Dormir no es tan fácil como parece. El número de clínicas del sueño lo atestigua. En 1900, Freud descubrió que el sueño era una ficción en la que se cifra el deseo del sujeto y que, más fundamentalmente, la función del sueño es asegurar el dormir. Era una formulación sorprendente. “¿Cómo?” –puede decir nuestro interlocutor– “¿el deseo humano es deseo de dormir? ¡Qué descubrimiento! De ser así, mejor vayámonos todos a dormir”. Pero, dormir es una actividad compleja: lo saben bien los insomnes, los sonámbulos y quienes, angustiados ven su descanso asaltado por terribles pesadillas. Las pesadillas pueden expresar un miedo casi mortal, con sensaciones de opresión que dificultan la respiración y, llegado el caso, con la convicción de una completa parálisis. Todo indica que el camino de la representación normal del sueño puede verse trabado por alguna razón.

Sabemos que el sistema de expresión que es el sueño posee sus propias leyes (Freud, La interpretación de los sueños, 1900). Exige que todas las significaciones, hasta las ideas más abstractas, se expresen por medio de imágenes. El lenguaje, las palabras, no constituyen, según Freud, una excepción a este respecto; se encuentran en el sueño como elementos significantes y no por el sentido que poseen en el lenguaje verbal. Esta condición comporta dos consecuencias: conduce a seleccionar, entre las diversas ramificaciones de las ideas esenciales del sueño, aquella que permite una representación visual (Darstellbarkeit). Esta sería una condición que no parece cumplirse en la pesadilla.

Cuando, en 1931, el psicoanalista británico Ernest Jones publica su estudio sobre la pesadilla (On Nightmare, 1931), muestra que lo correlativo a la pesadilla es el íncubo o el súcubo, es decir, aquel ser que te oprime el pecho con todo su peso opaco de goce extranjero. En este magistral ensayo nos encontramos con la lámina del cuadro de Johann Heinrich Füssli titulado “Pesadilla”, donde se ve una muchacha que se despierta aterrada al ver que sobre su vientre se ha acostado un pequeño monstruo negro. La pesadilla es experimentada como presencia de un Otro inquietante, ilustrada por la figura del íncubo, ese ser maligno que hace sentir todo su extraño peso de goce que nos aplasta. La pesadilla indica pues que la angustia se presenta como un desbordamiento de lo imaginario en lo real del cuerpo.

Jorge Luis Borges, que conocía el libro de Jones, evocaría este mismo cuadro para referirse a una de sus pesadillas más recurrentes: «Siempre sueño con laberintos o con espejos. En el sueño del espejo aparece otra visión, otro temor de mis noches que es la idea de las máscaras. Siempre las máscaras me dieron miedo. Sin duda sentí en mi infancia que si alguien usaba una máscara estaba ocultando algo horrible. A veces me veo reflejado en el espejo, pero me veo reflejado como una máscara. Tengo miedo de arrancar la máscara porque tengo miedo de ver mi verdadero rostro, que imagino atroz” (Las siete noches, 1980).

A su manera, Borges nombra la máscara como la envoltura del real que acompaña las actividades del sujeto. Es la razón por la cual, en una sesión de su Seminario dedicado a La angustia (el 12 de diciembre de 1962), Lacan subraya que “la angustia de la pesadilla es experimentada, hablando con propiedad, como la del goce del Otro». La expresión goce del Otro adquiere todo su valor, indicando que la pesadilla pone en juego un goce oscuro que no se presenta en forma de lenguaje: de él no se puede decir nada, es opaco, impensable e innombrable.

Pero que una cosa no se pueda pensar o nombrar no implica que no pueda ser experimentada. Hay existencias que no tienen nombre, ni representación significante y no por eso son menos reales. Igual que la angustia, la pesadilla es un acontecimiento corporal que hace presente lo indecible, aquello que de lo humano es inhumano y escapa a la solidaridad con la palabra. La pesadilla pone en juego un goce opaco, desconocido y, por ello mismo, sumamente desagradable para el soñante, al hundir sus raíces en un punto límite que Freud llamó “el ombligo del sueño”, punto que nos conecta con lo no reconocido (Unerkannt) y no reconocible.

Tanto las afirmaciones de Borges como las de Lacan tienen un denominador común: la pesadilla y los sueños de angustia nos ponen frente a esa opacidad del goce Otro que, en su despliegue, nos visita. Por todo ello, en cada despertar de la pesadilla, de algún modo sobrevivimos a esa vivencia tan próxima a la muerte y la locura.

Si por su funcionamiento y modalidad de representación el sueño debe generar satisfacción, la pesadilla sería el fracaso del deseo del sueño, deseo de dormir. En suma, si el sueño es una satisfacción obtenida por medio de representaciones de palabras, la pesadilla encarna el fracaso de la figuración del deseo inconsciente del soñante. La pesadilla es un sueño coartado en su finalidad.

Finalmente, las pesadillas nos confrontan con una cuestión central en nuestra experiencia como seres hablantes: ¿qué hace que eso que los sueños nos susurran pueda llegar a despertar algo que toca la belleza del sueño de un modo a veces atroz y punzante? En verdad, las pesadillas se ven seguidas por un sobresaltado despertar, quedando interrumpido nuestro reposo antes de que el deseo reprimido del sueño haya alcanzado, en contra de la censura, su completa realización. En estos casos, el sueño no ha podido cumplir su función, pero ello no modifica en nada su peculiar naturaleza.

Como señalamos más arriba, el sueño es como un vigilante nocturno encargado de proteger nuestro reposo contra posibles perturbaciones. Pero también los vigilantes despiertan al vecindario cuando se sienten demasiado débiles para alejar sin ayuda ninguna la perturbación o el peligro. No obstante, conseguimos muchas veces continuar durmiendo aún en el momento en que el sueño comienza a hacerse sospechoso y amenaza convertirse en pesadilla. En tales casos, solemos decirnos, sin dejar de dormir: «No es más que un sueño», y proseguimos nuestro reposo.

* From: La Vanguardia, Suplemento Culturas/s, nº566, 24 de abril de 2013, p. 4.

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