Qué quiere decir no hay relación sexual

Cuando Lacan afirma que no hay relación sexual, no formula una provocación ni una tesis sociológica sobre la dificultad de las parejas. Se trata de una afirmación estructural, que apunta al estatuto mismo del lenguaje y a su imposibilidad de escribir una relación entre los sexos.

Para abordar esta cuestión me he guiado por el Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis y el Seminario 20, Aun de Lacan. Aunque se trata de textos distantes en el tiempo y de un alcance teórico amplio, ambos me han orientado para interrogar el alcance de esta afirmación y su incidencia clínica.

Lo que Lacan comienza a esbozar en el Seminario 11 se continúa en el Seminario 20 donde enuncia precisamente la fórmula: “no hay relación sexual, es imposible formularla”1. Es en este seminario donde Lacan formaliza esta imposibilidad a través de las fórmulas de la sexuación, distinguiendo los modos de goce.

En el Seminario 11, vislumbramos un primer esbozo de esta problemática. Lacan sitúa allí en el inconsciente “una vacilación, una pulsación”2, que impide pensarlo como un saber armónico o cerrado, “el inconsciente se manifiesta como lo que vacila”3.

El inconsciente se presenta como discontinuidad, Lacan introduce una hiancia y es por allí donde el inconsciente empalma con un real4; esa hiancia tiene carácter pre-ontológico, es lo no realizado5. Aquí podemos leer una idea decisiva: el saber no es completo. Siempre hay algo que queda fuera, algo que no se articula, algo que no se escribe.

Posteriormente, leemos esta imposibilidad de cierre como anticipando de algún modo la formulación según la cual no hay relación sexual que pueda inscribirse en el lenguaje.

Es en este seminario en el que Lacan precisa que “la sexualidad se instaura en el campo del sujeto por la vía de la falta”6.

Esta imposibilidad de cierre del saber encuentra su articulación más precisa en la elaboración lacaniana del objeto a (formalizado por Lacan en el Seminario 10, La angustia). En el Seminario11, Lacan introduce este concepto no como un objeto empírico, ni como aquello que el sujeto desea alcanzar, sino como el resto que se produce en la operación misma del significante. El objeto a no es lo que completaría al sujeto, marca un hueco, un vacío7 aquello que cae como consecuencia de su entrada en el lenguaje.

En este movimiento de separación surge el objeto a como aquello que causará el deseo del sujeto, el objeto de deseo es la causa del deseo y es allí donde gira permanentemente. No se trata de reducir toda la problemática al objeto a, sino de situarlo como operador lógico que permite leer la imposibilidad de la relación.

Con esta orientación podemos pensar la relación entre los sexos, si el objeto del deseo no es complementario, si no hay posibilidad de adecuación entre el sujeto y aquello que busca, entonces no puede haber una relación que se escriba como proporción, el otro no es el término que vendría a completar al sujeto, sino el soporte contingente de una búsqueda que tropieza con el mismo límite. Esta vuelta sin fin tiene consecuencias directas para pensar la relación entre los sexos y es lo que, en el Seminario 20, Lacan llama “no hay relación sexual, es imposible formularla”8: hombre y mujer nunca encajan del todo.

Desde aquí, la no-relación sexual no debe entenderse como una tesis negativa, sino que no hay relación porque no hay objeto que pueda hacer de mediador entre dos posiciones de goce heterogéneas, ¿puede alcanzarse algo que nos diga cómo lo que hasta ahora no es más que falla, hiancia de goce, puede llegar a realizarse?9 La repetición amorosa, el desencuentro, la insistencia del malentendido, no son accidentes del vínculo, sino consecuencias necesarias de esta estructura.

Así, ya en el Seminario 11 se encuentra esbozada la lógica que Lacan formalizará más tarde: la imposibilidad de escribir una relación sexual no deriva de una carencia empírica, sino del modo en que el lenguaje produce al sujeto y deja como resto un goce imposible de simbolizar. La relación no fracasa; simplemente no existe como tal. Lo que existe son intentos siempre singulares de hacer con ese imposible. No hay significante que pueda escribir la proporción entre los sexos del mismo modo que la matemática escribe una relación entre dos términos. Allí donde se esperaría una fórmula hay un agujero.

