El psicoanálisis no pretende curar, suprimir la vergüenza, «desvergonzar» al sujeto. Como tampoco pretende desculpabilizarlo. No pretende perdonarlo -que es lo que suele hacer el amo, la religión- ni subestimar sus razones para sentir vergüenza. Únicamente pretende desangustiarlo. ¿Por qué esta posición en la cura? ¿Por apego a principios éticos? Hay más: hay razones epistemológicas. Si el tratamiento reprime la culpa y la vergüenza del sujeto, no entiende nada; no puede comprender nada del síntoma, de lo que le pasa al sujeto. Porque el síntoma es una formación transaccional.

Vivimos en tiempos de impudicia. Reina el imperativo de exhibirse o de mirar. De eso hay que gozar. Parece que todo se puede decir, todo se puede contar, todo se puede mostrar, que la intimidad, la privacidad, ya no existen. Son tiempos de gran hermano. Tenemos la impresión de asistir al ocaso del pudor; la gente parece más desvergonzada que nunca. No obstante, la vergüenza no ha desaparecido. Al contrario: sigue presente; incluso hay más vergüenza que nunca, aunque la mayor parte de las veces permanece inconsciente. Por un lado, hay un imperativo exhibicionista y voyeurístico; es la era de los reality show, espectáculos de una sociedad más o menos perversa. Pero por otro lado, muchos sujetos se mueren de vergüenza. El reto de estos shows es acabar sorprendiendo al sujeto, mostrar siempre más de lo que se había llegado a mostrar, decir cada vez más de lo que se había llegado a decir. Mostrar hasta la indignidad, hasta conseguir provocar la vergüenza propia o ajena. En definitiva, la sociedad postmoderna goza de degradar al sujeto.

No sólo sienten vergüenza los neuróticos. En los psicóticos también hay mucha vergüenza; más vergüenza que culpa. Muchos de ellos no se sienten culpables; es difícil que se sientan culpables, por una cuestión estructural. Atribuyen su enfermedad mental a la genética, a la biología, a alguno de los muchos subterfugios que ofrece el cientificismo. Pero sí que se sienten avergonzados. A veces, el “estigma” se lo ponen ellos mismos, como expresión de su vergüenza. De su vergüenza de no ser «normales», no estar a la altura de las exigencias de la vida o de la sociedad. Por su “falta en ser”. La vergüenza siempre tiene que ver con la falta en ser.

Los adolescentes también parecen hoy en día abrumados por la vergüenza. De no estar a la altura de las expectativas de sus padres, de la escuela, de sus iguales… Sufren, no de falta en tener, sino de falta en ser.

Hay un profundo sentimiento de indignidad en muchos: en los parados, en los que no consiguen salir adelante, ganarse la vida, los que no consiguen consumir, los que no logran su plus de goce, los que no consiguen “triunfar”. Como en la película Full Monty, donde hay un personaje que se queda en el paro y no se lo dice a su mujer. Sale cada mañana de casa con traje y corbata y no vuelve hasta que acaba el horario laboral.

En esta sociedad, aunque hay mucha tolerancia y pocas prohibiciones, pesan muchísimo los ideales y, en primer lugar, el ideal narcisístico. Vivimos en la época de los selfies y de los orgullos, como el gay pride, el orgullo gitano, el orgullo creyente… Por eso el sujeto contemporáneo, este sujeto que se hace selfies y celebra orgullos diversos, es más vulnerable que nunca a la vergüenza.

¿Qué es la vergüenza? El DRAE dice: “Turbación del ánimo ocasionada por una falta cometida o por una acción deshonrosa, propia o ajena. El Lexis dice [definición de la “honte”] más o menos: “indignidad que inflige un deshonor humillante; sentimiento penoso de la propia bajeza, deshonor, rebajamiento delante de los otros; sentimiento de malestar, provocado por la timidez, la modestia, la falta de seguridad, el temor, etc.

En el antiguo griego, el pudor, el sentido del honor, se decía “aidós”. Los griegos le daban un lugar muy importante, veían en él la raíz de la moral (Protágoras, el mito de Prometeo). La civilización está íntimamente relacionada con la instauración del pudor, de la capacidad de sentir vergüenza. No sólo la cultura clásica, sino también la mitología oriental coloca la vergüenza en el origen: Adán y Eva comen del árbol del conocimiento del bien y del mal y descubren de repente que están desnudos… Son confrontados con su castración. Es el grado cero de la moral, la pérdida de la inocencia a partir de la cual son expulsados del paraíso, quedan separados del Otro, a merced de la mirada del Otro.

