Desde el anuncio del Covid19 han pasado varias semanas; ya no estamos bajo el impacto inicial de la situación límite generada. Aún así es mucho el trecho por recorrer para permitir bordear el agujero del sin sentido abierto por la irrupción de este minúsculo artefacto llamado virus en latín, ἰός «toxina» o «veneno», en griego.

Arriesguemos el formularnos preguntas incómodas, así como inventar y apostar por actos audaces que nos sacudan la falsa ilusión de pretender recuperar el punto en el que estábamos antes de que ello irrumpiera en nuestras vidas.

Tanto los argumentos conspirativos como los argumentos del miedo dificultan, cuando no boicotean, que se pueda afrontar con calma, valentía, determinación y responsabilidad colectiva e individual, nuevas modalidades de hacer en lo social, en lo colectivo y en lo personal.

Nos hallamos ante una situación inédita que reclama más que nunca podernos separar de las vacías elucubraciones que pugnan por dar forma a este peligro invisible, a este enemigo acéfalo, que nos deja en posición de desamparo y confrontados a nuestra condición de frágiles mortales.

No hace mucho en una conversación doméstica se me argumentaba que todo el desarrollo sustentado por el modelo neoliberal de los países occidentales, como por el modelo “socialista de mercado” de la China y Rusia, estaba dando de comer a más gente que nunca en el mundo y que eso era suficiente moneda de cambio para no cuestionarlo. Que el aumento de la productividad gracias a pesticidas, a la agroindustria, a los combustibles fósiles, eran la panacea de nuestra era. No importa la contaminación, no importa la pérdida de libertades, ya que teníamos, gracias a las “servidumbres voluntarias”1, un contingente de “consumidores-usuarios” dispuestos a seguir montados en la rueda del hámster en post del último gadget que nos ofreciera la tan ansiada completa felicidad.

Engels ya nos advertía en 1845 acerca de los efectos nefastos de la revolución industrial en la salud de la nueva clase obrera emergente en su libro “La situación de la clase obrera en Inglaterra”.

Más de 150 años después estamos asistiendo a las consecuencias de la colisión del neocapitalismo con el medio ambiente. La lógica neoliberal, en su imparable dinámica de acumulación de capital, imposibilita otro mecanismo que no sea la espiral ascendente del siempre más, siempre más. Es esa lógica insaciable la que, en un ecosistema finito, nos ha conducido al callejón sin salida de las políticas de austeridad que han llevado a recortar todo aquello que oliera a servicios sociales.

Con la eclosión de la pandemia, ¿estamos quizás en los albores de la segunda era de un nuevo higienismo?

Comandados por un miedo que congela el pensamiento crítico, confrontados a una crisis que proviene del cuerpo y que escapa al saber -por ahora- de la biología y del sistema inmunitario, aislados y hambrientos de respuestas, existe un ingente colectivo social al cual se lo procura mantener tranquilo, con medidas, ahora sí, de “estado proteccionista”.

¿Serán suficientes?

¿Se podrán cambiar las reglas de juego?

Desde las instancias gubernamentales se está pidiendo a la población autocontrol, disciplina, mientras se esgrime el recurso a la ley que sanciona y castiga. Se inventan “app” y otros artilugios de control social bio-sensibles que parecen empujar hacia un modelo de organización donde “el panóptico” 2 lo llevaremos en el bolsillo.

¿Vamos hacia un nuevo modelo de control tecno-totalitario?

Pasan los días y al primer atisbo de que “la curva se aplana”, los criterios sanitarios pasan a un segundo plano para primar los criterios económicos y “hay que salir”, el mecanismo tiene que ponerse en marcha. Superado un primer momento en que la pandemia arrasaba de manera interclasista, sin respetar fronteras, rápidamente las piezas ya se están reacomodando, imperando un discurso que capitalizando el sufrimiento global ya tiene en marcha nuevos modelos de negocio.

