El 9 de octubre, Noche de la Biblioteca* abre su ciclo presentando Sospecha de la luz, libro de poesía, de María Navarro, poeta, editora y psicoanalista, miembro de la ELP y AMP.

Diana Novara, quien coordina la mesa, destaca que es la primera vez que María Navarro presenta uno de sus poemarios en la Escuela, y que para todos los que la forman, hay en esa noche, una doble satisfacción: contribuir a sacar a la luz un nuevo texto, y además, el hecho de ser un miembro de la ELP, quien le entrega su creación. Los invitados: Ignacio Castro Rey, Filósofo de la UAM, crítico de arte; y Sergio Larriera: Psicoanalista Miembro de la ELP y de la AMP

Una noche poética, la poesía ha sido la gran invitada a la fiesta.

Sospecha de la luz es invitada a bailar por Ignacio Castro Rey, quien supo acercarse a sus secretos y a su poder. Sergio Larriera, en su danza, le permite lucir toda su envergadura, sus luces y sombras. La poesía, la gran protagonista nos mostró su singular poder: aproximarse íntimamente a las cosas, acercarse a lo imposible de nombrar, y su juego con el vacío. Luego, encarnada en la voz de María, su creadora, cautivó a todos los presentes.

Ignacio Castro se reconoce en esa poesía, señala que el título Sospecha de la luz , lo empuja a un tema muy suyo, devoto de Nietzsche, cita a Zaratustra: “La noche es más profunda de lo que el día ha pensado”. Comparte esa pulsión semisecreta de la poesía, su profundidad casi exotérica, difícil de traducir a la vigilia de los seres humanos.

Señala la singularidad de la poesía, la de convertir en discurso esos pocos momentos del hombre en soledad, en que fuera de la ley del mundo, se confiesa a solas, escucha el rumor, el rumor de una estancia, de un lugar, de una memoria que vuelve, el rumor de voces oídas en los bordes de lo reconocible.

Los poemas de Sospecha de la luz poseen un montón de verdades, verdades sencillas que el mundo jamás reconocerá, sostiene Ignacio Castro, manifiesta estar de acuerdo con ello y le parece bien que la primera actividad política del ser humano, sea ese estar a solas.

Castro Rey destaca ese don del poeta, que le permite tener una cercanía con las cosas, cercanía, que no es de este mundo, que se sabe a sí mismo. Señala que el tuteo con lo real, solo puede pertenecer a la poesía y algunas otras manifestaciones del arte, más allá, dice, esa cercanía, ese tuteo, es un coto vedado, un coto prohibido, prohibición doblemente eficaz ya que nunca es explícita.

Para Ignacio Castro, la poesía, como este libro lo confirma, atiende al rumor de lo que ocurre allí donde no pasa nada, para los medios, para el registro político, para el registro mundial y el discurso capitalista. La poesía habla de lo común que se mueve entre el registro espectral y absolutamente común, ese común secreto, que nunca será explícito, ese común que escapa de las curas y soluciones externas que tanto promueve la sociedad actual. En palabras de Castro Rey, en la poesía hay una inversión de las relaciones habituales, propone una dosificación del veneno, veneno de estar en este mundo; la poesía y ciertas obras de arte produce un vuelo que nace de la misma gravedad, convierte “el dolor en traje”, convierte el vértigo en forma, en figura, transmuta el sufrimiento en fortaleza, potencia, en devenir común. La poesía propone un renacimiento allí donde muere el sentido. Pocas disciplinas están preparadas para esta tecnología punta, agrega muy acertadamente Ignacio Castro. Por estos motivos, afirma, la poesía ocupa un lugar ambivalente: todo el mundo la celebra y por otra parte es la última invitada a la fiesta.

“Y nos sentimos huérfanos, sin espejos posibles…” dice María, y puntualiza Castro Rey: seres sin doble, sin réplica posible, seres arrojados al hablar solitario de la soledad común, de allí la necesidad de inventar un limbo que convierta el mundo invivible en un mundo respirable, logro de la poesía, por el solo hecho de que lo peor de este mundo ha sido invitado a la mesa, ha sido traído a la forma.

