Reseña del primer encuentro del Cursus Exprés: «Lo serio es la serie»

El pasado viernes 8 de octubre tuvo lugar en la Biblioteca del Campo Freudiano el primer encuentro del Cursus Exprés: Lo serio es la serie. Esta sesión inicial, que llevó por título Art, art, art… and the market, fue presentada por nuestros colegas Neus Carbonell y Héctor García, que contaron con dos invitados: por un lado, la doctora en Comunicación por la UPF Cloe Masotta. Por el otro, el filósofo y poeta Oriol Alonso Cano.

Neus Carbonell dio el pistoletazo de salida subrayando tres adjetivos que remiten a la cita de Lacan -de su Seminario 20– de la que parte el Cursus Exprés. Tales adjetivos son: divertido, serio y diverso. Divertido y diverso comparten la misma etimología. Lo divertido, nos dijo Neus, produce un efecto de goce. A su vez, lo diverso produce un efecto de goce inesperado que tiene que ver con la serie.

Héctor García hizo presente con sus palabras a Max de Esteban, invitado en principio al evento pero ausente por causas médicas. En su último proyecto, Esteban pidió a una máquina -una computadora capaz de dialogar con otras- que se autorretratase. La inteligencia artificial pone en tensión aquello que es real y lo que no, explicó Héctor García, definiendo un panorama en el que cada vez será más difícil distinguir entre objetos auténticos y aquello que es recreación. De ahí pasamos a la pregunta que ocuparía esta sesión inaugural: ¿Por qué hay la serie en el arte? ¿Por qué hay copias, versiones, serigrafías?

Comenzó entonces el turno de las presentaciones de los invitados.

La primera fue Cloe Masotta, quien a partir de su propia investigación sobre danza contemporánea, formuló el interrogante: ¿Hay un arte sin objeto? ¿Éste se puede coleccionar, serializar?

Para hablar de la existencia del arte sin objeto, Cloe citó el testimonio del escritor Enrique Vila-Matas ante una exposición en la que un artista firmaba una brisa de aire. Se trata aquí de una experiencia que deviene obra, que es expuesta o a la que uno es expuesto.

Cloe continuó hablándonos de otros modos de archivar en el cuerpo los movimientos efímeros o la palabra hablada. Tales modos consistirían en formas artísticas como el baile, el canto o que el propio personal de seguridad de la sala forme parte de la performance. Cuando los límites entre público y ejecutantes de la performance están diluidos, nos dijo, incluso el propio público forma parte de la ejecución ¿Cómo una institución colecciona una performance?, se preguntó la invitada, para después mencionar las obras de Tino Sehgal. Para ella, estas obras son efímeras, irrepetibles, por ello mismo persisten. Después, pasó a hablarnos de una exposición del MACBA acontecida años atrás, que construía una historia de la danza encarnada en el cuerpo de quien la ejecutaba: en cada sala del museo había un bailarín o bailarina ejecutando un momento de la historia de la danza.

Consideró Cloe tras este ejemplo que el cuerpo puede encarnar la institución (museo): el cuerpo sería en esta exposición el espacio definitivo para el museo de la danza. En este caso, el objeto de colección como tal desaparecería.

Tras ocuparse de los movimientos efímeros, Cloe habló de la posibilidad de registro para la palabra hablada tomando como ejemplo la performance Hace tiempo que no te susurro. Se trata de una reciente actuación colectiva que tuvo lugar en el centro Fabra i Coats. Esta performance abordaba la siguiente cuestión: ¿Podemos seguir susurrando con mascarilla y distancia de seguridad? Los participantes podían después contar secretos a una grabadora, secretos que serán encriptados en una tarjeta de memoria y nunca serán escuchados.

El cuerpo puede ser espacio museístico, concluyó Cloe estableciendo una articulación entre cuerpo y palabra.

Acabada la intervención de Cloe, comenzó Oriol Alonso Cano a relatarnos tres anécdotas:

1) La gente sale despavorida del preesteno de Blade Runner (Ridley Scott, 1982). La productora, Warner, pide cambios. Se incorporan las tomas finales de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980). Se resignifican esas imágenes para ofrecer una nueva perspectiva al filme de Scott.

2) El actor Adrien Brody lleva a su madre al estreno oficial de La delgada línea roja (Terrence Malick, 1998). Quiere mostrarle su consagración en el cine. Durante la proyección se da cuenta de que apenas aparece en el montaje final, aunque supuestamente era el protagonista. Adrien Brody es reubicado y resignificado en la película en un espacio mucho más minoritario.

