Trauma, memoria y olvido. Por Manuel Fernández Blanco (A Coruña).

Artículo publiocado en LA VOZ DE GALICIA el 19/12/2006 en las páginas de Opinión.

Trauma, memoria y olvido

La discusión parlamentaria sobre la ley de la memoria histórica ha suscitado un debate sobre si es más conveniente recordar u olvidar. Esta disyuntiva es falsa, por dos razones: sólo se puede olvidar lo que se ha recordado y hay recuerdos que no se dejan olvidar; son los recuerdos traumáticos.
¿Qué es un trauma? Un trauma es aquello que no debiendo ocurrir, ocurrió. Lo traumático no se deja capturar por el olvido y por eso retorna, insiste y se transmite a través de las generaciones. Lo traumático, por innombrable, retorna una y otra vez al no poder ser expresado a cielo abierto.
Una fosa común no es lo mismo que una inscripción en la lápida de una tumba. Una fosa común, o el drama de los desaparecidos, es la expresión máxima de la abolición de la existencia; es la negación más radical de la herencia y de la transmisión simbólica; es una segunda muerte, ya que borra los rastros de un ser humano de la faz de la tierra.
Del mismo modo, cuando se impide restituir la dignidad de una persona objeto de una condena injusta, se aboca a cargar con este trauma a sus descendientes. La restitución es un acto de salud mental individual, familiar y social. Sí, también social, porque la lógica colectiva es idéntica a la individual.
Esto explica que las sociedades puedan sufrir colectivamente traumas, culpas y vergüenzas. Sabemos, por ejemplo, que la ilegalización de las organizaciones nazis en Alemania no impide la existencia de una culpa y vergüenza colectiva muy profundas.
Resulta muy llamativo que algunos de los sectores sociales y de opinión más críticos con el relativismo de la sociedad posmoderna, se apunten al relativismo en materia histórica para diluir o igualar cualquier responsabilidad de nuestro pasado.
Pero el auténtico olvido no vendrá de la negación relativista, sólo puede venir del recuerdo. De lo contrario sustituiríamos el olvido por la represión y nos condenaríamos al retorno de lo reprimido como síntoma. El síntoma de una sociedad que no habría tenido el coraje de tratar adecuadamente sus experiencias traumáticas.

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