Texto correspondiente a la Editorial de la revista Letras Lacanianas nº 20. Revista de Psicoanálisis de la Comunidad de Madrid – ELP, 18 de diciembre 2020.

Ante el surgimiento del real inédito de la pandemia por Covid-19, nos toca vivir un tiempo en el que la incertidumbre y la presencia de una angustia generalizada han venido a instalarse junto con el aislamiento y el temor al contacto con los otros.

Aquello que se ha dado de un modo contingente, ha impactado de lleno en la dicotomía, tan de la época, entre presencia y /o virtualidad.

Inmersos en la sociedad globalizada de la vigilancia y el control, la mirada se ha visto capturada por la voracidad de los medios telemáticos que brindan la imagen en la pantalla como último reducto posible para el encuentro de los cuerpos.

En este contexto el principio psicoanalítico de que la presencia es condición de su praxis se ha visto interpelado. Cuando hablamos tanto de transferencia como de trasmisión, la conexión con el cuerpo se nos presenta como una relación casi indisoluble.

Si bien la imagen no es la presencia en ningún caso, en la experiencia analítica la presencia del psicoanalista tiene un estatuto singular que no es nunca sin consecuencias para una cura. Se trata, sin embargo, de una presencia sin imagen, sin representación. Allí donde las palabras no alcanzan, el analista con su cuerpo logra convocar lo pulsional, lo real del goce. Del mismo modo, también el cuerpo del analizante se hace necesario, el goce no puede ser abordado en ausencia. Y en la comunicación a distancia, virtual, la pantalla pone un velo sobre la presencia dejando a veces fuera de juego el cuerpo del goce.

En muchas de las aportaciones, que se presentan en esta ocasión, insiste la pregunta ¿por qué el psicoanálisis necesita de la presencia real para operar?

Nos preguntamos ¿qué de la voz y de la mirada pasan a través de la pantalla?

En cada una de las contribuciones se tejen respuestas a estos interrogantes y en algunos casos a través de ejemplos de la experiencia clínica durante el periodo de confinamiento. En ocasiones el azar y la invención hacen posible la sorpresa de los hallazgos, y pueden observarse efectos que son el reverso de lo previsible. En otras solamente se trata de mantener vivo el vínculo.

Las contribuciones de los Analistas de la Escuela nos ofrecen su lectura de los actuales acontecimientos, de los efectos y afectos que desencadenan. Asimismo, muestran con suma finura de qué se trata cuando decimos “presencia del analista” tanto en sus elaboraciones teóricas como con el testimonio de sus análisis.

Si bien los psicoanalistas tratamos de estar “a la altura de la subjetividad de la época”, como nos orienta Lacan, apostamos por que los principios y la ética del psicoanálisis no sean olvidados tras la operatividad de la práctica virtual.

Letras en la ciudad en esta ocasión da la palabra a los artistas para que aporten su mirada.

Finalmente, también podemos decir que hay presencias que han sido cuerpo. Ana Lía Gana, ¡se te extraña!

 

 

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