3) La montadora del film Memento (Christopher Nolan, 2000) propone al director editar el filme al revés, comenzando por el final y acabando por el principio. Nolan acepta la propuesta y Memento, que podría haber sido estrenado como un noir convencional, se transforma en una de las películas de culto más recordadas de las últimas décadas.

De estos tres ejemplos se sirvió Oriol para introducirnos en la noción de iterabilidad, entendida en términos derridianos. La iterabilidad, nos explicó Oriol siguiendo a Derrida, consiste en que una imagen se puede descontextualizar, arrancar de su contexto inicial porque es ahí donde presuntamente se ha forjado. No sólo se puede separar sino que esa imagen adquiere cierta autonomía y puede contextualizarse en otro lugar. Y adquirir otro significado. Cuando un elemento es iterable, es repetible, pero en una repetición que constantemente va modificando su significado. La imagen perdería así esa presencialidad absoluta para convertirse en un conjunto de potencialidades.

Planteó entonces Oriol una nueva noción: la desaparición del artista, del autor. A partir de sus tres ejemplos iniciales, lanzó la pregunta: ¿Cómo puede decir Kubrick que ha creado una imagen en El resplandor cuando ésta tiene otro sentido en Blade Runner? Lo que presuntamente crea el autor se le escapa de las manos. No hay un querer decir pleno y absoluto en una obra, siempre algo se escapa, concluyó el filósofo.

Mientras Cloe planteaba la desaparición de la obra -en tanto objeto de colección, archivo o clasificación-, Oriol apuntó a la desaparición del autor.

Tras las intervenciones de ambos invitados, los presentadores formularon nuevas preguntas y comentarios.

Héctor García consideró que en la presentación de Cloe Masotta se cuestionó la propiedad y el valor. Si no hay objeto, cabe preguntarse qué vale una performance. Es una pregunta que toca de lleno la cuestión del cuerpo, el no saber qué vale un cuerpo ni un gesto del cuerpo. Del lado de lo que planteaba Oriol Alonso Cano, prosiguió Héctor, la pregunta sería qué relación hay entre el producto y el valor. Si se puede extraer una imagen de cierta obra para insertarla en otra, si esa imagen que queda desprovista de nombre, ¿qué valor tiene?

Por su lado, Neus Carbonell interrogó: ¿Podemos hablar de un arte sin objeto? ¿Hay un arte con un objeto no serializable? Vila Matas en su cita capta que el arte queda depurado a una experiencia de goce, consideró Neus. La extracción del objeto sería esta experiencia de goce. ¿No hay objeto en el arte o se trata de inventar, producir un objeto que no puede generarse en la repetición sino en lo contingente?

Cloe respondió que un arte basado en el gesto irrepetible de un cuerpo ya es un arte sin objeto. Es diferente a la pintura, nos dijo, puesto que un cuadro se puede guardar y transportar.

Respecto a la iteración planteada por Oriol, surgió la duda: ¿Desaparece el autor o se multiplican las autorías?

Oriol consideró que no hay control de las imágenes, por lo cual hablar de autoría es muy difícil. Habría una multiplicación que genera una ruptura con la idea del artista como creador, responsable del producto final.

Frente a la búsqueda de un reconocimiento vacío en la época contemporánea, muy presente en el fenómeno viral de los influencers, Oriol reivindicó un retorno a la concepción del artista como artesano. No se trataría pues de autorizarse a generar un movimiento en los otros, sino de reconocer desde la modestia que en el resultado final de una obra han intervenido casualidades y factores que al supuesto autor se le escaparían. Es un punto de coincidencia y de contingencia efímero, nos dijo Oriol.

Como cierre, ofrecemos las conclusiones que ofrecieron ambos presentadores del evento.

Neus Carbonell afirmó que el artista crea con su síntoma, con su manera de gozar, y que es precisamente esta forma de gozar la que puede crear la satisfacción de los otros. Para Freud, prosiguió Neus, el arte es el objeto sublimado mientras que para Santo Tomás su obra es sicut palea. Estas dos concepciones de una obra ejemplificarían respectivamente la parte agalmática y la parte de resto del objeto artístico. En las nuevas formas de arte señaladas por Cloe Masotta, concluyó Neus, está la parte agalmática del cuerpo y el resto en aquello imposible de archivar.

Y por último, Héctor García afirmó que habría serie en el arte del lado del objeto, en tanto habría una propiedad del objeto que le permitiría hacer serie. Estaríamos hablando ahí de la artesanía reivindicada por Oriol. Por otro lado, sería el nombre del autor el que eventualmente haría serie. En los ejemplos que trajo Cloe, ¿hay la imposibilidad de hacer serie?, fue la pregunta final del encuentro.

 

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