Reseña de la presentación del libro Lacan Redivivus
¿Cómo contar la vida de una persona, cómo acercarnos a la vida de Lacan? Eloise Kurtz socia de la sede de A Coruña comenzaba con esta pregunta la presentación del libro Lacan Redivivus el viernes 20 de marzo de 2026 en la librería Lume, a cargo de la Biblioteca de Orientación Lacaniana A Coruña, contando con las intervenciones de Antoni Vicens y Eugenia Insua, ambos psicoanalistas y miembros de la ELP y AMP.
Eloise parte de la pregunta para devolvernos a un Lacan inesperado, lejos del pedestal, un Lacan cercano y múltiple, El volumen, nos dice ella, no intenta cerrar una figura ni ofrecer una biografía ordenada, sino dejar aparecer algo del hombre a través de fragmentos —cartas, testimonios, textos inéditos, recuerdos familiares, cuaderno de sueños— que componen una polifonía donde Lacan se muestra en su singularidad: un Lacan atento al otro, con una mirada tensa, salvaje y curiosa, siempre renovada, alguien que no cedía en su deseo y que resistía activamente los discursos establecidos. Como él mismo decía, “mi personalidad consiste en que me rehúso a dejar que me rellenen de cuentos la cabeza”. Esa posición de resistencia atraviesa tanto su vida como su enseñanza, no como guardián del orden ni prometiendo un futuro sencillo. Su lectura no tranquiliza, pero despierta; no clausura, sino que abre. Y devuelve a Lacan en su complejidad: humano, contradictorio, subversivo incluso consigo mismo, siempre fiel a ese gesto fundamental de no ceder en su deseo, como Miller dirá de él, “profesor de deseo” que nos autoriza a pensar y nos pone a trabajar; Lacan ya nos advertía contra la comprensión fácil. Un Lacan, clínico, ético en su enseñanza, con una relación al tiempo y su vida especial, se le describe como alguien separado de su pasado, como si se renovara constantemente, como señala Nathalie Jaudel: “la lógica de su modo de existencia coincide con la lógica de su enseñanza”. Para finalizar Eloise comenta que este libro nos enseña a un Lacan profundamente vivo.
Eugenia Insua bajo el título de su presentación: ¿Por qué seguimos leyendo a Lacan? destaca el carácter inspirador del libro, que en realidad es un número especial de la revista Ornicar? editado con motivo del 40 aniversario de la muerte de Lacan. Como señala Christiane Alberti en el prefacio, se trata de “celebrar al hombre Lacan”; a través del deseo enseñante de su compilador Jaques-Alain Miller donde lo más íntimo y lo más éxtimo de Lacan van de la mano ya que al comienzo del libro se presenta, por un lado, el relato íntimo de un sueño y su análisis, que revela el filo de la verdad freudiana; al lado, un manuscrito inédito e inacabado de casi cien páginas titulado Cuestionamiento del psicoanalista. En él se condensa un momento crucial de la enseñanza de Lacan, escrito al final del Seminario 10, La angustia, como un intento de síntesis de diez años de trabajo, poco antes de la fundación de su Escuela.
En este texto, Lacan afirma que el cuestionamiento del psicoanalista es el verdadero objeto, pero no se trata de interrogar a un psicoanalista en particular. La enseñanza progresa paso a paso y se dirige a quien lee, haciéndolo sentirse concernido, nos indica Eugenia; enseñanza que genera transferencia: uno se pone a leer y queda atrapado. Como se señala en el libro, los textos de Lacan producen transferencia en sí mismos. Lacan hace realmente un discurso deseable, ya que encontramos en este texto un Lacan incansable con un deseo sin ambages, pero sin descuidar la dimensión del otro; así lo confirman los testimonios —de familiares, analizantes, colegas y colaboradores y como no, de su entrañable secretaria Gloria— que dibujan un retrato complejo: un hombre apasionado, caótico, exigente, pero también profundamente respetuoso con el otro. Se lo ve como padre, abuelo, amigo, maestro; alguien capaz de movilizar el deseo sin jamás manipular, como decía su nieta Eve en el libro, dejando a cada uno la responsabilidad por la posición que elija tomar. Esa ética atraviesa tanto su vida privada como su modo de enseñar y de practicar el psicoanálisis.
