Convocado: la cosa comienza enunciando sus síntomas a los distintos interlocutores del 15, llamado también el SAMU; ellos le toman cada vez más en serio y les convocan urgentemente en el centro más próximo. Todo bascula. Eres un hombre con fiebre, devienes un enfermo de riesgo, de morir, de contagio, etc. El recuerdo de estas primeras horas es débil, atrapado en la contingencia y la materialidad de las cosas.

Treinta y seis horas más tarde, se juzga alarmante el estado de mi salud y se me ofrece ir al servicio de reanimación eficaz que se acaba de abrir. No vacilo. ¿Quiere usted firmar el protocolo de acceso a cuidados experimentales? ¿Hidroxicloroquina? ¡Sí, por supuesto! Yo quiero superarlo y no es el llamado nocturno a la persona de confianza, a las tres, anunciando la urgencia de ponerme un respirador, lo que me tranquiliza. Nada es susceptible de tranquilizarles en ese momento de sus vidas. Abandonado al Otro de la ciencia y de la técnica, a esa medicina que no es la que yo escogí, y que hoy en día desencadena no solo los aplausos de las 20h para los sanitarios sino también la admiración sin límite de los medios de comunicación. Nosotros no habíamos escuchado a un Primer Ministro decir. “Yo no soy abogado, financiero, Burócrata…” pero repitió a lo largo del discurso: “No soy médico”. Estoy de acuerdo con él, esta medicina de los buenos alumnos que no han elegido las finanzas, que han conservado una parte del ideal del bien del prójimo, merece nuestra consideración y admiración.

Pero la experiencia es otra. ¿Se han preguntado alguna vez cómo vivimos esta experiencia? Hay respuestas técnicas en la literatura médica. ¿Qué devienen estos cuerpos manipulados –retornados, se me dijo- para permitir esta reanimación?

Yo había sido raptado por criminales que me llevaban de un país a otro, con intercambios en todas las lenguas, podía comprender el español y el portugués, pero había también otras lenguas asiáticas incomprensibles. El objetivo, se afirmaba finalmente, era hacerme rodar una película. ¿No era el momento, en efecto, en este momento de mi vida, de mostrar lo que sabía hacer en tal contexto? Era preciso sufrir transformaciones y resistir a una especie de envenenamiento que suponía un cambio de mi sangre con tecnologías cada vez más modernas. Los intentos se hacían con sangre más joven, azul y finalmente incolora, que se imponía.

Lo que me sorprendió desde mi despertar –y he contado a mis próximos- fue hasta qué punto movilicé un delirio para asumir la situación. Un delirio en el sentido que se trata de una neoconstrucción, que no es un sueño cuya significación falta interpretar, sino una serie de aserciones, de traducciones de signos. Para el sujeto psicótico la confrontación con la realidad no cambia nada. Yo tuve la suerte de que fuera de otro modo para mí, permitiéndome contar este intento de preservar un cuerpo en tanto que lugar de su experiencia psíquica y subjetiva.

Estuve al trabajo del delirio durante un tiempo de “desconexión” (paralizado para permitir la respiración artificial). ¿Fue esto un sueño y su trabajo freudiano del inconsciente? No, era una construcción sólida, donde las zonas de perplejidad intentaban ser colmadas por trozos de sentido siempre ineficaces. El delirio trataba de abrirse camino en un sujeto privado artificialmente de un cuerpo.

Hablo de delirio porque estaba atrapado en una historia de la que intentaba resolver las incoherencias. No me había sido accesible ninguna estructura asistencial en suelo francés, y me encontraba por el hecho de la sustracción inicial, en un territorio lejano, isla con grandes capacidades asistenciales o incluso de transformación de los cuerpos, una especie de Fundación de la AP-HP* en el extranjero sostenida con fondos privados. Algunos recursos (identificados secundariamente como la tubería que acompaña a las máscaras de los respiradores) invadían mi cabeza. Lo esencial era la pregunta de cómo iba a volver a París, tan distante por las condiciones técnicas. ¿En avión, en barco, en ambulancia? Nadie me respondía y se me daba a entender que no estábamos allí. ¿Iba a desaparecer alejado de los míos? Pero, ¿qué hacían para sacarme de allí todos aquellos que yo conocía capaces de pedir a los más influyentes? ¿Me habían abandonado? En otros momentos bastaba con esperar que el Otro velara por acompañarme. Mitad viaje cultural, mitad viaje de negocios, todo estaba hecho para volverme la vida agradable, incluidos espectáculos de teatro de otra época, con viejos actores refugiados en lugares lejanos, buscando trabajo y tratando de distraer al turista extravagante que yo era –algo parecido a Sacha Guitry en un viejo teatro de boulevard. En uno tenía que actuar, en otro era enojoso y patético. Todo esto duraba mucho tiempo, los espectáculos, la organización de los desplazamientos. No se me daba ninguna respuesta sobre mi retorno a París.

Luego vino un período en que los enfermeros me interrogaron; la ropa de los sanitarios me daban la idea de que estaba en el extranjero (ropa desechable, toallas sólidamente anudadas, guantes de una especie de azul Klein). Nunca había visto estos uniformes circunstanciales para hacer frente a la contagiosidad del virus. “¿Dónde estás?”, me repetía. No lo sabía. Parecía el Hospital de La Pitié, su arquitectura, sus construcciones pero estando tan lejos de París no podía ser más que un facsímil. Luces, terrazas móviles como el puente de un portaaviones, volvían estas construcciones hipertécnicas muy diferentes de lo que me inspiraba este hospital parisino.

Intentaba leer el logo en la ropa blanca, en el material: “Fundación Oumany” (o algo así) -Asistencia Pública de París, invención que suponía un vínculo entre este establecimiento y la AP-HP. Pero era misterioso. Y estos péndulos, los péndulos ELAMI (es su marca) cuya gran aguja es casi tan corta como la de las horas, mucho más contrastada, no podía corresponder más que a una costumbre local.

La insistencia de los “cuidadores” en localizarme en La Pitié cuando aún estaba despertándome, no hacía más que aumentar mi perplejidad. Con posterioridad pude entrever el nivel de los signos que intentaba interpretar, pese a mi desconexión. Los olores –los de los productos de reanimación- me parecían muy fuertes y persistentes; los ruidos incontables de las máquinas, y el tratamiento de los cuerpos por parte de estas personas admirables que aseguran tanto los cuidados más elementales como los más técnicos. Incapaz hasta el despertar de estabilizar una respuesta a esta emergencia de perplejidad, tuve claramente la convicción de que este delirio me había permitido conservar una especie de unidad psíquica que podía estallar en pedazos.

Al despertar me decía listo para subir a mi bici, basándome en una percepción imaginaria del cuerpo, pero al mismo tempo no había más que la realidad de un cuerpo deshecho en cada una de sus funciones, sin la menor coordinación. Levantar la mano o el pie era como el ejercicio de un cosmonauta en un mundo sin gravedad.

Renunciando a la necesidad del transporte y reconociendo finalmente la arquitectura de este hospital donde había tenido lugar mi formación de estudiante, las amenazas se apaciguaron.

Un enfermero que finalmente recogía el testimonio de mi localización, me propuso mirar algunas imágenes en la televisión, y descubrí tres semanas después del inicio de este exilio, un planeta deshabitado como nunca habrá podido imaginar.

Texto publicado originalmente en francés en Lacan Quotidien nº 880, el 17 de abril de 2020. La presente traducción es de Margarita Álvarez. Publicado aquí con la amable autorización del autor.

 

* NdT: AP-HP: Asistencia Pública- Hospitales de París.

 

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