Comentario del libro «El lamento de Portnoy», de Philipe Roth

Texto presentado en el ciclo “Psicoanálisis y literatura: Erotismos”, en la Biblioteca del Campo Freudiano de Barcelona. Enero de 2021.

 

La primera cuestión que me surgió en cuanto me puse al trabajo es el plural del significante “erotismos”: a medida que avanzaba en la lectura de este fantástico y divertidísimo libro comprobé que no hay un erotismo, podríamos decir que no existe “El erotismo” en singular, lo que sí existen son “los erotismos”, en plural. Cada ser hablante tiene que vérselas con el suyo, que no deja de ser una manera de las tantas de nombrar aquello que nos domina más allá de nuestra voluntad: se le llama libido, instinto, o pulsión, son múltiples las maneras de nombrar lo que Freud puso como eje vertebrador de la civilización tal como la concebimos en la actualidad y que no deja de ser, por supuesto, el eje de este libro.

Sobre el erotismo, Freud dice en el texto de 1920 “Psicología de las masas y análisis del yo”: “Quien tenga a la sexualidad por algo vergonzoso y denigrante para la naturaleza humana es libre de servirse de las expresiones más encumbradas de “Eros “y “erotismo”. Yo mismo podría haberlo hecho desde el comienzo, ahorrándome muchas impugnaciones. Pero no quise porque prefiero evitar concesiones a la cobardía. Nunca se sabe adónde se irá a parar por ese camino; primero uno cede en las palabras y después, poco a poco, en la cosa misma”1. Viene a decir algo así como: ¿Por qué le llaman erotismo cuando quieren decir sexo?

O sea que, para Freud, el erotismo era una manera que encontró lo social de su época de rebajar la potencia de su descubrimiento: la sexualidad infantil y la libido como pulsión sexual constante.

Philip Roth, un lector de Freud que pudo, al igual que Freud, encontrar el punto de sublimación necesario a su erotismo para escribir una obra literaria fantástica, dice lo siguiente de su libro que muy pronto lo hizo famoso:

“Retraté a un hombre habitado por toda clase de pensamientos inaceptables, a un hombre de 33 años poseído por sensaciones peligrosas, opiniones desagradables, quejas despiadadas, sentimientos siniestros y, cómo no, acosado por la implacable presencia de la lujuria. En resumidas cuentas, escribí sobre la parte antisocial que anida en casi todo el mundo y a la que cada uno se enfrenta con distintos grados de éxito. Aquí logramos oír a Portnoy en la improvisada tarea del paciente de llevar bien, o llevar mal, su trastorno. Portnoy está lleno de lujuria. ¿Y quién no? La consulta del psicoanalista, el escenario del libro, es ese lugar en el que uno no tiene que censurar nada. La norma es que no hay normas, y esa es la norma que seguí para describir la burla satírica que hace un hijo de su familia judía, en la que el objeto de burla más cómico resulta ser el propio hijo que satiriza”.

“Finalmente escribí sobre la parte antisocial que anida en casi todo el mundo” afirma Roth2.

Es precisamente lo que centra la queja de Alex Portnoy, lo antisocial que lo habita; el señor Portnoy acude puntualmente a sus sesiones de análisis para intentar frenar algo de lo que su analista llamara “EL mal”.

El mal de Portnoy, para quienes no hayan leído el libro o lo tengan olvidado, trata de un joven judío americano de clase media que cuenta a su analista en primera persona sus enredos con el sexo, el amor y el deseo.

La novela transcurre en un tono inequívocamente irónico y relata los intentos denodados del señor Portnoy por poner límites a un autoerotismo desbordante.

Portnoy busca en la neurosis infantil y en sus orígenes culturales judíos, con la infaltable clásica madre judía como figura erotizante y castrante a la vez, las coordenadas de sus padecimientos autoeróticos y de sus enredos con las mujeres.

Con el transcurrir de las sesiones, el Señor Portnoy va acotando su padecimiento, un padecimiento habitual de escuchar en las consultas, sobre todo en los sujetos masculinos: pasa del autoerotismo a no poder amar a la mujer a quien sexualiza ni sexualizar a la mujer a quien ama.

El analista del señor Portnoy, el doctor Spielvogel, es un médico vienés del que poco sabemos, aunque a juzgar por la categorización que hace de su paciente tiene una escucha un tanto prejuiciosa, quizás como efecto de su época.

El doctor vienés hace una descripción del “mal” de su paciente en una publicación científica imaginaria en un artículo titulado “El pene confuso”, allí el doctor describe el llamado “Mal de Portnoy”:

“Portnoy, mal de: trastorno en el que los impulsos altruistas y morales se experimentan con mucha intensidad, pero se hallan en perpetua guerra con el deseo sexual más extremado y, en ocasiones, perverso. Abundan los actos de exhibicionismo, voyeurismo, fetichismo y autoerotismo, así como el coito oral; no obstante, y como consecuencia de la «moral» del paciente, ni la fantasía ni el acto resultan de una autentica gratificación sexual, sino en otro tipo de sentimientos, que se imponen a todos los demás: la vergüenza y el temor al castigo, sobre todo en forma de castración”. Spielvogel considera que estos síntomas pueden remontarse a los vínculos que hayan prevalecido en la relación madre-hijo”3.

En definitiva, el “Mal” del señor Portnoy, y tal como él mismo lo intuye en su trabajo analítico y como nos lo confirma su autor, Philipe Roth, es el mal de todo ser hablante y que no es otro malestar que el embrollo en las cuestiones del amor, el goce, y el deseo. Por eso me parece un libro imprescindible para, tal como dice su autor, seguir dejando la pregunta planteada sobre el erotismo.

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Notas:

  1. Freud, Sigmund. “Psicología de las masas y análisis del yo”. Obras completas. Vol. XVIII. Amorrortu. Buenos Aires, 1990, p. 87.
  2. Roth, Philipe. “La obra que cambio una vida”. El país. Entrevista al autor en el suplemento de cultura. 26 de noviembre del 2014.
  3. Roth, Philipe. El mal de Portnoy. Seix Barral S.A. 1969, p. 7.