De ahí que el encuentro amoroso esté siempre atravesado por el equívoco. Cada uno ama desde su modo de goce, desde su fantasma, desde su modo singular de arreglárselas con la falta. El otro nunca es el complemento, sino el soporte de una suposición: el partenaire es siempre, en alguna medida, un malentendido.

La clínica no puede orientarse por la búsqueda de una armonía imposible, sino por el modo singular en que cada sujeto hace con ese imposible. El síntoma, lejos de ser un simple trastorno, se vuelve una respuesta singular a lo que no se escribe. Y el acto analítico consistirá precisamente en no suturar ese agujero con sentido, sino en permitir que el sujeto pueda hacerse responsable de su modo de goce. Cada sujeto deberá inventar su modo singular de hacer con esa imposibilidad.

La clínica del malentendido

Si no hay relación sexual, hay el malentendido. No como accidente del vínculo, sino como su condición misma. El malentendido no es un fallo de comunicación que pudiera resolverse con más diálogo o mejor empatía, sino el efecto estructural del lenguaje sobre el goce. Allí donde el sujeto habla, algo se pierde; y es precisamente esa pérdida la que organiza el lazo con el otro.

En la clínica, esto se manifiesta de forma constante: el sujeto habla al otro, pero no se dirige al mismo lugar desde donde el otro escucha. Cada uno interpreta desde su propio fantasma, desde su modo singular de gozar. No hay coincidencia posible entre lo que uno dice, lo que el otro oye y lo que cada uno cree querer decir. El malentendido no es un error: es la norma.

Lacan nos va orientando en la lógica misma del vínculo amoroso: se ama desde la falta, y se ama a un objeto que nunca coincide con el objeto supuesto. El partenaire es siempre, en algún punto, un malentendido encarnado.

La clínica no puede orientarse por la idea de ajuste, complementariedad o armonización de la pareja. Muy al contrario, el trabajo analítico consiste en permitir que el sujeto advierta la lógica de su propia repetición, es decir, el modo en que intenta una y otra vez hacer existir la relación sexual allí donde no la hay.

Esto se observa con claridad en la clínica de la demanda. El sujeto demanda amor, reconocimiento, presencia; pero lo que se pone en juego no es la satisfacción de esa demanda, sino el modo en que esta encubre una demanda de ser —de ser el objeto del deseo del Otro—. El desencuentro es estructural: cuando el otro responde, nunca responde ahí donde el sujeto esperaba.

Desde esta lógica, el síntoma deja de ser un obstáculo a eliminar y pasa a ser una solución singular frente a la inexistencia de la relación sexual. Cada sujeto inventa su modo de hacer con el goce del Otro, su manera de sostener un lazo posible allí donde no hay garantía simbólica.

El acto analítico, entonces, no apunta a corregir el malentendido, sino a permitir que el sujeto pueda leerlo de otro modo. No se trata de hacer funcionar mejor la pareja, sino de producir un desplazamiento en la relación del sujeto con su propio goce. En ese sentido, el análisis no promete felicidad ni armonía, sino una relación distinta con lo imposible.

Esta relación distinta con lo imposible la podemos pensar orientándonos por Miller: dos formas distintas de gozar no se encuentran aleatoriamente, lo que posibilita el encuentro es que cada una responde al modo de gozar de la otra. No es especular sino es el eco de los síntomas lo que permite reconocer la diferencia. Es la verdad del síntoma: el goce del síntoma vuelve al sujeto su partenaire[10]. Por eso las relaciones se repiten, por eso el sufrimiento amoroso insiste, por eso el sujeto tropieza una y otra vez con la misma piedra.

Podríamos decir, finalmente, que la clínica del malentendido es la clínica misma del psicoanálisis: una clínica que no busca suturar la falta, sino hacerla operativa; que no apunta a cerrar el sentido, sino a abrir un espacio donde el sujeto pueda responder de otra manera a aquello que, estructuralmente, no cesa de no escribirse.

 

Notas:

  1. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 20, Aun. Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 17.
  2. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires, 1992, p. 34.
  3. Ibid., p. 35.
  4. Ibid., p. 30.
  5. Ibid., p. 38.
  6. Ibid., p. 213.
  7. Ibid., p. 187.
  8. Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 20, Aun. Op. cit., p. 17.
  9. Ibid., p. 16.
  10. Miller, Jacques-Alain. El partenaire-síntoma. Paidós. Buenos Aires, 2010, p. 101.