Versión en catalán: «Quan la pols s’assola»

 

Éste es el título de la serie danesa1 de la que he hecho una lectura psicoanalítica y lacaniana, enmarcada en el trabajo de un cártel en el que participo.

El polvo, para estar, ha de mutar. La consistencia de la solidez es traspasada y se disuelve como la arena entre las manos. Cada partícula corpórea deviene pura materia de vagabundo que un real ha dejado suspendido de sentido y desancorado de simbólico.

Un atentado irrumpe para entrelazar y dinamitar la vida de ocho personas danesas. Se trata de una historia de amor y epifanía, pero no la de un hombre nuevo. Más bien bajo las ruinas que ha dejado el big-bang aparece el substrato de los distintos personajes. Se presenta aquello siniestro, aquello rechazado y negado, el punto de fuga de cada uno de ellos, pero que no por ser desconocido no les es propio. Es magistral el recorrido en el que nos adentra la obra que de manera bella y pulcra nos ofrece ocho universos cristalizados alrededor de significantes particulares, discursos sociales actuales, y de una libido que discurre inundándolo todo. Es el relato de ocho metamorfosis.

Se trata de una serie donde inconsciente y pulsión tienen un lugar destacado en cada una de las historias. La destrucción que reduce los mundos particulares a la nada vislumbra la construcción fantasmática de todos los sujetos y la reconstrucción que han de emprender por los golpes de un real devastador.

De una manera delicada queda manifiesto que rehacerse no lo será por las promesas del discurso social, familiar o de un supuesto yo. Deviene por una experiencia subversiva, por el tránsito a través del entramado propio de los sujetos donde a manera de banda de Moebius el revés y el anverso se suceden continuamente.

No se trata de una catarsis, ni de una conversión provocada por el afecto, ni un cambio radical a modo de “nothing is imposible”. Y sí por la sacudida provocada por el terremoto al cimiento fantasmático que los acerca a la verdad más propia con la que se dotaron para ordenar el agujero que supone el real de cada uno. Se trata de una historia donde un real sin sentido del orden de la realidad interroga o trata de palpar el trozo de sentido que se le puede arrancar al real singular de cada sujeto.

Los relatos argumentales de cada uno de los personajes son llevados a tenerse que enfrentar con aquello más íntimo y rechazado en el Otro. Se encuentran con alguna cosa o alguien del exterior que llega como extraño y que representa aquello negado, rechazado, odiado, deseado, pero que está en el interior más propio e intimo de cada uno de ellos. Es el neologismo lacaniano de la extimidad, aquello más intimo ubicado en aquello exterior.

Los personajes tienen una relación complicada con este kakon, preferirían extirparlo. Pero la belleza radica en que acaba siendo el utensilio que permite el desplegamiento del personaje y la inflexión hacia un posible tratamiento del malestar. Y también tropezando con el objeto en el otro éxtimo.

Es el encuentro de cada uno de ellos con un otro encarnado por diversos significantes (una niña, la política, la población, un hijo), la que les permitirá expresar la propia intimidad. Pero también está otro éxtimo que es el objeto.

De alguna manera y sin una transformación analítica, es una experiencia de transformación con otro éxtimo que le permite llevar el saber hacia el lugar de la verdad. Este podría ser un buen ejemplo de cómo los artistas creadores van por delante de la realidad y también del psicoanálisis. Los directores de esta obra se han orientado por la brújula de la extimidad de lo real.

Tal y como afirma Miquel Bassols2, ésta es una historia donde podemos encontrar ocho vidas allá donde no son, vidas que solo eran “allí donde no podían perder” la vida, y que habiéndose instalado en el no querer saber, solo aprés-coup de la contingencia mortífera han podido devenir.

