VERGÜENZA, CULPA Y RESPONSABILIDAD EN LA ÉPOCA DE LA FEMINIZACIÓN DEL MUNDO.
Isabel Alonso Martín

Mi reflexión parte de la escucha a sujetos, orientados por sus goces, con síntomas -como señalaba Miller en Comandatuba- que son síntomas de goce, que expresan que el goce no está donde debería estar. Nos acostumbramos a saber que en algunos síntomas del momento lo que está privilegiado es una práctica de goce, con el objeto a comandando, momento que se corresponde con una caída del ideal.

Nuestra época del Otro que no existe conlleva un rechazo y un cierre del inconsciente. De ese inconsciente formado “por un nudo entre lo imaginario, lo simbólico y lo real(1) donde el real apunta a la repetición del los Uno-solo. ¿Qué sucede con la vergüenza y la culpa? Sucede que estos síntomas no están enlazados a estos afectos. Son síntomas que no convocan al sentido y la brújula nos la señala Laurent siguiendo a Lacan: “Escrituras de la cadena rígidas en la que el nudo como soporte del sujeto se sostiene sola”(2) sin el anudamiento del Nombre del Padre.

Esta desconexión del Otro provoca que la vergüenza y la culpa dejen de estar presentes en algunos hablanteseres, al inicio del recorrido porque tanto una como la otra están vinculadas al Otro aunque sea de una manera diferente.

Podemos seguir a Miller en Nota sobre la Vergüenza (3). La vergüenza es un afecto primario de la relación del sujeto con el Otro, es un Otro anterior al Otro que juzga, es “Un Otro primordial que no juzga sino que ve o da a ver”. Es un afecto relacionado con el goce y resuena en lo más íntimo del sujeto.

Por su parte la culpa es el efecto sobre un sujeto de un Otro que juzga, de un Otro que protege los valores que el sujeto ha trasgredido. La culpa está relacionada con el Otro y es un efecto de la constitución subjetiva, siendo un índice del deseo.

En nuestra época se produce un eclipse de la mirada del Otro como portadora de vergüenza. Ese Otro que podía mirar se ha desvanecido, ya no provoca vergüenza, el Otro ha perdido esa función de juzgar y en cambio presentifica una mirada que también goza. Lo nombra como un trasvase de miradas, ya no es tanto la mirada del Otro que goza, sino el sujeto que goza mirando.

En el momento de la feminización del mundo lo que prevalece es que los modos de goce se aproximan a la estructura del Otro goce femenino, como ese goce sin límite, goce del Uno reducido al acontecimiento de cuerpo. Es el auge de un modo de goce ligado a la lógica del no-todo, ello implica que no hay una barrera, ligada a la prohibición, predomina la desorientación de los sujetos al no estar orientados por el falo, conllevando una cierta anulación de la castración.

Estas coordenadas favorecen la emergencia de estos síntomas que no son una respuesta a la ausencia de relación sexual sino que es la presencia de un goce mudo, autista, que no pasa por el Otro. Es un goce que no está ligado al inconsciente, son significantes Unos que no están en este inconsciente sino que insisten desde lo real en acto.

El analista, con su intervención debe tratar de incidir para recolocar ese goce, derivándolo hacia la particularidad del sujeto. Ahí sigue conservando toda su potencia lo que Lacan afirmó “De nuestra posición subjetiva siempre somos responsables”(4), responsabilidad que apunta al goce que entrevera los actos del hablanteser. Responsabilidad subjetiva como respuesta a lo real a partir del choque entre lalengua y el cuerpo.

Responsabilizarse supone hacerse cargo del modo de goce particular, singular y de sus consecuencias, empujar al hablanteser a establecer una ligazón, un lazo al Otro, al interrogarse acerca de su responsabilidad ligada al inconsciente, a los efectos de la lalengua sobre su cuerpo. ¿Cómo hacerlo? Desde nuestra responsabilidad ética como analistas.