La vergüenza tiene que ver con la revelación de la falta en ser (más que con la falta en tener) bajo la mirada de un gran Otro. ¿Por qué con la falta en ser? El sujeto está taladrado por un cuestionamiento ontológico: ¿quién soy?, ¿quién o qué debo ser?, ¿cómo justificar mi existencia? Sabemos cómo intenta el pequeño neurótico responder a la cuestión. Colocándose como el falo de la madre, encarnando el objeto que le falta a ella -y también a él-, intentando colmar a la madre y velar su castración.

El yo, la imagen especular, se construye sobre la base de una impostura ontológica. La vergüenza surge cuando cae la impostura. El niño descubre que no colma a la madre, que su pene es insuficiente; la niña descubre que no lo tiene. Cae el niño de su identificación imaginaria al falo. Hay un momento de destitución subjetiva; cae la identificación imaginaria, queda la castración al descubierto. Y encima también queda al descubierto la impostura. La vergüenza es el descubrimiento de la insuficiencia fálica bajo la mirada del Otro. Pero la falta en tener redunda en falta en ser. La imagen cae, el sujeto queda desnudo, castrado, aparece la vergüenza. No se trata de una mera caída de semblantes. Hay mortificación, herida narcisística. La vergüenza afecta el sujeto en el sentimiento de existir más íntimo. La vergüenza es la caída de la impostura del yo fuerte, de aquel yo que se sostenía en una especie de selfie.

La vergüenza toca el sentimiento de existir. Confronta al sujeto con su falta en ser. La vergüenza tiene poder de destitución subjetiva, poder de melancolización del sujeto. El sujeto queda degradado, como un desecho ante la mirada del Otro. La vergüenza tiene una dimensión fuertemente imaginaria. Lacan recoge el paradigma de la vergüenza de El Ser y la Nada de Sartre. Un sujeto mira por el agujero de una cerradura hasta que escucha de repente el ruido de unos pasos. ¡Alguien lo ve espiando, lo pilla en pleno goce miserable! Ahí es donde aparece el subidón de la vergüenza. El que lo sorprende es un gran Otro, no hay duda. Un Otro primordial que ve. De allí el icono del ojo de Dios en el cielo…

¿Qué diferencia hay entre la vergüenza y la culpa? No hay duda de que son parecidos. Forman parte de la misma serie. Pero la vergüenza es un afecto primario de la relación con el Otro; la culpa es un afecto más complejo. En la vergüenza, el Otro primordial ve; en la culpa, el Otro habla y juzga. El Otro es portador de los valores que el sujeto ha transgredido. La vergüenza está en relación con el goce (toca lo más íntimo del sujeto); en cambio, la culpa está en relación con el deseo. En la vergüenza hay un desfallecimiento del lado del ideal del yo; en la culpa, del lado del super-yo.

Esta sociedad por un lado produce el declive del pudor, pero por otro lado el auge de una vergüenza inconsciente, inconfesable. Dos textos de sociología aclaran el horizonte: La sociedad del espectáculo de Guy Debord (1967), que es un clásico, y La sociedad de la transparencia de Byung-Chul Han (2013), un texto muy reciente.

Debord dice que vivimos en una sociedad del espectáculo, espectaculista. Toda la vida social se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Publicidad, propaganda, información, consumo de diversión: éste es el modelo de la vida dominante. Todo se vive como una “representación”. La vida humana queda reducida a mera apariencia. Lo que es bueno aparece, lo que aparece es bueno. Todo lo real ha de hacerse imagen. El espectador queda hipnotizado, totalmente alienado. Cuanto más mira, menos vive. El espectáculo refuerza su aislamiento. La sociedad del espectáculo está compuesta por una multitud de espectadores solitarios ante las múltiples pantallas. El espectáculo consiste básicamente en la exhibición de la mercancía. Occidente domina sobre el resto del mundo en tanto que sociedad del espectáculo, imponiendo la ecuación “Bien = mercancía”. La sociedad capitalista, es decir, la sociedad de la mercancía, degrada el ser en tener y el tener en aparecer. La mercancía coloniza la vida social. El espectáculo no es un suplemento. Es el corazón del irrealismo propio de la sociedad del hiperconsumo.

