El tiempo del coronavirus es ese enemigo mortal. No es el tiempo de la guerra ni el de la paz, sino el del dolor, el llanto, la angustia y la soledad.

Tiempo contradictorio donde se aúnan los suspiros, el llanto descontrolado por los vencidos: los muertos; los “vivas”, aplausos por los cuidadores y los vencedores, a los que sobreviven.

Calles desérticas de humanos, la naturaleza poblada de especies de animales que por la contaminación habían desaparecido. Ante el silencio se oye con más insistencia el cántico de los pájaros. Las aves han tomado la ciudad.

Tiempo de desamparo, de dignidad, de vileza, de valentía y de miedo. Todo aparece entremezclado, sin distinción posible.

La soledad se hace más palpable y tangible, a pesar de que surgen los mensajes de cobijo, de solidaridad. Sin embargo, los cuerpos yacen uno por uno, distantes, fríos, no pueden juntarse ni abrazarse, deben permanecer separados hasta nueva orden.

En medio de este seísmo del coronavirus, donde en lo cotidiano el sujeto queda inmovilizado, apresado por estos momentos de confinamiento, es de resaltar que, sin embargo, no existe el caos ni el terror desmesurado, hay unas leyes, una prohibición que produce una obediencia deshabitada, un para todos, que hace límite a ese encuentro con lo real que en este caso se presenta bajo un virus.

¿Qué consecuencias tendrá esta experiencia vivida para el individuo y la época actual? Ahí está el sujeto uno por uno, pero lo que es seguro es que nadie saldrá indemne tanto a nivel particular como colectivo. Todo acontecimiento imprevisto conlleva una asimilación necesaria para el ser “humano”. Para reconfigurar el marco de la realidad psíquica, son necesarios tres momentos o tiempos lógicos, que Jacques Lacan nombró como: el instante de ver, el tiempo de comprender y el momento de concluir. Hace falta un tiempo necesario para comprender, aún estamos en ese segundo momento. Todavía no ha llegado el fin de la experiencia ni sabemos sus consecuencias. El virus sigue su curso.

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