Eugenia subraya que lo que más le impresiona de la lectura es que a través de los relatos íntimos de los diferentes testimonios: el encuentro con Lacan produce en todos ellos un efecto que trasciende, una suerte de encuentro. Un punto fundamental es el encuentro entre Lacan, Jacques-Alain Miller, marcado por la mediación de Althusser en 1963, poco después de la expulsión de Lacan de la IPA. Miller relata el impacto que le produjo la lectura de Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, que vivió como un auténtico flechazo. De allí se inicia una historia decisiva para la transmisión del psicoanálisis. Althusser subraya que la enseñanza de Lacan modifica al que la recibe.
Un capítulo importante aborda la dimensión institucional. Para Lacan, la institución debía garantizar la continuidad de una praxis y sostener el deseo del analista, más allá de la dependencia de una persona. La formación del analista, basada en el propio análisis, la experiencia de control y el pase, eran condiciones para velar por mantener vivo el deseo del psicoanalista y del psicoanálisis.
Eugenia enfatiza que el libro muestra a un Lacan capaz de dejar atrás lo que no pudo ser y orientarse hacia lo nuevo. Miller lo compara con una serpiente que se desprende de su piel: Lacan no decía nunca lo mismo, aunque utilizara los mismos significantes. Esa constante renovación explica así para Eugenia por qué su enseñanza sigue viva.
Por último, Eloise nos presenta a Antoni Vicens con la conferencia titulada: Intimidad (y extimidad) de un psicoanalista. Vicens inicia su intervención, emotiva y precisa, formulando dos preguntas fundamentales que ordenan toda su exposición: ¿Qué hace un psicoanalista? y ¿qué hace a un psicoanalista?
Lejos de cerrarse con respuestas definitivas, estas preguntas abren un campo de interrogación que atraviesa tanto la práctica como la formación analítica.
Hoy, señala Vicens, lo que hace el psicoanalista es estar ahí, escuchar, anotar las formaciones del inconsciente de quien se dirige a él —el analizante—, sostener la transferencia y acompañar las interpretaciones de vida que se despliegan en ese decir. Pero subraya que lo que hace a un psicoanalista no se reduce a una técnica ni a un saber adquirido, sino que se funda en una formación específica: su propio análisis, los controles de su práctica y una formación continua no académica, sostenida en común con otros, en el marco de una Escuela en su sentido más clásico, donde la queja, y la disputa no deberían tener lugar ya que anulan el deseo, y donde se respete con discreción la singularidad de cada uno. Una Escuela que sea “una cierta forma de vivir”, como decía Pierre Hadot.
Esta definición, sin embargo, no agota la cuestión. Vicens introduce entonces la dimensión de la no vocación del psicoanalista, retomando una formulación de Lacan: el psicoanalista sería aquel que no puede hacer otra cosa. Más que una respuesta, esta afirmación abre un nuevo enigma. ¿Existe una vocación analítica o se trata de una posición que se constituye a partir de una experiencia singular?
Para avanzar, Vicens propone pensar la posición del psicoanalista con las siguientes cuestiones: ¿podrá enfrentarse al desafío de sostener y descifrar el enigma que el inconsciente le presenta bajo la forma del síntoma, la inhibición o la angustia? ¿podrá hacerlo sin confundir sus propias pasiones con las inducidas por la presencia de quien habla de su sufrimiento? ¿Podrá escuchar lo imposible de un deseo sin ofrecer un remedio que todo lo cure? Aquí se sitúa una ética de la escucha que no promete felicidad.
Remite entonces a la experiencia inaugural de Freud y a antecedentes filosóficos como Sócrates: escuchar sin responder, preguntar sin saber. En este punto, aborda la comparación histórica entre el psicoanalista y la Pitia de la antigua Grecia, interrogando las acusaciones de oscurantismo o chamanismo. Recuerda un poema de Paul Valéry dedicado a la Pitia, donde el poder adivinatorio no es otro que el lenguaje, culminando en el verso: “honor de los humanos, santo lenguaje”.
