Este texto fue publicado en La Vanguardia “El Diván” el día 31 de enero de 2020 con la revisión actualizada del autor para el Blog de la ELP.

 

Estamos en medio de una gran tormenta. No la ha desatado una depresión térmica, todo lo contrario. ¡Qué calentón! Los unos dicen que los hijos son suyos y hacen responder a los otros que del Estado. Y los otros dicen de sus ideas.

En el mundo de antes de ayer los hijos parecían serlo de Dios. En el mundo de ayer, para los ilustrados, estaba claro que lo eran de los ideales de la razón. ¿Y en el mundo de hoy? ¿Saben que la respuesta no es sencilla?

John Bowlby es un renombrado psicoanalista. Después de la Segunda Guerra Mundial recibió un encargo noble de la Organización Mundial de la Salud. La organización le pidió los primeros programas de protección de la infancia. La cruel guerra y la dura postguerra no dejaban ver el sol a muchos niños. La sombra alargada de la muerte los sobrevolaba. La negligencia, el maltrato, la orfandad, la miseria estaban omnipresentes. Bowlby era competente. Sabía que para llegar a la vida conviene apegarse a lo humano. Apegarse a aquellos que ayudan a vivir, a los que proponen un estilo de vida humano. Pero, ahí no acaba todo. Una vez apegados, los niños tienen por delante un tiempo para separarse y hacerse adultos. Un tiempo para dejar de ser de otros. Cosa, a veces, nada fácil.

Él y su amigo Donald Winnicott, el jefe de pediatría del gran Hospital Paddington de Londres, se encontraron con todo tipo de paradojas entre la vida y la muerte. Muchos niños habían sobrevivido a lo que psicopatólogos como Mark Dangerfield llaman experiencias relacionales adversas. Algunos no parecían hijos de la vida. Un destino obscuro y mortal los perseguía. No los soltaba.

¿Cómo tenemos estos asuntos hoy en día? La intrusión de la ciencia en la vida genera interrogantes inéditos. Solo hace unas décadas, un exiliado, Juan de Ajuriaguerra, hablaba de esto con autoridad. Ajuriaguerra, hermano del Lendakari y catedrático de paidopsiquiatría en Ginebra, nos enseñaba cómo los niños vienen al mundo agarrados a los ideales de los padres. Y eso producía síntomas, inhibiciones y angustias. ¿Y hoy en día?

Hoy en día los niños llegan al mundo acompañados por la ciencia. Llegan acompañados por un pack de técnicas para la reproducción, la crianza, el control.

Tantas apps y guías sanitarias han destronado, con éxito, a las abuelas, las tías y otros coprotagonistas humanos de antaño. Toca preguntarnos qué queda de aquello que era percibido como natural en esto de procrear, de criar, de educar. Las técnicas reproductivas, las aplicaciones videosonoras aplicadas a la crianza y los algoritmos digitales de control están presentes en la infancia desde antes de la procreación.

¿Los niños de hoy en día son hijos de la Ciencia? ¿Su sombra los sobrevuela? Algunas buenas preguntas de hoy en día nos las propone Eric Laurent, un estudioso de los temas de familia y malestar mental. Son preguntas del tipo ¿cómo se produce la filiación en el tiempo de la ciencia?, ¿cómo se identifica la identidad sexual o de género en el tiempo del ciberespacio?, ¿qué síntomas, inhibiciones y angustias genera este nuevo espíritu de los tiempos?

Y, sobre todo, ¿de qué o de quién se van a separar los niños y las niñas para convertirse en adultos?. La ciencia produce creencias y dominios nuevos. Acompañada de su brazo legal se ha introducido en la reproducción, en los cuidados, en la educación y en las políticas de parentalidad. Eso que antes era asunto de madres, siempre ciertas, y de supuestos padres protectores declina. La ciencia ha revuelto el patio de la casa, del colegio y de la comunidad.

Quizá unos y otros discuten de ideas para no enfrentar las novedades reales. Hay nuevas realidades que nos acercan a un mañana donde la vida se asocia de manera inédita a la ciencia. La ciencia ficción y series como Black Mirror con sus distopías digitales nos adelanta algunos capítulos. ¿Les suena?

Los hijos son hijos de su época, seguro, y, también, de la fortuna al llegar al mundo simbólico. Para eso siempre nos quedará una enseñanza rotunda de esos dos amigos de la postguerra británica, Bowlby y Winnicott. Los hijos, al hacerse humanos, inician una lucha para decidir su filiación a Eros o a Thanatos. Como dicen los poetas: se aprende a ser para la muerte viviendo. ¿A que no es tan fácil eso de decidir de quién son los hijos?

 

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