Todavía habitamos un cuerpo

*Extracto del libro “El mundo pos-COVID. Entre la presencia y lo virtual” (Ned ediciones, Marzo 2021).

 

“Es difícil hacer predicciones, sobre todo del futuro”

Yogi Berra, jugador de beisbol

 

Se han hecho muchas predicciones sobre cómo será el futuro pos-COVID, desde las que anuncian cambios radicales en los sistemas de gobierno -virando de la democracia al autoritarismo- hasta las que auguran el imperio de los robots y la cuasi desaparición de la presencia en favor de los lazos virtuales. Lo cierto es que ese futuro será contingente o no será, no parece que lo podamos dar ya por escrito (Innerarity, 2020). La clínica psicoanalítica nos ha enseñado sobradamente que siempre hay algo en el sujeto y en sus vínculos amorosos, sociales o familiares imposible de programar. Cuando todo parece encajar, surge el síntoma -lo que cojea- para recordarnos que cualquier ideal lleva en su seno su propio fracaso. Así que, la primera buena noticia que podemos dar es la de confiar en el síntoma, tesis que ya hemos comentado.

Nuestras vidas están cambiando y cambiaran todavía más, y aunque todavía no sabemos bien cómo, podemos anticipar algunas cuestiones, las más urgentes. Estamos viviendo una emergencia sanitaria pero también un tipo de pandemia social, reveladora de otros problemas existentes en nuestra sociedad: desigualdades, brecha digital, olvido en el cuidado de personas vulnerables, falta de recursos sanitarios. Richard Horton, médico y editor de The Lancet, planteaba que para poder superar la pandemia habría que pensarla como una sindemia1, término2 que pone de relieve la interacción de los aspectos sanitarios y sociales, que va más allá de la emergencia sanitaria y deja secuelas, de todo tipo, que operan en una temporalidad más larga y compleja.

Ahora hay que poner los esfuerzos en reencontrar los vínculos que se han roto o perdido durante este año. Hay que recuperar aquello que es recuperable, admitiendo que siempre hay pérdidas y que en su lugar tendremos que inventar nuevas maneras de hacer que, sin renunciar al uso de las tecnologías y a los espacios virtuales, no olviden la presencia.

La Krisis, para los griegos, era el momento de una separación a veces crucial, como la que hay entre la vida y la muerte. De allí surgía la necesidad de analizar el fenómeno, hacer su crítica y análisis. Aún sin terminar la crisis pandémica podemos hacer un primer balance de lo que nos ha enseñado, analizando algunos elementos y variables. Propongo, sin ánimo de exhaustividad, algunas cuestiones.

Todavía habitamos un cuerpo

La tecnociencia implica una promesa de felicidad y, en ocasiones, de invulnerabilidad cuando pierde la orientación, el rigor y prolonga sus cálculos sin fundamento. Los numerosos avances de las neurociencias, la genética, la biología molecular, junto a progresos tecnológicos notables en Inteligencia Artificial y un eficaz marketing, nos hicieron pensar que nuestro dominio de la naturaleza y del cuerpo nos garantizaba el riesgo cero. La sanitarización de la vida social, ese empuje a controlar cualquier variable vital y a medicalizar conflictos de la vida cotidiana, se ha exacerbado con la tecnología y ha generado la ilusión de poder desprendernos del cuerpo como de un obstáculo engorroso. “No es posible -dice el filósofo Santiago Alba Rico- hacer inmortales los cuerpos, eso lo sabemos, pero sí es posible, al menos culturalmente, alcanzar la inmortalidad sin ellos: basta intercambiar imágenes en vez de saliva”3.

Arthur Clarke, escritor y científico británico, autor de 2001: Una odisea del espacio, tituló una de sus primeras novelas, aparecida en 1953, El fin de la infancia (Clarke, 2000). Casi recién finalizada la segunda guerra mundial y en el inicio de los años dorados del capitalismo, imaginó allí una utopía: la desaparición de la humanidad a causa del hiperdesarrollo mental de los niños que, finalmente, dejarían de tener cuerpo para devenir entidades psi: las supermentes.

Hoy, 70 años más tarde, el transhumanismo anhela el día en el que el actual Homo Sapiens sea sustituido por un modelo mejor, más inteligente y en mejores condiciones. Como apunta Josep Ramoneda, refiriéndose a esa tesis: “…estamos en la transición del último hombre (el último cuerpo) al superhombre (el cuerpo confinado en sus prótesis tecnológicas)”4. El transhumanismo postula que el ser humano conseguirá ir eliminando los aspectos nocivos que le condicionan –la enfermedad, el dolor, el envejecimiento, la muerte– hasta que se produzca un cambio en la misma naturaleza o condición humana, que ya no será la misma. Para ello, la tecnología es clave y están convencidos que, gracias a ella, el envejecimiento podría detenerse e incluso revertirse y que esa ficción de Clarke podría hacerse realidad gracias a algunas mejoras que podrían aumentar nuestro coeficiente intelectual.

Ray Kurzweil, director de Ingeniería en Google, está convencido que nos estamos acercando a lo que llama la «singularidad» – es el impulsor de la Universidad de la Singularidad de Silicon Valley5– y no tiene ninguna duda de que el futuro le pertenece a la inteligencia artificial y que la única opción que nos queda a los humanos, para sobrevivir, es acogerla y volvernos -nosotros mismos- en parte o completamente artificiales. Eso sucederá cuando el desarrollo de la inteligencia artificial y de las tecnologías NBIC (nanotecnología, biotecnología, tecnología de la información y ciencia cognitiva) alcance tal nivel de sofisticación que se produzca una fusión entre la tecnología y la inteligencia humana, dando lugar a una especie de ser natural-artificial de “potencialidades aún inimaginables”6.

Lo cierto es que la pandemia nos ha devuelto a la realidad de tener un cuerpo –no reducible a su avatar digital- vulnerable a elementos externos y a su propia degradación natural. Un cuerpo que es nuestra principal consistencia, como decía Lacan (2006b), pero que de vez en cuando “levanta el campamento” y nos deja a la intemperie. Un cuerpo que no está solo, puesto que ya de entrada se ve afectado por el lenguaje (Miller, 2018): “La palabra pasa por el cuerpo y de retorno, afecta al cuerpo que es su emisor (…) bajo la forma de fenómenos de resonancias y ecos”.

 

Notas:

  1. Horton, Richard. “Offline: COVID-19 is not a pandemic”. The Lancet, 26/9/20. Disponible en Internet.
  2. El término sindemia es un neologismo creado con la unión de las palabras sinergia y epidemia. Fue acuñado por Merrill Singer a mediados de la década de 1990 y desarrollado en su libro Introduction to syndemics de 2009
  3. Alba Rico, Santiago. “Contagio y Comunicación”. La maleta de Portbou nº 42, septiembre/octubre, 2020. Disponible en Internet.
  4. Ramoneda, Josep. “El futuro y la condición humana”, op. cit. Disponible en Internet.
  5. Kurzweil, Ray. La Singularidad está cerca. Lola Books, Berlín, 2019.
  6. Baltar, Ernesto. “El poshumanismo en la UCI de la realidad. Biología versus ideología”. Telos, 16/10/20. Disponible en Internet.

 

 

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