Fernando Martín AdurizJacques Lacan transmitió a Éric Laurent en el transcurso de las primeras entrevistas de análisis que “uno acaba siempre por convertirse en un personaje de la novela que es su propia vida”. Ese aserto lúcido nos pone sobre una pista. Al modo de esos personajes de Pirandello buscando autor, así nos encontramos cuando nuestro guiñol nos supera, cuando toma vida propia y nos hace perder las riendas, desconociendo así adonde nos encaminamos y por qué. Dejarnos llevar a la deriva, entregarnos a la repetición de nuestros síntomas se torna entonces el horizonte habitual cuando ignoramos las razones que a ese nuestro personaje lo llevan a decir lo que dice, a responde como responde, a quejarse de lo que se queja, y finalmente a enfermar contra alguien o contra sí mismo. Los avatares de una vida, las contingencias —nuestra novela—, nos conducen, y cabe preguntarnos si tenemos margen de maniobra para girar el rumbo y cambiar nuestra ruta, si somos capaces de efectuar una rectificación subjetiva, que es tanto como decir, si aceptamos perder para recobrar la lucidez que tienen los sujetos no demasiados pagados de si mismos, curados de la enfermedad del amor propio y de sus incansables astucias.

Y así, Tolstói habló de que había perdido el control sobre Ana Karenina, llegando a exclamar que hacía lo que quería. Así Don Quijote va por libre, superando a Cervantes, combatiendo con él, y se hace un hueco en la historia de nuestras vidas, siglo tras siglo, más famoso que el propio autor. Michel Tournier tituló un texto “Don Quijote, el hijo ingrato de Miguel de Cervantes Saavedra” donde se pregunta si eso demuestra el éxito o habría que lamentarlo, ese fenómeno de desaparición del autor completamente detrás de su personaje. Además señala otros ejemplos donde el personaje derrota al autor, cual Don Juan frente a Tirso de Molina, o Robinson Crusoe frente a Daniel Defoe. Miguel de Cervantes, un autor maltratado por su destino, por la novela de su vida, inventa un héroe, por las mejores razones, un héroe que le vence, que le devora.

La enseñanza de Don Quijote y Cervantes la podemos aplicar a nuestras vidas, si no deseamos ser devorados por el personaje en que acabamos convirtiéndonos. Nuestra oportunidad es saber si deseamos ser autores, “la obra está primero y espera al autor. Es éste quien tal vez llegue a encontrar el sitio que le esperaba”, Éric Laurent dixit.

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