¿Podremos contrariar esa tendencia “Hikikomori” 3 -quizás necesaria en un primer momento- e inventar modelos diversos? Quiero aquí remarcar el plural. Modelos diversos. ¿Sería posible cuestionar de una vez por todas la globalización y apostar por la singularidad de los pueblos, en la que cada sociedad pueda encontrar su propia modalidad de construir, innovar, inventar, crear?

Hasta aquí he reflexionado como ciudadana, pero en mi práctica como psicoanalista, estas semanas pude escuchar en los analizantes el abismo que esta insólita situación, ha abierto en la significación particular de cada uno de ellos, así como también en los sujetos que están en entrevistas preliminares y en aquellos que habitualmente atiendo en espacios institucionales.

Hay, en todos los casos, los tiempos subjetivos que fueron aconteciendo en el correr de las semanas. Tiempos necesarios y diferentes para cada uno, en los que se conjugó y se siguen conjugando los verbos morir, vivir, y si vivir, cómo vivir.

Aunque en un inicio muchos minimizaran la gravedad de la situación, a partir de la escucha analítica pude constatar como la envergadura del acontecimiento, hizo que cada analizante tuviera su momento. Momento en lo que algo se precipitó y dio lugar a una mirada hacia el abismo de lo real sin ley.

De ahí la necesidad de ir bordeando ese precipicio con algún tipo de saber que permitiera sosegar y calmar la angustia. Esa necesidad de construir un borde donde asirse, era la que mayormente ocupaba el tiempo de la conversación telefónica que venía al lugar de la sesión presencial.

Un encuentro donde la voz y la palabra ayudaran a cernir alguna idea “loca”, alguna sensación “desbocada”, algún sueño que desvelara “un miedo a la muerte” o «el horror de no saber que será de mi».

Nos confrontamos a algo insólitamente novedoso, desconcertante, y como tal traumático por su cuota de inasible. Será entonces gracias al amor de transferencia que provisionalmente algo se podrá ir amarrando y anudando. Algo que permita acceder a un saber hacer sereno y con criterio propio. Algo que permita afrontar este peligro tan invisible como inédito, posibilitando la construcción de un borde significante que permita sintomatizarlo.

Indudablemente el dispositivo ha cambiado -sólo provisionalmente-, pero no el discurso ni la posición del analista, que sostiene ese deseo -no puro- como esa “x” que causa, con el ropaje de Sujeto Supuesto Saber.

No habrá respuestas a dar, ni se podrán sostener ilusorias futuras certezas, pero si acompañar el bricolaje que los sujetos puedan ir creando para delimitar y dar forma a las nuevas coordenadas vitales que desafían su existencia.

 

Notas:

  1. De La Boétie, Etienne (1530-63). El discurso de la servidumbre voluntaria. – publicado en 1572-. Virus Editorial 2016.
  2. El panóptico era un tipo de arquitectura carcelaria ideada por el filósofo utilitarista Jeremy Bentham hacia fines del siglo XVIII. Panopticon versus New South Wales. Works, ed. Bowring, t. IV. El objetivo de la estructura panóptica era permitir a su guardián, guarecido en una torre central, observar a todos los prisioneros, recluidos en celdas individuales alrededor de la torre, sin que estos puedan saber si son observados. Michel Foucault, en Vigilar y castigar (1975). Ed. Siglo. XXI Editores, Buenos Aires, 2003- conceptualizó una sociedad disciplinaria, sobre el dispositivo panóptico. El panoptismo es capaz de «reformar la moral, preservar la salud, revigorizar la industria, difundir la instrucción, aliviar las cargas públicas, establecer la economía como sobre una roca, desatar, en lugar de cortar, el nudo gordiano de las leyes sobre los pobres, todo esto por una simple idea arquitectónica». p. 191.
  3. Síndrome que se comenzó a detectar inicialmente en Japón. El término Hikikomori fue acuñado por el psiquiatra Tamaki Saito, en el año 2000 y significa apartarse, estar recluido. Se define como una forma voluntaria de aislamiento social o auto-reclusión, debido a factores tanto personales como sociales. Afecta fundamentalmente a jóvenes adolescentes con una percepción del mundo exterior como algo violento que les agrede constantemente.

 

 

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