La evaluación se ha convertido hoy en el modo como dotar de garantía -esa es la pretensión- al objeto que está en juego en las relaciones entre los seres humanos. Nada escapa a lo que ha venido a llamarse el «discurso de la evaluación». Cualquier producto que pretenda hacerse entrar en el mercado debe pasar por un estricto control de calidad que lo valide para ser comercializado. Se convierte, así, en el producto de su propia evaluación.

Hemos asistido en pocas décadas, por ejemplo, a la desaparición de muchos alimentos primarios, pues para considerarlos como tal, como alimentos de consumo, deben pasar por sistemas de estrictos control de calidad en los que se les aplican las modificaciones correspondientes hasta convertirlos en otra cosa, comercializables, pero otra cosa.

La conocida ISO (International Organization for Standardization) es una organización no-gubernamental establecida en 1947, que tiene como misión la promoción de estándares internacionales relativos a bienes y servicios. Se ha convertido en la referencia mundial que dicta los procedimientos necesarios para que algo pueda cobrar, después de su proceso de control de calidad, el estatuto de objeto, y pueda circular como tal por el mundo.

Podría pensarse que las razones de una modificación tal de los procesos de producción responden únicamente al perfeccionamiento de lo que conocieron los siglos XVIII y XIX como la industrialización. Sin embargo, lo que se nos presentan hoy como las razones más poderosas que subyacen en la modificación del estatuto de objeto es lo que impone hoy el discurso capitalista, el capitalismo avanzado como han resuelto en llamar otros.

El «discurso de la evaluación» es, entonces, el siervo del discurso del capitalismo, pues los procesos del primero consisten en producir objetos de consumo válidos para el segundo. Se trata de que todo objeto que sirva para el consumo entre en el mercado después de haberse evaluado las condiciones que permitan gozar al sujeto de ese objeto. Es lo que a Jacques Lacan le llevó a hablar del Capitalismo como de un discurso, el quinto si lo añadimos a los cuatro discursos con los que había ordenado los funcionamientos del lazo social(1).

En el año 1975, Lacan anticipó la lógica de lo que vemos hoy en el capitalismo llegar a su máxima expresión: “el capitalismo va demasiado rápido, se consume, se consuma tan bien que termina por consumirse” (Lacan, 1992, p. 28). En efecto, en el propio funcionamiento voraz del objeto, del que el sujeto extraería el goce que le falta, el capitalismo se consume a sí mismo pero el sujeto también. El discurso capitalista lleva en su propia estructura los cuatro términos y las cuatro posiciones en las que el sujeto entra en el discurso como objeto del otro.

Lacan se refiere a la angustia del sujeto como bien preciado, pues es un afecto, entre los otros, que no engaña. Cuando el capitalismo se sirve de esa angustia para prometerle al sujeto el objeto que lo colmará, lo está situando en posición de objeto, pues sus elecciones, sus preferencias, están sometidas a la lógica del discurso que necesita de él su angustia, su división. No podía hacerse esperar, entonces, que la evaluación entrase en el campo de la política, convirtiéndola en la «política de las cosas», expresión de Jean-Claude Milner con la que ha titulado uno de sus últimos libros (Milner, 2011).

Si los mecanismos de evaluación permiten medir y controlar lo que a un objeto lo convierte en cosa, ¿por qué no hacerlo con el ser humano, de quien su variabilidad es la gran amenaza de cualquier orden establecido? Se trata entonces de convertir al individuo contemporáneo, al ciudadano, al empleado o al usuario, en cosa, gracias al control y la evaluación eficaces de las variables implicadas en cada contexto.

Hace algunos años tuvo lugar en París un interesante diálogo entre Jean-Claude Milner y Jacques-Alain Miller, en el marco del Curso «La Orientación lacaniana» que este último, psicoanalista y responsable del establecimiento de los Seminarios y Textos de Jacques Lacan, dicta anualmente en la Universidad París- VIII. El aggiornamiento de la teoría y práctica psicoanalíticas, que Jacques-Alain Millar lleva a cabo en su curso, es fiel a la propuesta de Lacan sobre la promesa del psicoanálisis: introducir algo nuevo aunque sea por medio de la interpretación de los falsos semblantes con los que la civilización, en cada momento histórico, esconde su malestar. La clínica del sujeto, que la escucha del psicoanalista privilegia, no va por tanto sin la clínica de la civilización, y ahí, al psicoanálisis, le corresponde desvelar esos impasses. Es por esta razón que Miller invitó a sus clases al que es considerado hoy uno de los lingüistas más importantes en Francia, y que formó parte de la intelectualidad francesa de los años sesenta y setenta con los que Lacan nutría sus intercambios.

Las conversaciones entre Miller y Milner, que tuvieron lugar durante las clases del 3 y 10 de diciembre de 2003, fueron publicadas primero en francés y, hace muy poco, en 2004, en castellano. El título ¿Desea usted ser evaluado?, condensa en sí mismo la interpretación con la que el psicoanálisis lacaniano señala el cambio radical producido en las formas del vínculo social; o, dicho más precisamente, el modo en cómo ha sido substituido el ya antiguo contrato social.