Byung-Chul Han dice que vivimos en la sociedad de la transparencia, de la hiperinformación, de la hipercomunicación, la hipervisibilidad, la era de la post-privacy. Al fin y al cabo la privacidad no siempre ha existido. Es un invento histórico. Parece haber llegado a su fin. La obsesión de la actualidad es que la información debe circular. Y ese movimiento es un movimiento de una envergadura bestial: hay una masa de información creciente que pulula. Hoy en día se reclama efusivamente la transparencia. No obstante, Han dice que el alma humana necesita esferas en las que pueda estar en sí misma, sin la mirada del otro. Reivindica el derecho al secreto, a la alteridad. Defiende una actitud de distancia. Por ejemplo, en la política, es necesario el secreto, porque es el ámbito de la estrategia. Una transparencia total paralizaría la política. En el amor es necesario el secreto, para respetar la alteridad del otro, para conservar el misterio del otro, la atracción hacia el otro, el amor. La sociedad de la transparencia es una sociedad pornográfica. Hace de todo una mercancía –mercancía desnuda, sin secretos, entregada a una devoración inmediata. En el conocimiento es necesario, si no el secreto, por lo menos un menos de información, para producir un más de saber. Hay que tener, como decía Nietzsche, una voluntad de ignorancia. Vivimos, dice Han, en la tiranía de la visibilidad, en una sociedad de la confesión, del desnudamiento permanentes. La sociedad de la transparencia es evidentemente una sociedad del control; vivimos en un panóptico digital.

Según Han, esta sociedad de la transparencia pretende desmontar cualquier tipo de negatividad, uniformarlo todo, alisarlo todo, convertirse en una sociedad positiva. Asistimos a la muerte de la dialéctica. En facebook uno solo puede clicar sobre: me gusta. No puedo poner: no me gusta. La sociedad de la positividad pretende domesticar y positivar todo. Por ejemplo, el amor: los individuos ya no quieren enamorarse en el sentido de “caer” enamorados: fall in love, tomber amoureux. Señala Han que Meetic promete enamorarse sin caer, sin herirse, sin la dimensión trágica del amor. ¿Pero hay amor sin caída, sin herida? Hoy en día aparecen en nuestra sociedad, dice Han, las enfermedades del exceso de la positividad: el cansancio y la depresión.

El discurso psicoanalítico no es ajeno a la implantación de la sociedad de la transparencia; participó inicialmente del ocaso del pudor. Propuso desvelar cosas que jamás anteriormente habían sido desvelados. El análisis invita al sujeto a abandonar el pudor en el diván, exponer su intimidad. Al hacerlo el sujeto desvela su castración, se confronta con la falta. El análisis hace pasar mucha vergüenza, provoca un prolongado proceso de destitución subjetiva. Esto es lo que da a la cura su dimensión trágica. Pero las dos destituciones subjetivas, la vergüenza que se pasa en el psicoanálisis y la vergüenza fuera del análisis, son diferentes. Fuera de análisis, la destitución subjetiva es salvaje. En cambio en el análisis, la destitución subjetiva está acompañada por la elaboración de un saber nuevo; además el sujeto cuenta con la transferencia. En el análisis, la vergüenza disminuye, al admitir finalmente el sujeto una modalidad de goce propia; y finalmente la transparencia encuentra un límite. En Cause et consentement, Miller daba la siguiente metáfora: en cada sesión es como si el analizante pasara por una aduana. Siempre tiene cosas que declarar; siempre se da cuenta de que se ha dejado algo sin declarar, se siente culpable y lo trae a la sesión siguiente. Pero al final del análisis, Miller dice que el sujeto se permite pasar la aduana sin declarar todo; se permite finalmente pasar algo de contrabando. Se autoriza a ello. En cierto sentido pone un fin a la transparencia.

Se podría decir que en el psicoanálisis el sujeto puede prescindir de la vergüenza a condición de servirse de ella. Es decir, el psicoanálisis lacaniano no es ni un selfie ni una terapia del orgullo. Pone un límite, no obstante, al dominio y al dolor de la vergüenza. Aligera el peso de la vergüenza permitiendo extraer un saber nuevo, permitiendo reconocer detrás de la impotencia lo que había de imposible, permitiendo al sujeto asumir su falta en ser y acceder a la dignidad del deseo.

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* Texto surgido a partir de la última reunión del Grup de Treball Psicoanalític del Garraf (23/05/2014), sobre el tema de la Vergüenza. Grupo de estudio auspiciado por la ELP.

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