Reseña del libro Sexualidad y violencia. Una mirada desde el psicoanálisis, de Luis Seguí

“Se empieza con las cosquillas y se acaba en la parrilla.
Eso es también el goce”1.

 

Puede afirmarse sin temor a equivocarnos que el último libro de Luis Seguí hace serie con los dos anteriores, con los que viene a constituir una suerte de trilogía. El primero, Sobre la responsabilidad criminal 2, trataba de arrojar luz a cuestiones relacionadas con la criminología y la responsabilidad subjetiva; y el segundo, El enigma del mal 3, abordaba el mal como problema filosófico, y cuya lectura resultaba en la doble conclusión de la impotencia del saber para captar su origen y de que el exterminio del mismo es imposible.

En esta ocasión, en Sexualidad y violencia. Una mirada desde el psicoanálisis 4, el autor se ocupa de las coordenadas sociales y subjetivas de los actos violentos contra las mujeres que tienen que ver con la sexualidad, del rechazo a lo femenino en la historia del pensamiento y las religiones, y de la impotencia de la ley y las instituciones frente a esta pulsión destructiva.

Apoyándose en las investigaciones de Gerda Lerner, historiadora judía nacida en Austria que desarrolló su trabajo en Estados Unidos, donde fue investigada por el comité de actividades antiamericanas, analiza el concepto de patriarcado, que la citada historiadora remonta al origen del Estado y al surgimiento de los monoteísmos patriarcales, que relegan el poder de la diosa madre y su función en el control de la fertilidad, demonizan la sexualidad femenina y excluyen a las mujeres de la alianza simbólica entre dios y la comunidad. Esta ideología de la superioridad masculina sobre la mujer atraviesa, como un rayo, toda la historia del pensamiento, en un recorrido donde el autor hace comparecer a Aristóteles: la mujer es un varón fallido cuya mayor virtud era permanecer callada; Séneca: cuando una mujer piensa a solas, piensa mal; Terencio: en lo intelectual, las mujeres son como niños; Agustín de Hipona: el Diablo tentó a Eva y no a Adán porque sería más crédula y fácil de seducir; los inquisidores dominicos Kramer y Sprenger, que publicaron en 1487 El martillo de las brujas: toda la brujería se origina en el apetito carnal, que en las mujeres es insaciable: adúlteras, fornicadoras y concubinas del demonio; y otros autores que harían palidecer a los guionistas de la serie de HBO, El cuento de la criada.

A pesar de los indudables avances civilizatorios y de la vitalidad del movimiento feminista, este siniestro episodio histórico de la caza de brujas alcanza hasta nuestros días en la dramática realidad del feminicidio: hombres que asesinan a sus parejas o exparejas, a veces quemándolas, como a las brujas en el medievo, para dejar su marca en el cuerpo del otro.

En el segundo capítulo, donde aborda el tema de la diferencia sexual, el autor avanza algunas hipótesis sobre esta lacra apoyándose en las fórmulas lacanianas de la sexuación y el concepto de goce, que es el agujero negro alrededor del cual gira todo el ensayo. Al fin y al cabo, como recuerda Rosa López en el prólogo, eso tienen en común el Psicoanálisis y del Derecho: la pregunta por el goce, ¿cómo hacer con el goce? La imposibilidad de la relación sexual -por la asimetría radical del goce unos y otras- solo puede suspenderse contingentemente en la experiencia amorosa, con la condición de que el hombre no quiera saber demasiado del goce enigmático de la mujer, porque entonces el amor puede devenir en odio hasta el punto de aniquilarla para arrancarle el secreto. En otras palabras, en las del autor: el amor no puede contra el odio. El odio es más antiguo que el amor y hay además en él una certeza de la que carece aquél.

Esta sería, por decirlo así, la primera de una larga serie de conclusiones pesimistas del libro, las malas noticias del psicoanálisis, en las antípodas del “moralismo optimista” que denunciaba Lacan en el seminario de la Ética. Otra más: las pulsiones son más fuertes que las ideas. Y otra: hablando no se entiende la gente. Y, la última: la ley se muestra impotente para regular el goce. Así se demuestra en el hecho de que, a pesar de todos los esfuerzos legislativos y el compromiso de la sociedad y los poderes públicos, la violencia machista parece incluso recrudecerse, quizás como reacción de hombres inseguros, desvirilizados hasta el punto de que solo con la violencia pueden recobrar su deseo, exasperados ante las conquistas de las mujeres en el campo de la igualdad, o enloquecidos ante la amenaza de pérdida del objeto… A algo parecido se refería Beatriz Gimeno5 cuando en un reciente artículo hablaba de las masculinidades heridas por inseguridades vitales profundas y por la pérdida de sentido que han generado en todo el mundo las políticas neoliberales y cuyo resultado es una reacción misógina global. Que los hombres ya no tengan un trabajo seguro y un salario suficiente para mantener a una familia, quiebra los roles y biografías masculinas de una forma que ha llegado a compararse a una auténtica emasculación simbólica.

Así, cuando las mujeres exigen derechos y estos empujan privilegios masculinos que muchos hombres perciben como parte del orden natural del mundo, surgen discursos neofascistas que ofrecen un relato victimista en el cual los hombres pueden expresar lo que sienten como una amenaza a su masculinidad.

El libro de Luis Seguí ofrece un amplio abanico de hipótesis para el feminicidio en el capítulo dedicado a la criminología lacaniana, donde recuerda que, caso por caso, el desafío del psicoanálisis es buscar al sujeto que se esconde tras el acto criminal, ayudarlo a inscribir el mismo en su propia historia y a hacerse cargo de él, y aquí señala el valor de guía en la clínica de un afecto fundamental: la vergüenza. De olvidarnos del sujeto, su estructura y las contingencias que desencadenaron el pasaje al acto, corremos el riesgo de caer en las tradicionales tipologías de maltratadores o violadores que deshumanizan al criminal, o en un furor punitivo que solo conduce a la impotencia y al desánimo.