Ignacio Castro Rey concluye con una cita de Gamoneda, “Esto es el destino, llegar al borde y sentir miedo por la quietud del agua”

Nuestro segundo invitado, Sergio Larriera, destaca en primer término, el trabajo de dirección, de María Navarro, de la revista El Psicoanálisis, que en los últimos 6 años, llevada de su mano, y con diseño de Miguel Gómez, la edición ha ganado en delicadeza, presentación y ajuste teórico.

Aborda, luego la obra poética de María Navarro, y parte para ello, de un texto de la autora: “Saber hacer de los poetas” publicado en Colofón Nº 25 (2005), texto que constituye una formulación, de lo que es la poesía, para una poeta que practica el psicoanálisis. María cita en dicho texto un verso de Alejandra Pizarnik: “Cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”. Resonancia de la aproximación a lo real de ambas disciplinas. Sergio Larriera subraya, que ese texto, denota una aproximación radicalmente propia de María Navarro al poner en correlación lo que sabe hacer el inconsciente con las palabras, y el saber hacer de los poetas.

Sergio Larriera selecciona algunos poemas de María Navarro, para profundizar en el decir de los mismos, y mostrar las resonancias que hay entre la poesía y el psicoanálisis. Y lo hace desde múltiples lugares: desde el abordaje de lo real y lo imposible de decir; desde el “mirar escuchando” de los poetas, un mirar de lo inaudible y lo invisible; también desde la desfiguración, que se produce en la escritura, en su empeño de asir lo imposible, y que solo consigue aproximarse asintóticamente a lo real, real que nunca lo logrará capturar.

Toma para ello, en primer término, el poema:

Noche lunar
El cielo tiene luz pero no es cierto no hay el cielo. Sospecha de la luz la noche es la certeza.

Los dos primeros versos tratan de la apariencia, de lo que no puede entregar la luz, es decir un lugar que ilumina la escena y que metafóricamente nos remite a la relación sujeto-objeto: “yo sujeto miro, describo, concibo al objeto”.

El tercer verso, nos dice, induce a sospechar que hay otra luz, que no es la que ilumina a los objetos. Una luz cuyo envés no es lo oscuro, la noche, sino la soledad del rayo, algo fugaz y evanescente, luz de otro orden que ilumina fugazmente una escena, un algo. Lo cual es evocador del surgimiento del sujeto del inconsciente para todo psicoanalista.
Continuando con las resonancias, cita otro poema:

Amado M
Ha pasado un verano o acaso la quimera definitiva para el olvido. Encuentro de la letra que ya sé que me aguarda. La desfiguración del texto que asoma sereno entre lo oscuro.

La poeta presiente el poema, nos dice Larriera, poema que aún no está escrito, pero gracias a esa escucha singular del poeta, escucha de lo inaudible e invisible para nosotros, sabe que cuando lo escriba, sufrirá una transformación, será desfigurado en su escritura, la poesía no podrá asir ese objeto tan difícil de definir, no lo podrá capturar, sin embargo conservará sus ecos.

Finaliza Sergio Larriera con un verso de María Navarro escrito en 1989, en el que la problemática de la luz ya está insinuada, esa luz que ilumina pero no da certeza: “luz oblicua que penetra en mi costado” y establece una correspondencia con el desplazamiento que ha tenido la interpretación desde de la metáfora hacia la interpretación metonímica Lacaniana, que ha pasado del evocar, traer y acertar con la palabra reprimida, a la interpretación que nunca es justa, que progresa y progresa metonímicamente en busca del objeto que nunca alcanza, interpretación que cae siempre de costado.

Destaca la madurez de Sospecha de la luz, años de poesía, años de diván, diván que opera en el producto pero que no aparece en él.

Por fin, María Navarro nos regala su voz, profunda, redonda que da ritmo y empuje a sus versos. Muchos aplausos y mucha empatía que permitió intervenciones entrañables de los presentes.

* Biblioteca de Orientación Lacaniana-Madrid.

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