Notas:
1 Laurent E. Hablar con el propio síntoma, hablar con el propio cuerpo. Argumento VI ENAPOL.
2 Ibid. Pag 2.
3 Miller JA., Nota sobre la Vergüenza, Freudiana Nº 39.
4 Lacan J., La Ciencia y la Verdad, Escritos II, X edición, Siglo XXI, 1984

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LENGUARAZ BUSCÓN
Antoni Vicens

“Yo, señora, soy del campo freudiano. Mi padre se llamó; no era natural siendo del pueblo del Otro. El Padre lo tenga en el cielo de los nombres. Fue, tal como todos dicen, de oficio castrador, aunque eran tan altos sus pensamientos, que se corría de que le llamasen así, diciendo que él era tundidor de topologías y sastre de goces. Decían que era de muy buena cepa, y, según él hablablaba, todo iba a Otra parte.”

El Buscón es el pícaro de una vida sin valor, que encuentra todo mal como efecto de lalengua, Witz que se disuelve en la mortificación de la pena: azotes, cárcel, ejecución capital. La pulsión, sin enmarcar, guía al pícaro. Ninguna culpa, dice un especialista; nihilismo, responde otro; escepticismo, replica un tercero; paganismo, encarece uno más; erasmismo, dice Bataillon (que sabe de qué habla). El más católico lee el nacimiento del mal en la literatura, floreceriente en Baudelaire y escrito por Bataille.

Nosotros leemos, en el chiste, la angustia: objeto sin cáscara. El goce: “Repartiéronlo todo y a don Diego dieron no sé qué güesos y alones, diciendo que ‘del cabrito el huesecito y del ave el aloncito’ y que el refrán lo decía. Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves.” Del hambre al hablablambre, el goce. Luego queda el decir donde resuena aún el imperativo “¡goza!” que se disolvió en el mismo gozar. No todo, claro, pues quedó el resto quevedesco, aún, todavía, encore, diciendo y cantando el chiste flotante que lo creó.

Para la culpa del pícaro, tomemos la lección quevedesca: que, en el fondo, el pecado no toca la culpa. En esta novela no hay culpa sino por virtud del escribano que la guarda (“no hay cosa que tanto crezca como culpa en poder de escribano”). O por virtud del “músico de culpas”, el pregonero que va clamando: “¡A esta mujer, por ladrona!”

Todo viene pues de haber estado en la cárcel: el pícaro es el hombre libre, libre de recaer en prisión; y, si lo hace, es culpable de haberse dejado atrapar. Pero sí, Quevedo, moralista, se disculpa en el último capítulo. Si no escribe más, dice, es por no dar a imitar vicios; si escribió es para avisar a los ignorantes. Con esta artimaña, en la que cayó el presbítero Peralta, censor, crea culpables después de haber gozado.

El Buscón, culminación del pícaro, es el héroe de la impunidad. Si a su padre Clemente Pablo lo hicieron “cuartos”, es decir, lo descuartizaron después de haberlo ahorcado, es porque no pagó nada, ni un ochavo. Si la madre, doña Aldonza, está presa de la Inquisición por bruja, esperando la muerte que le llegará antes de terminar la cuenta de los cuatrocientos azotes que recibirá, el hijo, don Pablos, la redime con una tierna expresión: “la prisioncilla de mama”.

Quevedo describe un mundo en el que todo se mueve en el terreno de la demanda, inmortal. Siguiendo los conceptos con los que Jacques-Alain Miller presentaba recientemente el Seminario VI de Jacques Lacan, El deseo y su interpretación, la pulsión es demanda sin objeto real, toda ella en el circuito del significante: nada natural por tanto, ni instintivo. Luego, Lacan introduce un objeto real para el fantasma, lo que sirve al sujeto para construir una defensa contra la Hilflosigkeit, el desamparo fundamental en el que nos deja la oscuridad del deseo del Otro.

El mundo quevedesco del Buscón aparece como el mapa de los circuitos de una pulsión que no quiere saber nada del fantasma. La vida no tiene objeto, parecería, ni ilusión. El goce no parece hacer deseo. Don Pablos se fuga echando la llave por la gatera, sin pagar. Leemos un mundo cruel, extremo del mal; pero sólo hasta que encontramos el objeto real: el brutal ingenio lingüístico del chiste quevedesco. El Buscón se pierde; pero el escritor y el lector devienen Encontrón, criados creadores de lengua, lenguaraces descarados, fulleros del significado, escribidores de ingenios, agudos labradores de letra, descifradores de las cartas marcadas que van y vienen, analistas del goce que hace hablar. En lo crudo. Así nos advierte para concluir: “son infinitas las maulas que te callo.”