Ocho ex-sistencias

 

La negación del inconsciente y lo imposible

Una ministra de justicia representada y representante del discurso del amo y de la biopolítica que se inicia con un discurso reivindicando la dignidad a los centros penitenciarios y termina exigiendo la tortura a un preso. Que tiene que hacerse cargo de las consecuencias del atentado a partir de unas coordenadas bien particulares. Hija de un superviviente a los campos de concentración que no acaba de creerse la banalidad del mal, y que se convierte en creyente de la existencia de la armonía, la relación sexual que existe, la fraternidad universal y un ideal que puede envolver la sociedad para cambiarla. Una política no advertida de la imposibilidad de su profesión, del reverso que puede suponer la uniformización de las sociedades y del resto que puede devenir por los procesos de segregación singularizados.

Una representante del gran Otro de la política que acaba reconociendo que el Otro no existe y que un otro nada puede hacer por ella. Una política sin la advertencia de que la autoridad del padre ha dejado de ser una brújula que ordena. Ni que lo simbólico es un recurso suficiente para poder frenar la explosión de lo pulsional. La ley no puede frenar aquello que se escapa como agua en un cesto.

Una mujer casada con otra mujer. Cuestionada por su amada en su ego imperturbable e irrenunciable, a pesar de haber rondado por las proximidades de la muerte a causa de un cáncer. Posicionada en una posición fálica desde la que desprecia a su amada y que le será arrebatada por el atentado en lo simbólico del que cree ser garantía.

Una ministra que entra en escena quejándose porque ha de calzarse unos tacones cada vez más altos y termina saliendo de los corredores ministeriales descalza con los tacones en la mano. Alguien a quien le ha estallado en la cara la asunción de la castración como efecto de la propia división subjetiva. Y a quien mantenerse en el significante amo le impide poder hacer el paso de un discurso a otro que le permitiría subjetivar el amor de otra manera. Al final, la invitación a vivir para otro deseo del orden del amor y la renuncia quedará enterrado como alimento de lo que había sido la esperanza de una campesina.

Lo imposible de la sexualidad

Jamal se convierte en un instrumento del mal. Él vive cabalgando entre mundos con diferentes parámetros simbólicos. Inmerso de lleno en el mundo occidental donde el Otro no existe y la función del padre se ha diluido, y a la vez en una cultura impregnada por lo religioso que se defiende creando sentido para hacer existir a este Otro. La tradición viene a ordenar y a tratar de enmudecer lo pulsional.

Es homosexual. Tiene un cuerpo subyugado y no se legitima a asumir un deseo, considerándolo ilegal. Está sometido al goce familiar y es esclavo de la autoridad arbitraria que impone la ley supuestamente natural. Ha sido un sujeto incapaz de poder dialogar con otros discursos con los que convive y que también le podrían ser propios. Y tampoco se ha permitido la posibilidad de un conflicto intergeneracional.

Es un sujeto con una buena disposición a ser un instrumento, un objeto de goce del otro. Y con eso aparece la diatriba de devenir objeto de amor para otro.

Y la homosexualidad unifica en un cruce a Jamal, rechazando su propio deseo, con la ministra Elishabet, que ha llegado a hacer uso del derecho al homo-matrimonio. Jamal se encontrará frente a una máxima representante del poder y del prestigio rabiosa, que le recrimina la responsabilidad del aniquilamiento de su amada. Le presenta la foto de la mujer, su pareja desde hacía veintiocho años, y que también era una mujer. Se ve confrontado al dolor por la pérdida del amor, a la impotencia por la pérdida de un homo-amor que él mismo rechaza en su interior.

Jamal, recluido en una cárcel, podrá enfrentarse a aquello que le permitirá liberar su propio cuerpo y tratará de alcanzar su propio deseo.

El cruce de los imposibles

La política, que ha podido bordear aquello sexual, pero que es una incauta en la pretensión de aprehender la realidad al no tener en cuenta que ésta puede ser agujereada por una simple y mundana singularidad herida incardinada en un sujeto. Enfrentada a aquel que le personifica este sujeto que destroza las suyas y otras coordenadas vitales.

Y el chaval capaz de hacer tambalear todo un sistema pero incapaz de reconocer aquello más propio. Y que solo puede subjetivar alguna cosa cuando se enfrenta a quien sí que ha bordeado aquello sexual.

