El pasado 7 de febrero de 2020 en el Espacio del pase, la sede de Málaga recibía el testimonio de Lidia Ramírez (AE): “Sueños y final de análisis”. Siempre agradecemos las enseñanzas de los testimonios, lo irrepetible del encuentro con cada uno de ellos. En esta ocasión, muy esperada por cierto, la enunciación de la AE no solo sembró una atenta escucha sino que facilitó el paso a un vivo intercambio una vez concluyó su presentación, especialmente sobre la dificultad que propone encontrar el final.

Para ello nos brindó un recorrido en el que partiendo de la pregunta que se hace Freud en “Análisis terminable e interminable”: ¿Existe una manera natural de acabar un análisis? nos fue conduciendo a la única forma que desde Lacan tenemos para responder: natural no, lógica.

Lo interesante, por tanto, fue lo que mostró para permitir adentrarnos en cómo en su caso operó esta, valiéndose para ello del encadenamiento de la serie de los sueños que a lo largo de la cura analítica, y más en concreto en su final, trabajaron hasta arribar este. Un final que acontece de forma sorprendente, no se soñó el final, se produjo por otra formación del inconsciente, un lapsus, este tuvo el impacto de las grandes sorpresas y la alegría como efecto del atravesamiento que supuso dicho hallazgo. Este tiene lugar después de un tiempo anterior tomado por la interrogación de cómo se obtendría el final, incluso de la desazón por si se obtendría un final. Así es como se encuentra un trozo de real, una nueva escritura.

Este final llegó con satisfacción, una satisfacción que mediante el pase se comparte de manera privilegiada. Fue precisamente un sueño el que vino a situar el momento de destitución subjetiva del analista, del mismo modo que otros sueños anteriores escandieron momentos también importantes que enlazan y preparan lo que el final, por ser logrado, enseña.

Los sueños van indicando la lógica del recorrido. De este modo el primero de la serie da cuenta de la caída de la idealización del padre. Los ejemplos citados que sirvieron a modo de restos diurnos, funcionaron para despejar la ceguera del padre, cómo la mirada de este no alcanza para metaforizar el goce que escapa a la regulación simbólica. Una lectura precisa que atrapa y enseña cómo prescindir a condición de servirse de él.

El segundo sueño es fruto de conquistar la separación donde la analizante había quedado aplastada, un sueño acontecido mucho tiempo atrás que tiene lugar en la convalecencia de un accidente, aporta el significante cuyo rastro lleva a la construcción fantasmática y al cuento infantil contado para escribir la existencia.

El tercero y último es una condensación de restos; como Lidia puntualizó, hay algo del ombligo del sueño en él. La serie articula el recorrido que va de lo simbólico a lo real, ilustra por tanto nuestra orientación y responde al porqué es fundamental para nuestra práctica clínica tener como horizonte el pase, dejarnos enseñar por los testimonios de los AEs

Por último destacar que la pregunta por la mujer pasa, en el testimonio presentado, de la identificación y sus múltiples embrollos a la lectura de la imposibilidad de escribir la relación sexual. La expresión de Lacan “camino hollado” se elije para ilustrar la fascinación de la niña por los agujeros que el taconear de la madre dejaba en el barro, inicio de un camino infantil que luego podrá ser construido en otro hecho de palabra y que logra hacer diana finalmente, agujero en el saber del que se trata, fruto que autoriza a trabajar en su borde mostrando un saber arreglárselas con lo incurable.

Como colofón, Lidia comparte una pesadilla producida después del pase, efecto de su trabajo como AE, en la que el sueño interpreta el Uno del goce.

Nuestro agradecimiento, pues, por la enseñanza y los ecos que deja. Como todo buen encuentro que se precie, nos dejó con ganas de más.

¡Hasta pronto, Lidia Ramírez!

 

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