El pasado lunes 23 de septiembre tuvo lugar la tercera de las conferencias del ciclo Vigencia del psicoanálisis en el siglo XXI*, dictada por el psicoanalista Alberto Estévez. El conferenciante fue presentado por Gustavo Dessal, uno de los organizadores del espacio, junto con Amanda Goya, ambos son psicoanalistas de la ELP y de la AMP.

Alberto Estévez comenzó la conferencia dando cuenta de algunos actos fallidos, simpáticos unos, absurdos otros, pero probablemente comprometedores todos. Además de contar uno propio, destacó, por su comicidad, el cometido por un presidente peruano, de profesión militar que en uno de sus discursos pretendía decir: “Soy miembro del viril ejército peruano”. Pero dijo: “Soy el miembro viril del ejército peruano”.

De los actos fallidos destacó su importancia para entender el psiquismo humano, así como su universalidad, en el sentido de que todos tenemos experiencia de ellos, aunque la trascendencia de los mismos es variable. Porque el problema no es tanto su existencia universal, sino el valor que cada uno le otorga, pues no son acogidos de igual manera por todas las disciplinas. En este sentido, estableció una diferencia radical entre la posición del psicoanálisis y la de la psicología, pues mientras esta disciplina prácticamente los desprecia, el psicoanálisis, por el contrario, los considera auténticos actos psíquicos. Es lo que justifica el mismo título de su conferencia: Los actos fallidos hablan.

En su estatuto de universalidad, los actos fallidos requerían una definición que diese cuenta de su especificidad. Ellos serían el resultado de una oposición entre dos intenciones, de las que solo una es consciente. Por ejemplo, en el lapsus-linguae observaríamos que la intención consciente consistiría en decir una palabra dentro de una frase, pero se pronuncia otra en su lugar, y ello como resultado de la interferencia que produce la segunda intención inconsciente, perturbadora, y que acaba imponiéndose.

Se pasó, a continuación, a enumerar los distintos tipos de actos fallidos: lapsus-linguae, lapsus de escritura y de lectura, los lapsus en la escucha, los olvidos, la pérdida de objetos, etc. Pero a pesar de su nominación como fallidos, en realidad se trata en ellos de la interferencia exitosa y fulgurante de una tendencia inconsciente que hace surgir un sentido nuevo. Esto implica, en el sujeto, la solicitud de asunción de una responsabilidad, en el sentido de que su acto tiene valor de un mensaje cuyo contenido es revelador de una verdad propia.

Aquí sitúa Alberto Estévez la relevancia del descubrimiento freudiano en relación a los actos fallidos, auténticos actos del sujeto en los que la verdad inconsciente toma la palabra para hablarnos, al igual que toma el cuerpo para expresarse a través de los síntomas. Es decir, los actos fallidos son formaciones del inconsciente, pero también son las vías que el inconsciente utiliza para hablarnos. Motivo en el que el conferenciante encuentra una nueva justificación para el título de la conferencia: Los actos fallidos hablan.

Es decir, el inconsciente hablaría a través de sus formaciones, pero es necesario que alguien lo escuche para ser descubierto en su decir. Es evidente que la primera escucha privilegiada fue ejercida por Sigmund Freud. A partir de ella, el psicoanálisis, en su práctica, permitiría hacer legible al inconsciente, posibilitando la extracción de un saber inédito, en tanto ignorado por el sujeto. Un saber que, por otra parte, desafía el reino absolutista de la conciencia.

La pregunta surge de inmediato: ¿Es correcto decir que tales actos son fallidos? Alberto Estévez subrayó la tesis freudiana de que estos actos, en realidad, no son fallidos, sino totalmente correctos. Tesis corroborada por Lacan cuando plantea: todo acto fallido es un discurso logrado, incluso bastante bellamente construido.

En la explicación de esta tesis evocó a Sigmund Freud para entender lo que está en juego en los actos fallidos. Se trataría de sustituir el término sentido por el de intención, o tendencia. Operación que conllevaría, en sí mismo, una advertencia, la de no tratar de comprender demasiado pronto. La tendencia tendría que ver con el empuje de una verdad reprimida y que no puede ser revelada de inmediato, pero que el acto fallido pone en primer plano. Es la tendencia a manifestarse de una verdad incómoda para el sujeto.

El segundo porqué de la sustitución de la palabra sentido por la de tendencia, tendría que ver con eliminar la palabra casualidad en el surgimiento del acto fallido, pues en lugar de ser fruto de ella, estos actos surgirían como importantes actos psíquicos que deben su génesis, como ya quedó explicado, a la oposición de dos intenciones distintas, una primera consciente, y una segunda perturbadora, de naturaleza inconsciente.

También escuchamos una precisa distinción entre el acto fallido y esos actos que realizamos cotidianamente, en los que no interviene ni el pensamiento ni la intención, como tararear una canción, hacer ritmos, juguetear con un bolígrafo, etc. Para la diferenciación, Alberto Estévez incidió en la necesidad de recurrir a la definición del acto fallido, basada en la interferencia de dos intenciones. Son actos que, aunque encierren determinadas emociones y posean en sí mismo un sentido, y fuesen considerados por Freud como actos psíquicos completos, en ellos no aparece esa contraposición de tendencias que encontramos en los actos fallidos.