El chef groenlandés danés atacado por un danés árabe

Un chef representante del patetismo que supone el rechazo de la propia singularidad, sosteniendo una impostura que pretende que sea reconocida a toda costa. Un sujeto que coloca el objeto dinero como seguro del reconocimiento del Otro del prestigio.

Éste, habiendo renunciado a reconocer aquello más intimo y a la vez tan evidente por sus rasgos de la fisonomía groenlandesa, opta por mendigar el reconocimiento y a la vez por un cinismo donde solo queda bajo la mirada de la propia satisfacción.

Alguien que impone la lógica del dinero sin escrúpulos hacia los que están por debajo de él. Una ética secuestrada no solo hacia los subordinados sino también hacia él, subordinándose a sí mismo.

Un chef groenlandés que recrimina a daneses de origen étnico su goce del idioma materno y la falta de integración, cuando en realidad está apuntando al rechazo de su propio origen étnico. Y en esta coyuntura dos lobos solitarios daneses, rechazados por el ejército y anclados por el sentido de las victimas étnicas, protagonizan un acto violento donde el terror real hace estallar el mundo fantasmático sobre el que se había sostenido. Una escena en espejo de tres personajes entrelazados por el rechazo al goce del otro.

Asistimos de manera magistral al cataclismo subjetivo del gran cocinero que se produce aprés-coup. Ni la brutalidad y crudeza de la escena dantesca, ni la rotura de las aspiraciones profesionales, ni la fallida económica, hacen tambalear su arrogancia. El derrumbamiento del andamiaje se produce cuando subjetiva que aquel a quien él considera extranjero le ha salvado de la muerte por haberlo reconocido como extranjero. Aquello que lo ha salvado de la muerte es aquello más íntimo, de lo que que habría querido sustraerse y que trataba de matar día tras día. Paradoja de salvación por las razones propias del ángel exterminador.

Y la caída del patetismo se produce ante los que representan el prestigio. El real hace caer el semblante. Solo puede ser rescatado por aquello que él había descartado. El cínico queda “touché” por el amor de una niña no tan inocente, aunque sin dejar de ser un amor infantil.

Finalmente, el reconocimiento real y sincero le adviene por un acto del orden de lo ético. Un local tiroteado, donde se amontonan los restos de los destrozos, y desolado por el naufragio, es iluminado por velas sencillas que permiten conversaciones de un talante humanizante.

Cuando el real exterior permite aprehender el real interior

Un mundo infantil angustiado pero en un frágil equilibrio para mantener el orden de los juguetes. Todo en su sitio. Todo controlado. Una niña miedosa bajo el único abrigo de la madre. Petrificada por el miedo devenido por un simple y ligero ruido no identificado. Incapaz de estar a solas por miedo a que devenga una soledad real. Una niña sin preguntas sobre su origen familiar pero con una respuesta por parte de la madre: la mentira, la negación paterna y la afirmación de que están solas en el mundo.

La fragilidad por el atentado le permitirá descubrir su fortaleza. Será gracias al chef, un hombre con quien puede atravesar el polvo que se asentó después de la brutal irrupción mortífera.

No recuerda aquello terrorífico que le ha pasado. Pero no desfallece hacia aquello traumático. Por primera vez, pregunta para reconstruir lo que no sabe. Por primera vez, hace frente a un no saber que la lleva a rechazar la mentira y poder saber de los hechos ocurridos.

El descubrimiento del azar en esta niña le permite asumir la falla, donde hasta el momento el control le impedía reconocerla, teniendo que pagar el miedo como prenda. Al asumir la posibilidad de la contingencia, se permite no seguir estando presa del miedo. Da cuenta que aquello más terrorífico no tiene porqué ser aquello más traumático ni más insoportable. Y en cambio puede conducir a un trauma anterior, al trauma original donde ha quedado atrapado el goce mítico del sujeto.

