El niño como real del delirio familiar. Eric Laurent (París)

Los días 8 y 9 de Noviembre se celebraron ante una nutrida asistencia, las VII Jornadas de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, -ELP- bajo el título Clínica del Lazo Familiar y de sus Nuevas Formas.

Los excelentes trabajos desarrollados tanto en las plenarias, como en las salas simultaneas, así como los presentados por los Analistas de la Escuela, -AE-, tuvieron un excelente colofón en la Conferencia de Eric Laurent titulada “El niño como real del delirio familiar”, y de la cual ofrecemos una amplia reseña que, a buen seguro, será tan orientadora como lo fue para todos los asistentes que allí nos encontrábamos.

Eric Laurent comenzó planteando la fractura que ha sufrido la familia tradicional a partir de lo que él mismo definió como la hipermodernidad, recordando el peso que tenía la familia como institución y evocando la importancia que le concedía Hegel, para el cual era la primera institución que articulaba la naturaleza y la sociedad civil.

A partir de aquí, dejamos la palabra a Eric Laurent.

La hipermodernidad interviene sobre la definición de la familia Aristotélico-Tomista modificando cada uno de los términos. La familia definida a partir del casamiento es algo que pertenece al siglo pasado. La familia actual incluye múltiples formas de unión de facto o de derecho. Estas familias que pueden ser monoparentales, homoparentales, hacen aparecer en la actualidad al casamiento como un lujo institucional. La prueba es que hoy sólo recurre a él, en Francia, no mas del 40% de la población.

Aquella familia se sostenía en el casamiento entre un hombre y una mujer; y hoy ¿quién sabe qué es exactamente un hombre o una mujer en una época de trastorno de género generalizado?… Por ejemplo, en el caso de las parejas unisex, ¿cómo estar seguro de que el otro es del mismo sexo? Esta es la pregunta queer, que plantea que la categoría de sexo está construida socialmente; por tanto, es un universal extraño y a partir de ahí ya nadie puede estar seguro de nada.

Igualmente para criar a los niños, ¿quién sabe hoy qué es la educación?, ¿quién sabe hoy lo que significa criar a un niño? Existen multitud de expertos que están en desacuerdo, y se proponen una burbuja de soluciones, -al estilo de la burbuja financiera-, que amenaza con estallar a cada rato, mostrando el desasosiego y la angustia profunda de la institución escolar en la que, en lugar de responder a lo que significa educar y transmitir un saber, sólo encontramos lamentaciones sobre lo imposible que es educar a los niños.

Así que los niños tampoco están concebidos dentro del casamiento, y muchos son concebidos con la ayuda de la ciencia, no sin que se acabe produciendo una especie de objetos con los cuales no se sabe bien qué hacer; me refiero a los embriones en serie producto de la experimentación.

Por tanto, la hipermodernidad opera sobre los términos de lo que antaño era la familia tal y como lo hace sobre otros sectores de la cultura, revelando el carácter ficcional de los lazos familiares y sociales. Es como el capitalismo, tiene una función de destrucción creadora: destruye la tradición y hace proliferar una nube de nuevas formas; y estas formas, como no están consolidadas por el tiempo, son lazos mucho más frágiles. Las normas, como las leyes están siempre mal hechas, y como en la actualidad no hay tiempo de darse cuenta de hasta qué punto están mal hechas, se vuelven obsoletas antes de poder consolidarse.

Nos encontramos aquí con una paradoja que constató nuestra colega María José Freiría en su ponencia, y es que, al mismo tiempo que se sofistican las ficciones, cada vez insiste más la nostalgia en el Derecho Natural. Para ella esto es una paradoja, ya que ¿cómo con esta proliferación ficcional no conseguimos dejar de lado esta creencia en lo natural de la institución familiar? Sin embargo, esto es una paradoja fundamental. Porque surge al mismo tiempo en el que la nube de ficciones, en sus incertidumbres mismas, ofrece un campo nuevo a las concepciones más o menos delirantes de los padres sobre lo qué quieren de un niño, y se puede ver bien cómo cumplen con su culpa al no estar a la altura de los ideales transmitidos por la tradición o, si no, por la televisión, por las historias que allí se cuentan; en definitiva, el storytelling general.

