La obra de Samuel Beckett “Fin de partida” se está representando en Madrid, en el teatro de la Abadía. Es una obra sin concesiones que coloca en primer plano lo humano, el ser humano en su carácter de desecho: solo cuatro personajes en un sórdido sótano, el padre, Nagg, desnudo y escuálido permanece en un cubo de basura desde donde no cesa de pedir, a gritos, su plus de goce, su galleta, su bombón.

Cuando finaliza esta obra excelentemente interpretada, los espectadores parecen pesados, sin fuerzas para aplaudir, aplauden con trabajo. Es evidente que no han asistido a un espectáculo de vodevil, vemos al joven Clov, el único de los cuatro que puede moverse aunque no sentarse, afirmando que la naturaleza ya no existe, y a Hamm, el protagonista ciego y en silla de ruedas, respondiendo: ¡No existe la naturaleza qué exageración! Pero nosotros respiramos, ¡cambiamos! ¡Se nos cae el pelo, los dientes!, ¡nuestra lozanía!, ¡nuestros ideales!

¿Qué queda cuando se ha caído todo esto que menciona Hamm? Sólo el goce, la galleta que el padre pide a gritos, de la que solo queda una. Y cuando se acabe la última galleta, siempre quedará la crueldad. Gozar de la crueldad es una posibilidad siempre posible cuando todo lo demás se ha acabado. Hamm se lo pregunta a Clov, “¿No te he hecho sufrir demasiado?”, le pregunta ofendido, a lo que Clov responde: “Sí”, entonces Hamm dice aliviado: “¡Ah! ¡Bueno!”

Sólo los vivos pueden gozar y cuando Nell, la anciana desnuda en su cubo de basura, el único personaje amable de la obra, dice que no quiere nada, ni siquiera que Nagg le rasque la espalda, entonces muere.

El humor negro, cínico, está presente en la obra junto al sin sentido, acompañando al espectador en el absurdo con el que Beckett nos atrapa. Por momentos surge la risa provocada por el absurdo. Así pues cuando Clov descubre que hay una rata en la cocina y lo dice, Hamm se asombra “¿Una rata? ¿Todavía existen ratas?”. Pero poco después su lógica es aplastante: “Si no mato a esa rata se morirá”

La sensación que queda al concluir es la de una obra que deja un poso, algo que no es fácil de olvidar rápidamente, como se olvidan tantas cosas. No hubo entreacto ni sillas vacías. No es la desolación del fin del mundo, tan en boga hoy, sino el triunfo de lo humano, el triunfo del ser humano al desnudo.

En el Seminario XVIII; “De un discurso que fuera del semblante” (1), Jacques Lacan elogia a Samuel Beckett diciendo que Beckett devuelve su honor a la literatura al concebir el ser humano como desecho. La literatura es normalmente un arte del semblante y aquí Lacan se interesa por esos autores que ponen el semblante al desnudo, que lo extenúan, como hacen Joyce y Beckett, son esos casos en los que la literatura enseña algo al psicoanálisis.

(1) Jacques Lacan, “De un discurso que no fuera del semblante”, Página 106. Ed. Paidós.

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