El goce, en tanto toca lo real, es siempre fuera de norma. No hay ley que lo contenga. Esta impotencia de la ley ante el goce también la muestra el autor en la inextinguibilidad de la violencia y la guerra, que tienen también -cuando no bastan las identificaciones- una función de cohesión social. Si la violencia es inerradicable es en razón precisamente de aquello que nos hace humanos: la introducción del lenguaje, y la pulsión que resulta de la perversión por este del instinto natural irremediablemente perdido. “Nada más humano que el crimen”6 resuena en las palabras de Miller como un eco del libro anterior de Luis Seguí. Si el proyecto ilustrado pensó que la cultura, la educación y las leyes que regulan nuestra convivencia podían domeñarlas, las portadas de los periódicos cada día muestran que las pulsiones destructivas pueden desencadenarse en cualquier momento.

El autor se adelanta a las críticas al binarismo sexual cuando aborda el concepto de género y lo que se ha dado en llamar la implosión del género, una pluralización de posiciones sexuadas que dinamitan las categorías de lo masculino y lo femenino. Este cuestionamiento radical -que desde finales de los 80 del siglo pasado vienen haciendo los estudios queer 7– de las nociones de normalidad aplicadas a la sexualidad no es ajeno al psicoanálisis, desde sus inicios, en un largo trayecto que se inicia en los Tres ensayos para un teoría sexual 8 de Freud, hasta las fórmulas de la sexuación9 de Lacan. Si la heterosexualidad como práctica dominante se ha erigido en la norma desde la que se patologiza a las otras prácticas sexuales, no ha sido con la complicidad del psicoanálisis: Lacan señala que la sexualidad es intrínsecamente perversa, y separa el deseo de la heterosexualidad como norma, porque éste no está orientado por el género del partenaire elegido sino por el objeto a, en su función de causa, o como agalma en la experiencia amorosa. No hay saber sobre la sexualidad, y precisamente el inconsciente, que no puede ser asimilado ni a lo biológico ni a lo cultural, es el índice del fracaso de ambas instancias para determinar la posición sexuada.

La advertencia de Eric Laurent de que usar el poder del significante, como en el lenguaje inclusivo, con la intención de neutralizar las diferencias no es sino una manera de velar la no-relación sexual, entra en el debate de quienes recuerdan el carácter performativo del lenguaje, y la decisión política de dar visibilidad mediante las palabras a lo invisibilizado, a lo rarito, a lo prohibido.

Como en el libro anterior de Seguí, dividido entre una primera parte expositiva y una segunda parte especial, Sexualidad y violencia recoge en los capítulos del 5 al 9 otros tantos casos penales, bien conocidos en su mayoría. Todos estos casos son descritos por Luis Seguí minuciosamente desde el punto de vista jurídico y criminológico, y analizados utilizando las categorías del psicoanálisis, un auténtico viaje en el tren del terror al costado más siniestro de la sexualidad y la muerte.

Como si no tuviera bastante el autor con habitar ese intersticio de encuentro y desencuentro que se abre entre el Derecho y el Psicoanálisis, se atreve, en las últimas páginas, a adentrarse en otro territorio sembrado de malentendidos históricos que es el que hace frontera entre el psicoanálisis y los feminismos. En este particular, y tras una revisión de la subordinación y el sometimiento de las mujeres a lo largo de la historia, Seguí toma partido y la palabra en los dos debates político-jurídicos abiertos hoy en España sobre la sexualidad: La calificación jurídica del concepto del consentimiento (que para algunos autores -al hilo del caso Weinstein y el movimiento MeToo– ha propiciado una “política de la sospecha” y cierta judicialización del deseo sexual) del proyecto de Ley de Garantía Integral de la Libertad Sexual, y el conflicto abierto entre el feminismo radical clásico y los transfeminismos -representados en la distinción de Christiane Alberti entre feminismo político y feminismo de los cuerpos- debido a la propuesta de Ley para la Igualdad Real y Efectiva de las Personas Trans que consagra la audeterminación de género.

No obstante el pesimismo que rezuman sus páginas con respecto a cualquier ilusión de armonía y bondad, el libro no defiende ni un paso atrás: decididamente y con la mayor energía el machismo y sus derivadas agresivas y violentas deben ser combatidos.

 

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Notas:

  1. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 17, El reverso del psicoanálisis. Barcelona, Paidós, 1992, p. 77.
  2. Seguí, Luís. El enigma del mal. Fondo de Cultura Económica. Colección Psicología, Psiquiatría y Psicoanálisis, Madrid, 2016.
  3. Seguí Luís. Sobre la Responsabilidad Criminal. Psicoanálisis y Criminología. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2012.
  4. Seguí, Luís. Sexualidad y violencia. Una mirada desde el psicoanálisis. Madrid, Xoroi ediciones, 2021.
  5. Gimeno, Beatriz. Las heridas de los hombres enfadados. 19/6/2021.
  6. Miller, Jacques Alain. “Hay un gran desorden en lo real en el siglo XXI”. Presentación del IX congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Buenos Aires, 27 de abril del 2012.
  7. Sáez del Álamo, J. Teoría Queer y Psicoanálisis. Síntesis, Madrid 2004.
  8. Freud, S., «Las teorías sexuales2. Obras completas de Sigmund Freud. Tomo II. Biblioteca Nueva, Madrid, 1905.
  9. Lacan, Jacques. El seminário, libro 20, Aún. Paidós, Bs.As., 2006.