Lo convencional de las ficciones al mismo tiempo revela cada vez más el carácter de objeto real del niño, objeto pasionalmente deseado y rechazado al mismo tiempo. Es decir, lo que queda disfrazado, disimulado por la hipótesis institucional es que este niño como objeto de pasión es algo que obstaculiza, que hace objeción a la creencia en lo ficcional.
Vemos este doble movimiento en las dos grandes escuelas sociológicas sobre la evolución de las familias y que inspiran las leyes del amo. Para una de ellas, la familia ha dejado de ser una institución, y lo importante es el uso que la gente hace de esas ficciones: cuál es la más popular, la menos…, y esto llega hasta el derecho fiscal para considerar a cuál conviene subvencionar, etc. Así que considerar que la familia no es una institución, es considerar que es como la religión en la laicidad post-revolucionaria, es decir, que pertenece al registro privado.

Para la otra, que está cercana a la Iglesia, la familia se mantiene como una institución; y frente a la diversidad existente, incluso a la inexistencia del lazo familiar, entonces se decreta que cuando incluso no hay familia existe una. Y existe una a partir de una operación mágica que consiste en mantener la ficción de que es el hijo el que crea la familia. Ya al nacer, sólo por nacer, crea la familia. Esta ficción jurídica permite mantener la ficción religiosa adaptada a los descubrimientos de la ciencia, ya que gracias al código genético se puede asegurar que el niño va a tener su número de código, número calculable, y se puede afirmar que si no se encuentran los padres se podrán realizar los test que permitan definir la paternidad. En definitiva, una operación que reduce la filiación a una categoría burocrática.

Sin embargo, esta esperanza de encontrar un límite, una roca debajo del mundo de las ficciones tiene sus impasses, y el caso presentado por Guy Briole en la Plenaria de apertura lo demostró. Una vez que aparecen estas bodas soñadas entre la institución familiar y la ciencia surge la pregunta por la causa. Es decir, lejos de ser un límite, la genética abre al mundo nuevas ficciones, abre un imperio de historias, de storytelling. Además, nos hace entrar en el mundo encantado de la medicina predictiva: con el código genético uno puede soñar cuáles van a ser sus vidas posibles; qué riesgo tiene de contraer tal o cual enfermedad, cómo será la vida con un 70% de probabilidades de desencadenar un cáncer linfomático entre los 56 y los 62 años. ¿Cómo es una vida así?, ¿cómo soñarla? Hay toda una industria que ya está preparada para explicar lo que es vivir una vida así. Y vamos a tener manuales de cómo vivir la vida, educarnos a cómo vivir la vida debajo de estas ficciones que van a provocar una nueva desorientación en las ficciones jurídicas.

La cuestión es que la familia, frente a este mundo encantado, puede llegar a ser el lugar transitorial que permita calcular cuál es el riesgo al que ya estamos expuestos. En este sentido, la historia, la herencia -incluida la herencia genética-, va a ser sólo un momento transitorio. Con la exploración global del código genético, cada uno de nosotros vamos a poder calcular cuáles son los riesgos a los que estaremos expuestos. Es decir, la ciencia va a decir mucho más sobre nuestras herencias que lo que podrá hacer la familia.

Entraremos en un mundo en que habrá que detener la pasión de autogeneración de los sujetos que podrán volcar on-line su propio código genético ya descifrado para todos aquellos que les puedan ayudar a sostener la ficción de cómo vivir su vida bajo los riesgos a los cuales están expuestos; seguramente en el futuro en Face-Book estarán los códigos genéticos de cada uno de ellos. James Watson y Craig Venter ya han puesto en línea sus propios códigos y animan a constituir la secta de la gente apasionada por esto.

Ahora bien, sean las ficciones jurídicas, sean las ficciones científicas, todo ello nunca podrá dar cuenta del punto de real de lo que es el origen subjetivo de cada uno. O sea, la malformación del deseo del cual cada uno proviene; no la malformación genética, sino la malformación de lo que fue el encuentro fallido entre los deseos que a cada uno de nosotros nos propulsó al mundo.

