El resultado de las pasadas elecciones Europeas no se ha caracterizado precisamente haber sido un dique contra los racismos de toda clase; antes al contrario, los representantes de estos movimientos han irrumpido de forma notable en el Parlamento Europeo. Y lo han hecho introduciendo una cuña en un portalón que nos tememos va a ir cediendo en su apertura hasta que ya sea demasiado tarde; como ya lo fue en nuestra más reciente historia…

Por ello no están de más aportaciones como la que hoy presentamos, en lo que pueda servir para pensar y actuar ante un fenómeno creciente y que viene dando señales de vida desde hace ya más de una década, mientras desde muchas instancias políticas se mira hacia otro lado, y sólo se actúa -frecuentemente de forma autoritaria-, si la ecuación costes/beneficios económicos les va a ser favorable, sin querer saber que EL MAL tiene un plan que no atiende a ninguna razón y se burla ampliamente del Dios de los beneficios económicos. Un Dios, para empeorar más las cosas, que a su vez está preso de su goce –dinero-, en lo que tiene de más tóxico y corrosivo.

jalvarez (redactor)

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¡NO TODOS RACISTAS!
Rose-Paule Vinciguerra

El racismo no es algo nuevo. Freud consideraba que los vínculos colectivos empiezan a dos; y comenzó por analizar el racismo a partir del narcisismo del yo. Así, relaciones conyugales, amistades, relaciones entre padres e hijos “dejan un sedimento de sentimientos hostiles; lo mismo para grupos étnicos que se hacen una competencia envidiosa; pueblos emparentados se repelen, los alemanes del Sur en relación a los del Norte. Y cuando las diferencias son mayores, el resultado es una aversión difícil de superar: los galos contra los germanos, los arios contra los semitas, los blancos contra los pueblos de color”(1). Sin embargo, desde el capítulo de “La Identificación”, en Psicología de las masas y análisis del yo, Freud piensa las formaciones colectivas a partir de la referencia al Ideal del yo; y es a partir de esto que los fenómenos de racismo van a ser retomados. Lo que el extranjero, por su atopia, sacude en un sujeto, es su posición siempre frágil frente a un Ideal del yo siempre del lado del Otro. La colusión de los semejantes entre sí contra el extranjero permite reducir la distancia al ideal, que los yo cuenten sobre su número, sobre su reunión para parecerse.

¿Qué es lo que ha cambiado actualmente en la civilización? ¿Qué es lo que ha podido cambiar en el ascenso de este fenómeno, ya profetizado por Lacan en 1975? Encontramos la decadencia del ideal ligado al Nombre-del-padre, y el ascenso a la vanguardia de las conquistas del objeto a como plus de gozar. En el capitalismo, en efecto, la falta-en-gozar constitutiva del sujeto en toda civilización se encuentra violentamente reanimada por la producción intensiva del “plus de gozar” por todas partes y para todos. Pero el sistema se ve perturbado pues los modelos económicos se muestran inadaptados y los sistemas políticos anuncian su impotencia para regularlos.

Así, tanto los modos de goce como los modos de vida se revelan cada vez más particulares. Y entonces, el racismo ordinario manifiesta el recurso loco a modos segregativos, intentando ir contra la homogeneización de los consumidores programada por el capitalismo. Se acusa al “plus-de-gozar” del otro, imaginarizado como exceso (ellos se quedan con nuestro trabajo, nuestras mujeres, es “la gran sustitución” como se escucha decir), de ser el responsable de la falta-en-gozar de los sujetos. La verdad de la falta-en-gozar en tanto que estructural queda en ello tanto más oculta. El afecto de odio racista opera entonces una consolidación de este desconocimiento. Pues si el extranjero es causa de falta-en-gozar para un racista decidido, este último no puede precaverse de ello sino mediante el rechazo del otro. El racismo ordinario aparece entonces como interpretación errónea del impase de la civilización. Consiste en denunciar el goce del otro desconociendo en ello que el suyo propio también falta.

Así, el goce es identificado del lado del otro: ese quiere mi mal, mecanismo de proyección paranoica. El racista no hace sino defenderse. Es preciso poner una barra sobre este extranjero, en el límite supuesto no dividido. Desde esta consideración, el enunciado racista gira hacia el delirio.

Pues lo vergonzoso es la diferencia, pura diferencia sin la cual él no es sujeto. A lo que se apunta es a la identidad a sí mismo a través de un significante fijado (nosotros somos los únicos civilizados, los verdaderos creyentes… los únicos). Que la identidad sea siempre una identidad diferencial, es lo que no es soportado.

De ahí el recurso a lo que sería una verdadera filiación, una Ley total: “Todos hijos de la misma patria”. La identificación aquí es la de un “nosotros”, pero podemos preguntarnos si el padre real –le père-la-jouissance-, no gira alrededor de esta identidad de excepción en la cual el racista cree. La regulación operada por el Nombre-del-padre, que civiliza el goce, organiza la vida social según diferentes aproximaciones, como la del próximo y del lejano. El lejano, el extranjero, queda siempre demasiado próximo, éxtimo, y es preciso rechazarle.

La exclusión es aquí la réplica del esfuerzo para identificarse a una excepción que sería real. Más allá de la dirección a un ideal que el racista intenta restaurar, ideal que el capitalismo mundial ha disuelto, hay la llamada a un goce sin piedad que exige sacrificio.

No es solamente al otro como identidad a lo que apuntan los racistas, sino también a su cuerpo. Cuerpos de más, insoportable. Si el cuerpo es siempre habitado por un discurso, encontramos ahí, sin embargo, como un desencadenamiento del cuerpo a cuerpo que va más allá de la simple exclusión de identidad. Es la exterminación nazi que pretendió erradicar los nombres, la ley, pues, por la exterminación de los cuerpos. Persiste de ello la idea de que si es por el cuerpo que se transmite el nombre, entonces hace falta el sacrificio real del cuerpo (así lo quería estos últimos años la célula Zwickau asesinando regularmente a turcos en Alemania). El cuerpo del otro hace síntoma para el racista. Su cuerpo de simio, por ejemplo, como fue dicho recientemente. El cuerpo del extranjero vendría a fijar el goce como real, no cifrado.

Pero, a menudo, es bajo la cobertura de principios culturales, incluso universales, o acusando a una religión de supuesta invasora, como el racismo “correcto” se enmascara actualmente. Ha devenido respetable. En otro tiempo “el youpin”, hoy el judío, antes“el negro, el bougnoul”, hoy el africano, el musulman, y el romaní. La semántica del racismo se readapta para no aparecer en su crudeza. Su retórica, ¡no afirma actualmente que “¡Francia es el país menos racista del mundo”! El fenómeno racista, marca del fracaso de la democracia liberal en cuanto al ideal, se viste hoy con el ideal republicano. Sin embargo, parece que en esos sujetos el esfuerzo para domesticar lo real mediante significaciones sea sin recursos.

El racista es un vigilante del goce. Por otra parte, ¡poco le importa que se proteste! Él es “sin complejos”. Queda que el “No” que se impone pueda tomar a cargo ese real y es la única manera de tener una posición ética.

Nota:
1.- Freud, S. “Psicología de las masas y análisis del yo”.

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