Hay una pregunta escuchada en varias ocasiones durante estas semanas respecto a nuestro comportamiento futuro, ¿seremos mejores personas tras esta catástrofe? La pregunta ha sido motivo de reflexión para mí, porque me parece sorprendente que alguien se la pueda hacer después de 5000 años de civilización, donde lo esencial de la condición humana parece mantenerse y lo que ha evolucionado han sido los medios que permiten hacer bien y hacer mal. Bastaría con el recuerdo de algún texto de Hannah Arendt y su concepto de “la banalidad del mal” –cualquiera puede ejercer el mal en determinadas condiciones- para comprender que no se puede esperar que una pandemia transforme a la humanidad y lo que sí puede hacerse es poner en juego la responsabilidad de cada uno.

Tengamos presente a Freud en “El malestar en la cultura”, para darnos cuenta de la frivolidad de la pregunta. Cito: “La verdad oculta tras todo esto (…) es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se la atacara, sino por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad”1. “En Psicología de las masas”2 nos advierte también de las acciones que se pueden llegar a cometer bajo el efecto de sugestión de un líder y de la identificación a los iguales. Hoy pensamos más pronto en la identificación a una comunidad de goce y las derivas que puede llegar a tomar. Tampoco nada halagüeño. Pero no nos podemos quedar ahí. Pensar que la única respuesta del ser humano sea la maldad nos haría caer del lado cínico.

Hemos sido invadidos por significantes, que no siendo nuevos, se encadenan de una manera nueva. El S1, pandemia, arrastra detrás de sí la serie interminable: confinamiento, distancia de seguridad, sanitarios, pantallas, desescalada, solidaridad, y el inefable “resistiré”. Bien entendido, que tienen pesos muy diferentes. Resalto otra cadena de las muchas que se pueden formar, y que después de pandemia, sigue por: consecuencias económicas, empresas, PIB, desempleo… Y algunas veces, en alguna cadena se incluye la pérdida. ¿Qué significa eso para cada uno?

Creo que la pérdida está poco resaltada, poco tenida en cuenta en el fragor de las actividades, actividades recomendadas por los expertos de diversa índole. También está oculta en el aplazamiento de los entierros, en el cuasi anonimato de las muertes masivas.

La pérdida es subjetiva, aunque haya algunas cuestiones comunes, si la nombramos en singular. Cada pérdida requerirá su duelo y el tiempo y momento de hacerlo. Y primero todavía su tiempo de comprender qué y cuanto se ha perdido. También es pérdida haberse preguntado si seguiremos vivos el mes que viene. Hemos perdido la ilusión, de ilusos, quiero decir, de que somos dueños de todo. A fuerza de dejarnos convencer por el capitalismo de que podemos comprar todo y que tenemos derecho a todo, creíamos que nada malo nos puede pasar. La ciencia también ha estado enredando para que confiemos en vivir 120 años, ahora que ya vivimos 100. ¡Qué bien!, 20 años más para seguir consumiendo. Todo era posible hasta hace dos meses. En apariencia. La realidad es que los cimientos se iban socavando y como consecuencia, era fácil que se produjera un derrumbamiento.

Margaret Atwood tiene un cuento que sitúa en una realidad distópica. El título traducido es “A la hoguera con los carcamales”3. Se trata de que los sujetos ancianos que habitan en residencias, los mismos sujetos que habían arruinado el equilibrio ecológico del planeta, no se resignaban a morir y había que quitárselos de en medio para que no consumieran los pocos recursos que quedaban. ¿Distópico? Hay una diferencia entre el cuento y lo sucedido en la realidad. Aparentemente no ha habido más intencionalidad en la muerte de los ancianos en esta tremenda crisis que la negligencia. Y no han sido los jóvenes, sino el sistema el que los ha dejado morir. Esta vez la pregunta me surge a mí: el sistema y la negligencia, ¿no tienen sujeto de la enunciación?

Alguna de las propuestas de reflexión me llama la atención más que otras. Hay otra pregunta en el aire, que toma diversas formas, y que me atrae porque es una manera de contener la angustia, donde caben todos los fantasmas. Se formula así ¿Qué pasará después? ¿Cómo nos afectará este tránsito por lo incalculable y qué consecuencias tendrá para la humanidad y para los humanos uno por uno?

Personalmente prefiero orientarme desde Freud y Lacan y pensar que los que fantasean con que seremos mejores después de esta tremenda catástrofe, sienten la nostalgia del objeto perdido, esperan la vuelta de algo que nunca existió. Véase la consecuencia del canto a la nostalgia en Stefan Zweig. Su maravillosa narración de “El mundo de ayer”4 describe con detalle cómo fue perdiendo todo aquello que creía suyo. No pudo superar las pérdidas y ya sabemos cómo terminó. Esa es una vía -consecuencia del idealismo- que no hay que tomar. La índole de la tragedia que da lugar a su ensayo es otra, pero el título y la descripción detallada de la pérdida, viene a cuento. No creo que se trate de que debamos ser pesimistas, pero sí de asumir la responsabilidad de cada uno en lo que se construya en adelante. El duelo por la pérdida del objeto se hace pasando por un análisis. Cómo afrontar lo por venir, quizá también.

En los días que he tardado en escribir esta reflexión ha surgido un nuevo significante. Un significante estrella y ciertamente inquietante: “nueva normalidad”. Es preocupante porque en la crisis anterior se cambiaron los parámetros y bajo el lema de lo necesario, se nos coló de todo: Ley laboral y mordaza, rescate a la banca, desmantelamiento de la sanidad… Hemos de estar atentos para no caer ahora en una nueva normalidad que nos reste más derechos. Quizá, incluso podamos poner algo de la subversión en juego. La subversión se refiere a un acto que produce cambios con relación a las coordenadas simbólico-imaginarias

No se trata de revolución. Lacan nos advierte de la tradición revolucionaria en sus textos consecuencia de mayo del 68. La revolución es volver a caer en el discurso del amo. J-.A. Miller nos aclara lo siguiente en una entrevista:

”El psicoanálisis es llevado a poner en valor lo que puede llamar las invariantes antropológicas más que a ubicar esperanzas en los cambios de orden político (…) El psicoanálisis no es revolucionario, sino que es subversivo, lo que no es lo mismo, y por razones que yo he esbozado, a saber: que va en contra de las identificaciones, los ideales, los significantes amo…”5.

No trato de hacer una reflexión política. Eso será para otro espacio, pero sí servirme de los términos: invariantes antropológicas del lado de lo que no cambia. Y del lado de lo que sí debe cambiar: identificaciones, ideales y significantes amo, como elementos que nos llevarían en la mala dirección. Servirnos de los términos, tanto para estar alertas a que no nos arrastre ninguna masa, como para poner en juego la singularidad de cada uno. Los analistas habremos de hacer con lo contingente, acogiendo lo nuevo que se presente.

Mayo 2020

 

Notas:

  1. Freud, Sigmund. “El malestar en la cultura”. Obras completas. Biblioteca Nueva, Madrid 1972, p.3046.
  2. Freud, Sigmund. “Psicología de las masas y análisis del yo”. Obras completas. Biblioteca Nueva, Madrid, 1972.
  3. Atwood, Margaret. Nueve cuentos malvados. Salamandra, Barcelona 2019, p.249.
  4. Zweig, Stefan. El mundo de ayer; memorias de un europeo. El Acantilado, Barcelona 2003.
  5. Miller, Jacques-Alain. Entrevista a Jacques-Alain Miller: “El psicoanálisis: políticamente es un señuelo”, realizada el 6 de septiembre de 2016.

 

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