Asunto de Escuela: Acto y acción lacaniana

El pasado 17 de septiembre, la Comunidad de Galicia reanudó el trabajo con el espacio Asuntos de Escuela, celebrado presencialmente desde las Sedes, interconectadas por zoom. Este trimestre, hemos tomado como orientación el sintagma que el encuentro de Elucidación de Escuela, el próximo 26 de septiembre en Madrid, nos ha propuesto: Acción lacaniana. La amplia participación, la calidad de las exposiciones y el animadísimo debate posterior, dieron cuenta de que la transferencia de trabajo continúa.

Siguiendo la tónica habitual del espacio, combinamos el trabajo de un texto de referencia de Lacan con otro de mayor actualidad, para contextualizar las cuestiones de Escuela que nos ocupan. En esta ocasión Begoña Conde y Eugenia Insua expusieron, respectivamente, sus lecturas del primer capítulo del recién publicado Seminario 15, El acto psicoanalítico, “Acto y acción”, y del capítulo X de Un esfuerzo de poesía, “Acción lacaniana”.

Comenzó Begoña, con un notable esfuerzo de síntesis, extrayendo las cuestiones fundamentales entorno al concepto de “acto analítico”. Un señalamiento suyo al inicio enmarcó la orientación del trabajo, a mi entender: en ambos textos elegidos se repetían dos significantes: acción y poesía. Repetición que sorprende e invita a tirar del hilo.

Lacan arranca este primer capítulo del Seminario 15 partiendo de un hecho: el psicoanálisis hace algo1. Axioma que equipara a “la visión poética de la cosa”: la poesía, también hace algo2.

Hace, lo que Lacan despeja del lado del acto, distinguiéndolo de la acción. Destaca la vertiente del acto como franqueamiento, al modo del paso del Rubicón. Lo contrapone al condicionamiento de Pavlov ―de quien dice irónicamente que era estructuralista sin saberlo; para Lacan, el experimento pavloviano no hace más que mostrar la relación del sujeto con el significante, relación que evidencia cómo una acción puede ser pasiva, padecerse ― tal como un significante cualquiera puede producir efectos indelebles en el cuerpo.

El acto analítico consistiría entonces en convocar al sujeto del inconsciente, del lado del analista. Begoña trazó cómo en el Seminario anterior, La lógica del fantasma, Lacan desarrollaba la cuestión del saber acerca de lo sexual, que se pone en acto a través de la transferencia. En El acto analítico propone que, desde el lugar del analista, se trata de involucrar al sujeto del inconsciente a partir de un franqueamiento, el del eje imaginario, permitiéndole dirigirse a su Otro simbólico. Desde el lugar del analizante, el franqueamiento supone la entrada en análisis ―el consentimiento al cambio de discurso― apoyándose en el sujeto supuesto saber.

Lacan en el fondo se preguntaba qué es un analista, reflexionó Begoña, en un momento en el que ofrecía ya su propia respuesta: el pase (“Proposición del 9 de Octubre de 1967”, del mismo año del Seminario). Su propuesta venía a romper con la concepción de la IPA, afirmando que el psicoanalista era el producto de su propio análisis. La conclusión de la cura equivaldría así a la “puesta en acto” del saber extraído en un análisis, sometido a prueba a través del procedimiento del pase.

Tal y como nos plantea el próximo encuentro de Elucidación de Escuela, ¿cómo convertir esto en acción lacaniana? ¿Cómo elevarlo a la categoría de respuesta en lo social? ¿Cómo ejecutar esta apuesta en otros ámbitos, acorde con la política de la Escuela, sosteniendo la especificidad del psicoanálisis? Con esta breve introducción enlazaba Eugenia su trabajo. Se trataría, dijo, de una apuesta por la clínica frente al diagnóstico, llevada más allá de nuestras paredes. Abrir a la dimensión del inconsciente uno por uno, hacer serie.

Enmarcó su trabajo con el comienzo y la conclusión del capítulo, tejiendo a continuación el hilo conductor. Miller partía de interrogar los términos psicoanálisis y sociedad. Se preguntaba por el sentido de nuestra posición de exterioridad ―éxtima, la de “un exiliado en el interior de la sociedad” ― si cuestionar las identificaciones nos sitúa por fuera del “lazo dominial”3 del discurso, ¿por qué habría de existir un “apartheid psicoanalítico”4, como él lo nombra?

