Hace ya un tiempo llegué a la conclusión de que la política había perecido. Que se había convertido en espectáculo. Al principio me asusté, luego me entristecí, y finalmente perdí el interés. Dejé de escuchar las noticias y sus análisis varios, y me dediqué a otras cosas.

Pero en medio de esta crisis insólita, recordé una idea que me asaltó hace unos meses, presenciando mientras paseaba una de las manifestaciones de los Viernes por el clima. Está claro que la presencia de los cuerpos tiene efectos.

Ahora que la política -la del discurso del Amo- ha terminado por revelar su estatuto de semblante, ahora que asistimos a la política basada en la evidencia científica, (como ya nos avanzaban hace unos meses en las noticias, y efectivamente, los políticos ya no parecen tomar decisiones con la información recibida de mano de los expertos, sino que declinan en ellos toda responsabilidad: Irene Montero, por ejemplo, declaró haber asistido al 8 de marzo siguiendo las indicaciones de los expertos). ¿Ya es una extravagancia pensar que los políticos cobran un sueldo, procedente del dinero público, por asumir una responsabilidad, una vez han sido debidamente asesorados? ¿Que la decisión última les corresponde a ellos?

Pero en las circunstancias en la que nos hallamos en estos momentos, me parece leer en la respuesta de los ciudadanos que hay un paso siguiente, un paso lógico, que se sigue de la caída de los semblantes en la política; un paso que no implica el cinismo ni la desesperación, y que quizá las nuevas generaciones están en condiciones de dar: tomar la responsabilidad de la Política a nuestro cargo. Uno por uno. Estamos teniendo la oportunidad de asistir, en medio de esta tragedia humana, a la puesta en valor de los actos individuales, a la exposición a cielo abierto de su impacto en la vida colectiva. De una sociedad. De una especie, que lucha para sobrevivir de tal modo que, sin proponérselo, ha operado una reversión saludable en los efectos del cambio climático. Sí, durante un tiempo. Mientras el foco siga puesto en ello. Pero, ¿es un acto?

Podemos pensarlo desde el par alienación-separación, herramienta lacaniana útil para entender una función: la del sentido y sus límites. Alienada dentro de este ascenso del objeto a, la sociedad de consumo ha delirado de lo lindo, más allá de los límites de lo real; de lo real del planeta, nada menos, que empezaba a hacer acto de presencia bajo la forma del retorno, mediante fenómenos climáticos extremos, que amenazan nuestra supervivencia. El goce no es placer, sino pulsión de muerte; conduce a la destrucción. Y mientras sea producto del sentido, solo puede caer por un encuentro traumático, con la castración. Con la marca en el cuerpo, que hace caer el sentido, alienado; que lo separa de él.

Responsabilizarse del goce uno por uno es una respuesta muy poderosa. Especialmente, porque dificulta un poco el ser manipulados.

¿Cómo pensar estos efectos en la Escuela? ¿Cómo poner en acto el responsabilizarnos, uno por uno, de la inexistencia del Otro? ¿A qué nuevo lazo consentir, a qué viejo lazo no renunciar, para seguir haciendo existir el psicoanálisis? Y para seguir haciendo existir esta comunidad nuestra, que es la Escuela. Usar al padre, usar Skype*, a condición de dejarlos caer. Nuevos semblantes, misma estructura: es necesario poner el cuerpo. Pero ahora esto no es posible; una situación inédita, de duración impredecible, nos empuja a inventar, a investigar, sin perder el rigor de la ética, de la clínica, y de la política del psicoanálisis. No deja de ser un buen motivo para seguirse encontrando. Para poner en común. Para poder seguir soportando, separados pero no aislados, lo que el filo cortante de este discurso nos devuelve, una y otra vez.

 

Notas:

*Fórmula de Éric Laurent, citada en: Caroz, Gil. «Recordar el psicoanálisis», Blog Zadig.

 

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