Adolescere

Un conflicto intergeneracional entre dos subjetividades muy actuales, un adolescente sin deseo entreteniéndose solamente por los objetos de goce y sosteniéndose en la adicción con las sustancias del más allá del principio del placer. Y un padre al que la irrupción traumática le hace retornar a una pseudo-adolescencia. Un padre lampista que asfixia al hijo por la propia incapacidad de asumir el miedo frente al tránsito que está viviendo su hijo adolescente. Un hijo errante a la búsqueda de poder hacer algo con un cuerpo que le es ajeno y que identifica como un resto. Un tránsito no exento de la búsqueda del límite del Otro de la autoridad pero a la vez aplastado por la mirada insoportable de ese otro. Un desasosiego que lo llevó a tratar de encontrar un lugar mediante los rituales en los que comparte el objeto adictivo que le permite un plus de gozar. Sosteniéndose a la vez cerca de un punto de no retorno.

Y por una serie de casualidades el padre asiste al escenario dantesco que ha resultado del ataque terrorista. Atraviesa el restaurante entre ruinas y cuerpos muertos a la búsqueda desesperada de su hijo, que se suponía que estaba trabajando allí. Y de entre el monto de cuerpos rescata el aliento de vida de una niña a la que salva. Queda aturdido, pero aquello traumático también aparece aprés-coup. Cae el sentido al enterarse de que también un acto suyo, igual de azaroso, había supuesto que otra mujer morirá en aquella matanza.

Saber de la contingencia, saber de la proximidad entre la vida y la muerte, saberse partícipe de una salvación y de una muerte, haberse aproximado de manera descarnada a este imposible, le ha desarmado para la vida. Allá donde representaba el padre de la autoridad, de los cuidados, de la prudencia, de la seguridad, se le apodera el relativismo. Se hace representar por aquello que en cada momento ve como resultado del lanzamiento de una moneda al aire. Pasa a defenderse con una construcción un tanto delirante y en paralelo al hijo adolescente. Entrará en la deriva de la satisfacción instantánea de los objetos de plus de goce, de la transgresión de las normas civilizatorias. Tomará el relevo de la autodestrucción en la que estaba inmerso el hijo, pero que le permitirá al hijo poder partir de la destrucción del padre para construir de otra forma.

Versiones de la pulsión de muerte

Un señor mayor, que quería terminar con su vida voluntariamente, y acaba muriendo involuntariamente y lleno de vida. Insuflando aliento a una sujeto que erraba por la vida, y con él pudo encontrar un resquicio por el cual desear terminar con la espiral del mal vivir.

Ella, que había estado una adicta del alcohol, que había perdido la custodia de su hijo, que no había podido hacerse cargo de él, y que mantenía dentro de la mochila el alcohol que le daba la seguridad de que tenía el objeto en el bolsillo, la garantía de un pasaporte que en un momento determinado le permitiría salir de la escena.

Un hombre que con su familia se había comportado de una manera desentendida, lejana, que había desistido de la vida y acaba resucitando al encontrarse con la pulsión de muerte del otro. El encuentro de dos personas con un posicionamiento cobarde y que de una manera muy real reconducen vivificándose por el encuentro de la propia pulsión de muerte en el otro.

La cantante mujer-madre

Una cantante que se embrolla entre la maternidad y la propia feminidad. Una mujer con una pareja desde hacía mucho tiempo y con quien no es capaz de esclarecer el propio deseo. Una mujer que en un momento de inflexión frente al hombre que la coloca en posición de mujer, y el hombre que la posiciona en el lugar de madre, se deja llevar por una ilusión.

Pero el atentado pondrá al descubierto el verdadero valor de ella como objeto de amor para los dos amantes. Ella quedará confrontada a la soledad más absoluta cuando ese nuevo amor la abandona en dirección a los propios hijos. Queda aterrada e invisibilizada como mujer. Envuelta en su deseo por un reclamo que finalmente la deja en la inmensidad del desamparo más absoluto.

Pero se rehace al permitir condescender el propio goce al deseo.

Comparte / Imprime este artículo
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Print this page
Print
Email this to someone
email

Notas:

  1. Cuando el polvo se asienta (“Når støvet har lagt sig”) puede verse en la plataforma Filmin.
  2. Bassols, Miquel. «Viure on no som». Ciutat de les Lletres, 2021