La Escuela como comunidad de trabajo: Lo Uno y lo múltiple hoy*
“Al principio está el amor […] la transferencia. Después no se habla de otra cosa […] y luego, sigue insistiendo a lo largo del análisis, la formación, la vida y en la Escuela. De ahí este encuentro, y los que vengan”.
Con esta frase inicié mi intervención, en esta Sede, el pasado 6 de mayo por el Aniversario de Fundación de la ELP.
Cuando supe que participaría en este encuentro, en la Noche del Directorio Ampliado, me surgieron dudas sobre cómo reflejar algo de la implicación de los jóvenes, no miembros (aún); recoger la importancia que tiene la orientación Una y decir algo sobre el riesgo de las inercias o las dificultades territoriales ya sabidas.
Esta misma noche, en Madrid, existe la posibilidad de que toda la Escuela esté conectada; es una muestra en acto de ir contra el repliegue de las Comunidades sobre sí mismas. La política de la juventud también, en la medida que está fundada en una lógica que empuja a los miembros bajo condiciones, de la buena manera, a construir transferencias más allá de la comunidad de donde escriben su trabajo…
Me surgen varias preguntas respecto a: ¿cómo hacer para lograr un compromiso y responsabilidad con la causa analítica?
¿cómo darles el valor que tienen a las marcas de Lacan en cada uno y en nuestra cultura? ¿cómo hacer del trabajo algo que evite el estancamiento o la repetición?, ¿cómo pensar las dificultades y proponer una política basada en la acción, en la formación del analista?
Y, sobre todo, ¿cómo hacer con la otredad y la controversia sin caer en la transferencia negativa?
Las respuestas no las tengo, pero asoma lo comunitario, la política de lo comunitario para hacer Escuela y poder sostener todo eso.
Sabemos de la dificultad territorial de nuestra Escuela, a pesar de los inventos, como el de hoy y creo en lo importante que es seguir reuniéndose alrededor del espíritu de la Escuela Una, en pro de una orientación unitaria que trate de reintroducir la diferencia, asegurando el surgimiento de lo nuevo, entre otras cosas de la juventud, y que ofrezca una perspectiva a distancia de lo imaginario, no toda simbólica, sino más bien real, como dice Christiane Alberti.
La orientación unitaria está lejos de la indiferenciación. Miller dijo que las Escuelas del Campo Freudiano son refugios contra el malestar de la civilización, como así lo quería Lacan y ensalza el esfuerzo continuado de varias generaciones de analistas para sostener las siete Escuelas. La Escuela la situamos en formación, como una unidad dinámica cuyas acciones concurren al progreso del proceso colectivo.
¿Qué estatuto dar a las formas que dan lugar a la Escuela como sujeto de derecho, a los actos de Escuela y comunidad, a la determinación y efectos producidos por el deseo, los acontecimientos de Escuela, las conversaciones, las publicaciones, los encuentros…?
Freud dice “Lo colectivo no es nada más que el sujeto de lo individual”. Podríamos entonces entender que lo colectivo está hecho de una multiplicidad de individuos y de relaciones individuales que asumen el mismo objeto como ideal del yo; por tanto, relaciones singulares, cada una. Atendiendo a Lacan sabemos que lo individual no es subjetivo, que el sujeto no es el individuo y que la transferencia no es individual, sino que es múltiple, sobre un sujeto supuesto saber con el mismo objeto.
Relación de la soledad subjetiva y la formación colectiva. Disociar al sujeto barrado del significante amo y al sujeto del goce. ¿Cómo sostener una comunidad si cada uno debe encontrarse en su propia soledad, separado del significante amo y en torno a la Causa analítica? Esta apuesta de Miller la entiendo como una suma de soledades subjetivas, por tanto, excepciones, que conforman una Escuela, Uno por Uno, cuya lógica es inconsistente al regirse por el No-todo.
¡Cuánta importancia tienen las palabras, las letras!... letras que producirán efectos, porque eso hacen los significantes, que una vez unidos en forma de contribuciones y enunciados conforman el espíritu del Psicoanálisis, donde existe el malentendido, donde se produce la Escuela Una, La escuela como un Sujeto Supuesto Saber, cuya historia es una serie de fenómenos subjetivos analizables, y donde el tiempo es importante.
Miller habla de la paciencia con la impaciencia. Paciencia para enfrentar lo real y padecerlo, saber esperar y darle el tiempo necesario a cada analizante, se necesita tiempo para estar en posición de analista. El tiempo pasa, ni se gasta ni se aprovecha, ni se gana ni se pierde, solo pasa, y en ese pasar, mejor que pasen cosas. Que sigan pasando, aún con resistencias, insistencias e impaciencias, pero que haya hueco para que surja lo nuevo.
Hay que consentir a la singularidad y estilos de cada uno, de cada lugar, de cada practicante, pero con algo en común tan importante como el deseo, que lo sostiene. El peligro lo sitúo pues en el repliegue imaginario, en caer en las inercias de no aprender de las diferencias, en pensar que lo propio es lo único, y que lo otro es rechazable.
¿Por qué es tan necesario custodiar el Uno de la Escuela? Quizá porque es la garantía de nuestra orientación por lo real, por lo innombrable, lo irreductible o lo imposible. El Uno, de alguna manera funda la pregunta sobre todo eso que no deja de no escribirse. De alguna manera lo múltiple es necesario a condición de no perder la orientación del Uno.
Entendemos que la libido no es infinita, que tiene que producirse un buen encuentro, libidinizar el espacio de Escuela y de trabajo, atender a lo contemporáneo y evitar el Superyo como motor de la formación o de la admisión.
Tendrá que seguir estando el amor y el deseo de Escuela. Seguimos entonces en la apuesta en acto de hacer Escuela, más allá de las Comunidades.
* Intervención en el Directorio ampliado: “La Escuela como comunidad de trabajo: lo Uno y lo múltiple hoy” el 9 de mayo de 2025 en Madrid.

Paula Fuentes es Socia de la Sede de Madrid de la Comunidad de Madrid de la ELP. Participa del Dispositivo de Juventud de la ELP.