En este fallo particular en el encuentro entre los sexos, -y no importa si son o no del mismo sexo-, y el deseo de niño, eso siempre será como el encuentro del paraguas y la máquina de coser sobre la mesa de disección… ¿Quién podrá saber de qué extrañeza del goce proviene? El origen mítico que sostiene las ficciones nunca dejará de interrogar este punto en el cual el origen no puede responder al misterio de quién soy yo, ni a la imposibilidad de ser causa de sí mismo…

El deseo de la madre, -especialmente destacado en la ponencia de Toni Vicens-, en su desciframiento tiene un límite: el niño nunca podrá descifrar este código extraño del cual proviene, revelándose entonces por lo que es: un obstáculo para la familia y sus ideales. De la misma manera que el Padre Ideal es el padre muerto, la familia ideal es una familia sin niños… Cuando el niño aparece, el círculo de familia explota, se fragmenta.

En la medida en que el padre o la madre no se fundamentan más que en un ideal delirante, ficcional o científico, revela cuál ha de ser la posición del analista y que no es otra que la de proteger a los niños de los delirios familiaristas, proteger a los niños de los “lazos familiares”, de sus nuevas formas, de las pasiones que las habitan; del infanticidio profundo que es el deseo de muerte escondido en el lazo familiar. En definitiva, la posición del analista ha de ser la de proteger al niño de los delirios familiaristas de sus padres.

La familia y el lazo familiar se sueña a sí misma como el lugar en el cual se podría operar la transmutación entre función y ficción. Este fue el sueño de Karl Abraham dentro del psicoanálisis. K. Abraham tenía una idea de la ficción del desarrollo del niño: el psicoanálisis consistía en llevar al niño de la mano, hacerlo pasar por los distintos estadios, -orales, anales, genitales-, para finalmente llegar al buen uso del órgano genital dentro de la ficción edípica. Y así, integrando la diversidad pulsional se obtenía una transmutación que permitía introducir al niño en una ficción consoladora, es decir, a un goce que tenía un nombre en tanto vinculado al falo. Esto aún se mantiene en algunas corrientes analíticas. Por ejemplo, cuando se trata al niño psicótico y se demuestra, después del tratamiento, que el niño ha elaborado una organización portadora de valencias edípicas que le permiten una cierta combinación de su organización pulsional que tiene un valor pseudoneurótico. Esta concepción de las cosas define más bien lo que es una psicoterapia. Lo dijo Lacan de una manera tajante: “Una psicoterapia consiste en hacer creer al sujeto en su padre”; lo que define el límite entre lo que es la orientación lacaniana, psicoanalítica como tal, de lo que es la psicoterapia. Y esta diferencia es esencial.

Sin embargo, a la luz de la organización sintomática, -que es distinta a la organización neo-edípica-, lo que organiza el mundo de las pulsiones, -más allá de la creencia en el semblante del padre-, es el síntoma. Esto es un paso más en el psicoanálisis planteado después de Freud por los alumnos de K. Abraham, como Melanie Klein que, sin embargo, no lo siguió en su fascinación por la ficción paternal. Este paso fue articulado por Lacan en los años ’60, planteando que el niño, una vez que se va más allá del semblante paterno, se revela como un objeto como tal. Y es a partir del niño como objeto, y no sólo de la madre, que se puede reconfigurar la posición paternal. No a partir del nombre, -tal y como nos lo recordaba Toni Vicens-, sino a partir del lazo con este objeto.

Definir al padre como una función, tal y como lo formuló Lacan, es un paso decisivo, porque de una función no se puede definir el conjunto de los casos que abarcan dicha función. La función no es definida a partir de una esencia, o de sus caracteres como un concepto, sino que es definible por las realizaciones de las variables que constituyen su desarrollo. La función paternal no podemos conocerla sino a partir de los modelos que ella misma realiza. Si ser es ser el valor de una variable, ser un padre es ser uno de los modelos de realización, uno de los valores -a, b, c,…- de la función paternal. Y los padres, uno por uno, son las versiones de goce de esta función. Son padre-versiones, perversiones. Por tanto, no se trata del padre en tanto que nombre-semblante, sino que se trata del objeto a.

En nuestro campo analítico tenemos algo en común con la física cuántica en la que cada objeto se puede definir a partir de su velocidad o de su posición o, como en el caso de la luz, como onda o como corpúsculo. Así, de la misma manera podemos definir en nuestro campo un objeto a partir de su posición significante, o a partir de su posición de objeto.

