiene sentido en relación a la mujer, y a la inversa. Sin que ello, por otro lado, alcance a decir algo del goce singular de cada cual.

Modificar el aspecto de cuerpo no modifica las formas de goce del parlêtre que lo habita. Más bien acentúa la mascarada de la repartición sexual. En la comedia de los sexos la mascarada juega su partida y el transexualismo lo hace evidente, aún si la reivindica como verdadera. Pero en su fuero más íntimo, cada parlêtre se las arregla como puede. El psicoanálisis ha llegado a decir bastante sobre el alcance de este “como puede”, como también ha puesto de relieve que el inconsciente siempre puede cerrarse y eso nunca es sin consecuencias. Una civilización que aspire a borrar la dimensión de lo no sabido será una civilización encaminada al oscurantismo.

 

Publicado en Lacan Quotidien nº 925.

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Notas:

  1. Stryker, Susan. Transgender History. The Roots of Today’s Revolution. Seal Press, p.
  2. Lacan, Jacques. “La ciencia y la verdad”. Escritos 2. Siglo XXI editores, p. 842.
  3. Lacan, Jacques. Le triomphe de la religión. Seuil, p. 79.
  4. Lacan, Jacques. “La agresividad en psicoanálisis”. Escritos 2. Siglo XXI editores, p. 110.
  5. Ibid., p. 110.
  6. Lacan, Jacques. «Le Seminaire, Lesson 16 novembre 1976». Ornicar ? 12, p. 5.
  7. Lacan, Jaques. El Seminario, libro 18, «De un discurso que no fuera del semblante». Paidós, p. 30.