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EL SUPERYÓ, IMPERATIVO DE GOCE
Clara Bardón

Freud, en “El malestar en la civilización”, se pregunta por el origen de la moral, por el sentido del bien y del mal. Toma como punto de partida la búsqueda de la felicidad como meta de la vida humana: la ausencia de sufrimiento y experimentar sentimientos de placer. Pero investigando la cuestión de la felicidad se encuentra con el tema la pulsión de muerte, vinculada al de la culpa.

Plantea el superyó al servicio de la cultura, como tapón de la agresividad en las relaciones sociales en tanto es la instancia que exige la renuncia al goce. Pero la pulsión agresiva, originariamente dirigida hacia el exterior, vuelve sobre el sujeto bajo la forma de sentimiento de culpabilidad y necesidad de castigo. Lo que interviene en esta inversión de la pulsión es el desvalimiento original del sujeto y la necesidad del amor del Otro parental que le impone la renuncia y constituye la base de la moral. La identificación simbólica – introyección en términos de Freud- de dicha instancia parental constituye el superyó. Pero ante el superyó, siempre se es culpable. No es suficiente con haber renunciado al goce pulsional pues el deseo permanece. Esta es la gran paradoja de la moral. Cuanto más virtuoso es un sujeto, más cosas tiene que reprocharse porque el superyó se alimenta de esa renuncia y el goce pulsional cobra la forma de dolor moral e infelicidad.

Lacan, a partir de la elaboración freudiana, añade al superyó los calificativos de obsceno y feroz, en tanto no solamente inhibe el goce, también exige: ¡goza! Por ello, y especialmente a partir del Seminario de La Ética, pondrá el acento en la categoría de goce, que incluye las satisfacciones del principio del placer pero también la satisfacción en el dolor. “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo” es un texto fundamental donde Lacan extrae la cuestión del falo y la castración de su dimensión imaginaria para mostrarnos que están en juego, además, lo simbólico y lo real: la castración como renuncia al goce y el falo en su valor tanto como símbolo del goce como de la castración.

El goce está prohibido al ser hablante, “no puede decirse sino entre líneas para quienquiera que sea sujeto de la Ley, puesto que la ley se funda en esa prohibición misma”. Es la condición para que opere la función paterna. En su párrafo final opone goce y deseo mediante el cual se puede alcanzar una recuperación de goce: “La castración quiere decir que es preciso que el goce sea rechazado para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la Ley del deseo”.

En el seminario de La Etica, Lacan identifica el principio del placer con lo simbólico, en oposición a das Ding que es el lugar del goce como invariable, más allá de la articulación del lenguaje, con el que debe mantenerse cierta distancia. La ley moral viene a ocupar ese lugar sustituyéndose a esa realidad muda, ese real, que es das Ding. El enunciado del imperativo categórico kantiano “obra de tal modo que la máxima de tu acción pueda valer como principio de una legislación universal”, viene a ese lugar y hace, retroactivamente, repercutir en lo simbólico la instancia de lo real. Es una ética del bien, sujeta a las leyes del principio del placer, donde el dolor haría de límite.

Pero Lacan lee a Kant con Sade -cuya obra La filosofía en el tocador se publica ocho años después de Crítica de la razón práctica– que preconiza “la felicidad en el mal”. Sade propone su regla universal consistente en el derecho a gozar del cuerpo del otro sin ningún límite, proponiendo la destrucción en el mundo y en los cuerpos. El deseo no está regido aquí por el principio del placer sino que es voluntad de goce más allá del amor a la vida.

La indicación de Lacan al final de este seminario “lo único de lo que uno es culpable es de haber cedido en su deseo” señala una vía de ruptura de este circuito pulsional de la renuncia que deja atrapado al sujeto en la exigencia siempre mayor del superyó. Se trata de encontrarle una forma humana, vivible, a ese goce, saliendo del circuito de la culpabilidad de la repetición para tomar la vía de la responsabilidad de la elección, consintiendo al deseo de ese resto no eliminable que constituye el núcleo real del síntoma.

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