Los problemas con los que la sociedad se encuentra hoy son planteados al político a la espera de una solución. Es este el nuevo paradigma de las relaciones entre la política y la sociedad. Y esta solución es planteada por la política y esperada por los sujetos contemporáneos en términos de evaluación. Lo que hemos llamado al inicio el «discurso de la evaluación» es en realidad una nueva configuración del vínculo entre los seres humanos que pretende referirse lo más posible a la medida y a lo calculable. Milner presenta la evaluación como un sistema de creencia que constituye el alpha y el omega de la solución que se propondrá a todo problema planteado. Lo que en otra época funcionaba como un tercero, el gran Otro, la ley, ha sido borrado en beneficio del estadio del espejo que confronta a la soledad de un individuo frente a otro. Solo cuenta lo que ha sido expresamente estipulado por las partes firmantes del contrato. Ya no estamos en el régimen de la ley sino en la emergencia de un contrato, en el que lo que no expresamente dicho no cuenta para nada. Así, la evaluación emerge como un fenómeno de civilización que eleva ese contrato al elemento garante del vínculo entre los seres humanos: “la evaluación es un procedimiento pesado. Esta pesadez surge de la lógica del contrato, no de la lógica de la ley” (Miller y Milner, 2004, p. 27), dice Miller en la primera de las conversaciones.

Ningún sujeto es hoy ajeno a los procesos de evaluación. Las grandes empresas gestionan desde Recursos Humanos la implicación de sus empleados en los procesos de producción, pero no solo eso, controlan desde los procesos de selección de personal; o desde la formación que les brindan después, sus capacidades, sus motivaciones y toda una serie de variables que correspondían, hasta hace poco, a la intimidad de cada sujeto. La evaluación de los procesos lleva incluso a la paradoja de aplicar los mismos métodos para medir las variables de los productos que fabrica una multinacional, por ejemplo, que para evaluar las empresas de servicios en salud mental.

Pero tampoco el ámbito universitario ha podido frenar la conquista del discurso de la evaluación en el corazón de lo que fuera su objeto más preciado: el saber. El conocido Proceso de Bolonia ha arrancado el saber de lo que se sostenía en un vínculo de transmisión -lo que Freud reconoció pronto como el amor de transferencia- y ha confrontado a la comunidad universitaria a la lógica empresarial más mortífera. Nos encontramos ante el rasero que la evaluación necesita aplicar a todo aquello susceptible de ser evaluado. Y es el individuo mismo quien consintiéndolo, o sin saberlo, “acepta que su capacidad evaluadora sea a su vez evaluada en el marco de un nuevo contrato”. Miller explica, así, la seducción que el discurso actual de la ciencia ejerce sobre la evaluación además de lo sibilino de su procedimiento:

“Los evaluadores se presentan en nombre de la ciencia […] es una iniciación y se transmite como una iniciación. Se puede ver como aquello que tienta a la gente, en el sentido de la tentación, de prestarse a la evaluación, diciendo: Una vez que usted será acreditado-evaluado, podrá evaluar a otros. El contenido mismo de la evaluación, de la operación evaluadora, se escapa. Es un cuestionario, entrevistas, este tipo de cosas. Lo más importante es que el otro haya consentido a la evaluación. Consentir a ser evaluado es mucho más importante que la operación de evaluación en sí misma. Digamos incluso: la operación es la de obtener su consentimiento a la operación (Miller y Milner, 2007, p. 31).

Lo que el procedimiento revela es su propia perversión en la que lo que se está realmente el juego es la obtención del consentimiento ciego del sujeto, que “hace pasar a un ser de su estado de ser único al estado de uno-entre-otros. Es lo que el sujeto gana, o pierde, en la operación: él acepta ser comparado, se vuelve comparable, accede al estado estadístico” (Miller y Milner, 2007, p. 31).

Si el psicoanálisis de Jacques Lacan tiene una función en este siglo es justamente preservar lo que la evaluación sacrifica en su proceso, esto es lo más singular de cada sujeto, que no puede ser asumido por ninguna lógica de grupo. El psicoanálisis lacaniano se erige así en un discurso opuesto a la lógica de la evaluación. Si pudiéramos referirnos a algún tipo de evaluación surgida del vínculo asimétrico entre el analizante y el analista, hablaríamos de la evaluación a la que cada sujeto puede acceder desde el corazón de su experiencia psicoanalítica. De ella, el sujeto podrá sopesar los efectos de su propia palabra en el malestar que lo condujo al analista y la reorientación sobre su propio deseo que este encuentro pudo haber producido. Entonces, la pregunta lanzada por este libro contendrá en sí misma su propia respuesta: ¿Desea usted ser evaluado… o analizarse?

Notas:
1-. Para seguir la construcción de los cuatro discursos, ver Lacan, 1992.
______________

Referencias:
-. Lacan, Jacques (1992). Seminario XI. El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Ed. Paidós
-. Lacan, Jacques (1992). El Seminario. Libro XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós
-. Milner, Jean-Claude (1997). La política de las cosas. Málaga: Miguel Gómez Editores
-. Miller, Jacques-Alain y Milner, Jean-Claude (2004) ¿Desea usted ser evaluado? Málaga: Miguel Gómez Editores

From: http://psicologiasocial.uab.es/athenea/index.php/atheneaDigital/article/view/-1170-Ruiz

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