Lacan nos proporcionó la definición de un padre a partir del objeto a con la fórmula de que: “Un padre no tiene derecho al respeto y al amor, mas que si dicho amor está perversamente orientado. Es decir, si hace de una mujer objeto a, causa de su deseo. Pero lo que una mujer acoja así no tiene nada que ver en la cuestión. De lo que ella se ocupa es de otros objetos a que son los hijos”. Esta frase es una trenza muy precisa. Según esto, ser un padre es haber tenido la perversión particular de atarse a los objetos a de una mujer. Es un lazo muy particular, muy social y deja abierto el hecho de que una mujer pueda ser, o no, aquella con la que el padre ha tenido los hijos. Esta es una formulación muy actual que conviene a las familias recompuestas.

Sin embargo hay un quiasma. Porque según la estructura del deseo masculino, el hombre se ata a los objetos a que causan su deseo. Por ejemplo, el fetichista tiene la perversión de atarse al falo que falta a la madre poniendo en juego un fetiche particular. Lacan también define al padre, en cierto modo, desde un fetichismo particular. No se trata de un objeto que no está en su lugar, sino de un objeto que una mujer ha producido. El niño es objeto a de la madre.

En cierto sentido, se puede hablar de un entrecruzamiento de la padreversión-perversión y de la perversión maternal que enlaza madre e hijo, y que tiene siempre un carácter de locura a dos. Como se ve en los casos que más llaman la atención, los de infanticidio, que fascinan por el enigma que representan, por la puesta en cuestión de todo ideal posible; fascinan y a la vez angustian. O también la disimulación de los embarazos tal y como ocurrió en Francia, que fascinaron porque mostraban bien cómo “el niño” puede llegar a generar ese tipo de pasiones que forman parte de esta locura particular que hace al lazo maternal.

Si un hombre se ocupa de los objetos a de una mujer, Lacan añade que, lo quiera o no, ocupará el lugar paternal, es decir, esto no tiene nada que ver con la voluntad. Y precisamente no tiene nada que ver con la voluntad de ser padre. Si el psicoanálisis puede proteger a los niños de los delirios familiares, se trata de aliviar especialmente a los hombres de sus delirios de paternidad. Del lado neurótico, para aliviarse de la carga de su deseo el sujeto neurótico quiere completarse al síntoma familiar: el de ser un buen padre de familia; imagina que esto le podría dar la llave imposible del deseo. Y también existen las variantes delirantes de esto, de las cuales trató Paloma Larena, con un caso muy llamativo: un delirio de paternidad de parte de un hombre que tiene consecuencias terribles para el hijo.

En este sentido, frente a la hipermodernidad y sus efectos, nos interesa sólo el punto en el que nosotros debemos orientarnos frente al enloquecimiento general. No dejarnos enloquecer por estos vértigos, y no reasegurarse en posiciones conservadoras del tipo, “¡Ah, que bueno que era el Edipo antes de 1910!”… Sí, ¡pero eso era en el siglo pasado!, cuando antes de la I Guerra Mundial aún se podía creer en el padre. De esta forma, hay que decir que la posición conservadora es un impasse total; y la fascinación por las utopías supuestamente progresistas, también.

Frente a estos dos escollos, que son nuestro Caribdis y Escila, es necesario navegar con la brújula que tiene en cuenta al reconfiguración de las familias a partir del objeto a. Y que nos permite separar todas las tentativas de reestablecer las creencias en el padre, -por ejemplo, bajo la fórmula actual de reestablecer la autoridad paternal, enseñar a los padres a tener autoridad, crear escuelas de padres para enseñarles el buen comportamiento…, etc-, todo esto no los va a aliviar de la culpa fundamental de existir.

Por tanto, nuestra brújula es el objeto a en tanto que anuda el goce y la culpa de existir. Analizando este lazo, con esta brújula fundamental podremos ayudar a nuestros hermanos… humanos.

Todos estamos embrollados en nuestro goce y estamos del mismo lado, tanto los analistas como los otros. Pero podemos tratar de transmitir esta brújula que con seguridad puede ser muy útil a muchos.

Transcripción: José Manuel Alvarez. Revisada y autorizada amablemente por el autor.

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