Desde esta perspectiva, Vicens reafirma una tesis central del psicoanálisis: el inconsciente es lenguaje. En lapsus, sueños y errores, el lenguaje habla por nosotros. El decir se teje, con anverso y reverso, y eso es precisamente lo que el psicoanalista escucha, a veces respondiendo, otras guardando silencio. Lacan llevó esta premisa hasta sus últimas consecuencias, apoyándose tanto en Freud como en la lingüística moderna.
Vicens destaca el trabajo de Jacques-Alain Miller, quien en Lacan Redivivus compila página a página la intimidad de Lacan. Por un lado, el borrador de Cuestionamiento del psicoanalista, donde Lacan interroga la identidad del analista en un momento clave de su enseñanza; por otro, una serie de testimonios que muestran la intimidad del hombre. El libro deja ver que por ser psicoanalista no se es menos hombre.
En Cuestionamiento del psicoanalista, Lacan se adentra en lo más íntimo y a la vez más exterior —lo éxtimo— del analista. No ofrece modelos a imitar, sino una pregunta que alcanza directamente al lector. Los testimonios, por su parte, muestran a un Lacan extraordinario, aunque Vicens recuerda que lo extraordinario es también condición humana; lo singular no se idealiza, se atraviesa en el propio análisis hasta que el deseo se convierte en acto.
Así, el libro conduce a una conclusión fundamental: no se puede imitar a un psicoanalista, ni siquiera a Lacan. El analista es siempre singular, alguien que ha llevado su análisis hasta el punto irreductible de lo inclasificable. Solo desde ahí podrá captar la singularidad de su analizante.
Vicens subraya además la disposición del psicoanalista a la caída. Cuando el análisis concluye y las identificaciones del analizante se derrumban, el analista, como soporte, también desaparece. Es entonces cuando puede comenzar a saberse algo del deseo que llevó a alguien a hacerse psicoanalista, un saber siempre parcial, pero con efectos para la técnica, el diagnóstico y la forma de estar en su época.
Finalmente, retoma la definición lacaniana del deseo como deseo del Otro. Para ser operativo en la cura, el deseo del analista debe estar vaciado de fantasías de dominio, heroísmo o erotización. No hay deseo puro, pero sí un deseo advertido, suficientemente elaborado para sostener una práctica.
Se nos muestra un Lacan con gusto por la vida por la vida buena a pesar de los pesimismos, a pesar del dolor, del cansancio, Lacan Redivivus nos da una clave interesante, Lacan obedecía al dicho kantiano Sapere aude. Vicens nos invita con otra pista a traducirlo como sapere, de saborear, atreverse a saborear la vida, saber vivir que no es fácil, en definitiva, sería hacerse cargo del deseo propio.
Las preguntas del público retoman la cuestión de la vocación. ¿Por qué el psicoanálisis no puede ser una vocación?, se pregunta Manuel Fernández Blanco. Vicens responde con franqueza: “eso mismo me pregunto yo; es el gran enigma de este libro, porque todos estos detalles no definen nada”.
Con humor, añade que no hay que tener tantos amantes como Lacan ni caminar o conducir como él. La pregunta persiste: ¿qué hace a un psicoanalista? Lacan la formula una y otra vez, especialmente cuando, tras su excomunión, crea la Escuela y propone el pase. El libro deja abierta esta pregunta, que exige tiempo, trabajo y una experiencia siempre singular. Como señala Vicens, la experiencia sigue en curso.
Magnífica presentación de Lacan Redivivus: un verdadero encuentro con palabras que despiertan, como la vida y la enseñanza de Lacan, reviviéndose con cada gesto de los ponentes provocando un efecto de cuerpo.
¡Enhorabuena!

Socia de la sede de A Coruña, Comunidad de Galicia de la ELP.