Una de las conclusiones a las que llegó el desarrollo de la conferencia tuvo que ver con el cuestionamiento del Yo y de la conciencia como amos de la subjetividad. Este poder no sería más que un espejismo, a la luz del estudio de los actos fallidos que Alberto Estévez realizó. Pues si bien la represión de los deseos inconscientes parte del poder del Yo, finalmente la idea reprimida emerge. Ahí se acabaría el poder del Yo, desbordado por algo que lo excede. Es decir, la segunda intención, que es la de la verdad inconsciente, alcanza a manifestarse a través del lapsus. Es más, Estévez recordó lo tajante que era Freud al respecto, cuando plantea que si intentamos suprimir la intención de decir algo, si tratamos de evitar que algo no se nos escape, estamos creando la condición indispensable de la equivocación oral.

Pero este cuestionamiento del poder del Yo y de la conciencia tuvo otra vertiente digna de consideración por parte del conferenciante. Tomó el término satisfacción en el plano del inconsciente. Aclaró que el concepto de satisfacción no lleva necesariamente a la consecución de placer, sino que está relacionada con su aspecto de culminación, lo cual muchas veces nada tiene que ver con el placer y sí mucho con el displacer en el Yo. Por tanto, satisfacción como algo que se cumple, un logro con características peculiares, pues tiene que ver con la verdad. El sujeto, bajo la égida del Yo, permanece ignorante de ese logro, en el sentido de que la satisfacción, presente en la palabra, es la herramienta que catapulta a la verdad por encima de las murallas que el Yo ha levantado en aras de su tranquilidad, haciendo que irrumpa dicha verdad de manera inesperada.

En el siguiente paso, Alberto Estévez insistió para ilustrar más, si cabe, esta destitución del Yo como amo del sujeto y situar su debilidad y cobardía. Evocó la creencia ciega de los seres humanos en el poder de su Yo y su conciencia, a la vez que evocó la reticencia y extrema desconfianza que proyectan hacia el psicoanálisis. El motivo no sería otro que el hecho de que las diferentes formaciones del inconsciente, en su emergencia, solicitan del sujeto una responsabilidad subjetiva en relación a la verdad que en ellas se manifiesta. No querer saber de esa responsabilidad no sería otra cosa que lo que Lacan denominó pasión por la ignorancia. El Yo y la conciencia aparecerían aquí en su debilidad, en su cobardía, en su no aceptación de la verdad del sujeto. Lo cual no tiene una fácil salida, pues desapasionarse de la ignorancia implicaría disolver también la identidad, la consistencia, la unidad engañosa que el Yo proporciona.

Es el inconsciente, por tanto, quien proporciona malas noticias al Yo. La verdad del inconsciente, a través de sus formaciones, siempre entra por debajo de la puerta mostrándole al Yo su inconsistencia y conmoviendo su tranquila posada. Un inconsciente hecho nada más que de palabras que juegan solas, sin que el Yo acierte a reconocerse en su juego. Ésta, según Alberto Estévez, es la sorpresa que acompaña a las formaciones del inconsciente, sorpresa que apunta a la fragilidad, a la inconsistencia y que también podemos intentar expresar en su forma básica con un “Yo no soy”.

No podía faltar la mención a las Lecciones Introductorias al Psicoanálisis, de Sigmund Freud, el trabajo que en ellas realiza sobre los actos fallidos, abriendo el campo de los fenómenos psíquicos a horizontes más amplios de los que podía concebir la psicología. No querer aceptar que la tierra no era el centro del universo viene a ser similar a no aceptar que la conciencia no es el centro de nuestra psique. La Psicología sin embargo no renuncia a la idea de una totalidad de la conciencia que lo abarca todo sin dar lugar a ningún tipo de sombra. Esta utopía totalitarista la vemos hoy reflejada en las terapias cognitivo-conductuales…, el despliegue de un catálogo de normas y límites para tratar lo que no funciona; el que padece el malestar ha de hacer acopio de voluntad, y si pese a todo no se le somete, porque de eso se trata, de someter al sujeto haciendo desaparecer su síntoma, nos queda la ráfaga de la culpa que es un arma muy antigua y en ocasiones bastante eficaz.

Para terminar, Alberto Estévez hizo alusión al amor al detalle, imprescindible para entender el acto fallido, algo no solo defendido por los psicoanalistas sino también por los grandes de la literatura como Nabokov. Él decía a sus alumnos: Acaricien los detalles, los divinos detalles. Esta sería la propuesta que preside la misma práctica psicoanalítica en todo su recorrido, y en el afán de toparse con la singularidad del sujeto.

En el debate surgió la cuestión de la creencia, ineludible en el psicoanálisis, así como en las disciplinas científicas. Tiene un valor fundamental. En el psicoanálisis, y respecto al inconsciente, éste es indudable que existe, pero ha de haber una cierta disposición para que sea operativo, lo cual lleva a Lacan a decir que hay que creer que el síntoma tiene algo que decir, lo cual se puede aplicar a todas las formaciones del inconsciente. La creencia no sólo es una cuestión religiosa, también es inmanente al espíritu científico. Se necesita un cierto acto de fe a partir del cual puede dar comienzo una ciencia. Sin el acto de fe de Galileo, sin su creencia de que la naturaleza se escribe en lenguaje matemático -postulado previo a toda demostración- no habría habido lugar para la ciencia.

Otra de las cuestiones que centró el debate tuvo que ver con el accidente ferroviario ocurrido el pasado mes de julio en Galicia. Se debatió acerca de si podía considerarse o no como un acto fallido, para lo cual no hubo una respuesta concreta, aunque sí se analizaron las primeras palabras que pronunció el maquinista después de ser rescatado de la cabina, palabras que, por ser primeras, tienen su importancia en la dilucidación de la verdad. Pero el análisis, obviamente, no pudo llegar a ninguna conclusión, pues para ello sería necesario contar con el sujeto principal, y víctima también del suceso.

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*Responsables del espacio del NUCEP: Amanda Goya y Gustavo Dessal.

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