Miller termina recordando que “Lacan no cesaba de deplorar que su enseñanza no tuviera en la sociedad las consecuencias que él habría anhelado”. Esto es lo que conocemos como acción lacaniana en lo social: hacer pasar las consecuencias de su acto y su discurso al Otro social.

Eugenia interrogó por qué Miller ubicaba en el mismo registro la acción lacaniana y la acción poética. Poesía, del griego poiesis, significa creación. La poesía, como el inconsciente, revela significados inesperados en las palabras corrientes. De manera sorprendente, Miller ligaba la suerte del psicoanálisis al destino de la poesía: para él, el psicoanálisis tomó su relevo5 una vez que la dimensión del utilitarismo arrasó con casi todo discurso posible. “Malos tiempos para la lírica”, cantaba Golpes bajos en los 80.

La poesía, la sesión de análisis, el goce, representarían el valor de lo inútil. En una sesión de análisis hablamos sin una finalidad concreta, más bien al revés: la asociación libre vendría a contrariar la noción de utilidad. Entonces, sostener la dimensión poética sería apuntar al bien decir, pero no necesariamente en el sentido de la belleza, sino en el de provocar efectos de resonancia; efectos que desplieguen otro saber atrapado en algunos significantes, la experiencia del inconsciente. Hoy en día, una tarea para trabajadores decididos.

El concepto de sociedad fue lo que Lacan tradujo como lazo social, que se efectúa dentro de un discurso, pues es la estructura que articula los distintos lugares.

¿Qué contexto discursivo habitamos? Remitiéndose al estadio del espejo, Miller concluye en este texto que la relación con el igual conduce a la guerra, ni más ni menos6. Habitaríamos la paradoja de que, el S1 de lo igualitario y lo democrático, empuja hacia la eliminación del lugar de excepción, teniendo por efecto la agresividad propia del eje a-a’, que se ha instaurado marginando la relación con la palabra. Como recordaba Begoña, es necesario franquear la barrera de lo imaginario para acceder a la dimensión simbólica ―los significantes que nos comandan. El registro simbólico implica una diferencia entre lugares, no-todos iguales.

Tras las cuestiones desplegadas, el debate se orientó nuevamente hacia Elucidación de Escuela. ¿Tratar de multiplicar los lugares para el dispositivo analítico, propiciar la experiencia del inconsciente, aumentar las posibilidades de su extensión?

La sesión de trabajo me suscitó una reflexión, acerca de las consecuencias del estatuto de discurso que otorgó Lacan al psicoanálisis. Un analista opera con y sobre el significante. Produce efectos en el cuerpo, si esa operación “hace algo”. Y lo sostiene con su presencia, su mirada, su voz, etc. Pero el analista no interviene sobre el cuerpo, sino estrictamente sobre el significante. Eso “hace algo” con la pulsión, permite modularla, sin salir de “Función y campo”7. Así que hacen falta al menos dos parlêtres para mantener vivo un discurso. Frente a la guerra, mejor apostar por la palabra hasta sus últimas consecuencias. Sabemos que no se trata de tener éxito, sino de fracasar8 de manera sintomática.

Podremos conversar en Madrid, próximamente, sobre el mejor modo de responder como Escuela sujeto a las circunstancias en las que nos ha tocado defender la transmisión del psicoanálisis, quizá hasta de la civilización. En palabras de Eugenia, “¡Elucidemos! Que la hipótesis del inconsciente pase a lo social. Esto puede suponer facilitar el encuentro con un psicoanalista”.

 

Notas:

  1. Lacan, Jaques. El Seminario, libro 15, El acto psicoanalítico. Paidós, Buenos Aires, 2026, p. 9.
  2. Ibid., p. 10.
  3. Ibid., p. 161.
  4. Ibid., p. 171.
  5. Ibid., p. 159.
  6. Ibid., p. 165.
  7. Lacan, Jaques. “Función y campo de la palabra y del lenguaje”. Escritos 1, Siglo XXI, Madrid, 1987, p. 227.
  8. Lacan, Jaques. “Entrevista a Jacques Lacan en la revista Panorama. 1974”. El Psicoanálisis, n. 27. ELP, Barcelona, 2015, pp. 11-18.