Conforme una cura avanza, los sueños, en su función, también se modifican, pero permanecen como instrumento privilegiado de lectura acerca del momento lógico que esa cura atraviesa, como una especie de ilustración bastante precisa de los distintos momentos subjetivos con relación al goce del analizante. No entenderíamos de esa mutación, que se suma a la ductilidad y evanescencia de los sueños, si no fuera por la tyché que irrumpe y fuerza un despertar a lo real, insoslayable para quien consienta a leerlo.

La amalgama de pulsión y significante que conocemos por el síntoma la encontramos en los sueños que entraman imaginariamente la escena del fantasma o su atravesamiento. También pueden revelar lo simbólico a través de sueños transferenciales. Algunos descubren o vaticinan caídas de identificaciones, otros empujan en la dirección de la castración o formalizan un síntoma. Mientras que, en lo real, los sueños de angustia son el paradigma del objeto pulsional que como no logra faltar, se hace demasiado presente. También vemos en las psicosis los significantes petrificados en lo real que no admiten ningún trabajo asociativo, pudiendo incluso a veces contribuir al aplacamiento de fenómenos elementales1.

Como se sabe, la actividad pulsional del sueño no sólo es placentera. Desamarrada de la imagen del cuerpo que la contiene en la vigilia, la pulsión puede imponerse a los mecanismos del sueño de la metáfora y metonimia, produciendo efectos de desplazamiento de la satisfacción al goce. Así lo relató recientemente Raquel Cors Ulloa en la presentación del libro ¿Con que sueñan los niños?: siendo niña, recurría a una fantasía antes de dormir que plasmaba insistentemente en el juego con su muñeca, fantasía que enmarcaba el trabajo del sueño, hasta que una noche se vio súbitamente interrumpida por un real: el maullido de un gato que evocaba el llanto de un bebé. Este hecho alteró de allí en adelante el placer lúdico, fue en esa zona fronteriza entre sueño y vigilia donde fue perturbada persistentemente su relación con la satisfacción, y no pudo percatarse de ello hasta comenzado su análisis.

Pienso que quizás es la otra vertiente del sueño, la del significante, la más proclive a la división subjetiva, porque produce el retorno, a veces insistente, de las distintas producciones que la pulsión silenciosa manipula.

Y puede suceder que no siempre se esté en análisis para que algunos sueños se abran a lo real. Otro caso de una AE, Marta Serra, lo ilustra en su neurosis infantil. Para ella, la instauración de un significante amo fue posible a partir de la solución que un sueño propuso. Tras un juego infantil con su padre que enmarcaba una escena de seducción, se vio tomada por terrores nocturnos con una penosa consecuencia, la angustiante percepción de que el propio cuerpo variaba con respecto al espacio que la rodeaba, o a la inversa, era el espacio el que variaba en torno a su cuerpo. El único enunciado escuchado, sin saber a ciencia cierta si provenía de su madre o de ella misma, decía: “tranquila, no pasa nada, hay jamones en el techo”2. El S1 -jamones- inauguraba una defensa para la irrupción del goce del cuerpo en una exterioridad al padre.

Faltaba que ese S1 fuera leído luego como tal, pero lo fundamental es que ese significante privilegiado comenzó a operar en ese momento de su infancia como captador de goce. Sólo por el trabajo posterior del análisis, pudo saber que las marañas de los S2 deponían ese S1 como letra.

Entonces, cabe la pregunta: ¿por qué algunos sueños escriben letra?

Miller indica en El Ser y el Uno que es a causa de la permanencia que el síntoma obliga a introducir su escritura. Y podemos leer en Lacan: “¿De qué otro modo lo real aparecería si no se escribiera?”3.

Sin duda el trabajo del sueño, en su vertiente de simbolización, se esfuerza en esa exigencia, pero no basta si queda sometido a la vía del fantasma porque éste fundamenta al síntoma. En cambio, la escritura del sueño hará borde de goce con la cadena simbólica. La letra que cae, convertida en receptáculo del goce, coagula, ofreciendo un sedimento de expresión reducida de goce que detendrá la proliferación de sentido.

De pronto, el sueño revela. Es casi del orden de la revelación cuando se experimenta de qué está hecho el equívoco de la lalengua en ese parlêtre. El sueño traerá a primer plano la condensación de marcas de goce que, habiendo estado diseminadas por la metáfora y metonimia, camuflaban y malentendían a los significantes.

El sueño-letra por un lado, entonces, señala directamente al troumatismo de la lalengua sobre el cuerpo. Valga el “trou”, el agujero, contenido en el neologismo que nos legó Lacan, para pensar el agujero real que parasita lo simbólico. Allí se constata lo innombrable de la muerte y de la sexualidad. En ese sentido, el goce indecible femenino es frecuente que pueda ofrecerse a la escritura mediante el sueño. Ha sido un hallazgo comprobar, en un testimonio de una AE4 correspondiente a la primera teoría de pase que se detenía en el atravesamiento del fantasma, cómo más allá de la travesía, el goce femenino continuó valiéndose del sueño para escribirse en el ultrapase, hasta esclarecer el S(A/).

Y, por otra parte, decía, estos sueños-letra mostrarán que, a partir de entonces, de las sucesivas escrituras que se obtengan del análisis mismo o de los sueños, y sólo si se consiente a esa contingencia, la gramática de la lalengua del parlêtre pasará a estar comandada por una sintaxis nueva, una sintaxis puntuada por el goce leído. Y es allí donde deviene el cambio con relación al goce, justamente porque no produce efectos de retorno sobre el parlêtre.

Estas escrituras del troumatismo no solo ocurren en los finales de análisis, cuando vacías de sentido hacen sinthome. Las anteriores, las que tienen lugar en el transcurso de un análisis o fuera de él, también servirán para erosionar al significante sobre lo real haciéndolo surgir. Pero esas erosiones no son inscripciones definitivas, sino que sirven para mostrar, señala Laurent5. Advertencia de que detenerse en ellas, prestándoles más atención de la debida, supondría un borramiento del vacío.

 

 

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Notas:

  1. Baudini, Silvia y Naparstek, Fabián. “El despertar es lo real, bajo su aspecto de imposible”. Freudiana, nº 85. RBA, Barcelona, 2019, p. 115.
  2. Serra, Marta. “Un momento del despertar infantil”. ¿Con qué sueñan los niños? El inconsciente y el deseo en su primera edad. Ned Ediciones, 2020, p. 69.
  3. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 25, El momento de concluir. Clase del 10 de enero de 1978. Inédito.
  4. Solano, Esthela. La práctica del pase. Eolia-Paidós, Buenos Aires, 1996, p. 36: “Sueña que toma un avión para realizar un viaje transatlántico. En ese avión viajan solo niñas y mujeres…Sobre la pantalla de proyección del avión aparece inscripto un cuantificador de la sexuación: no existe x que no esté sometido a la función fálica -(escrito en letras)-. El enigma de esta escritura es el responsable del despertar”.
  5. Laurent, Éric. “El despertar del sueño o el esp de un sue. Congreso AMP 2020.