JoseAlbertoRaymondi-foto

A propósito de nuestro próximo décimo Congreso de la AMP, “El inconsciente y el cuerpo hablante” y de algunas investigaciones en hemerotecas digitales, me he encontrado con un artículo titulado: “La revolución del inconsciente”. En él se menciona un nuevo inconsciente para el siglo XXI, pero por supuesto, la perspectiva en que se aborda no sólo desplaza la invención freudiana, sino reivindica una noción de lo inconsciente -como productividad creativa e inmanente- propia del Romanticismo del siglo XIX. Esta propuesta de un nuevo inconsciente basada en investigaciones neurocientíficas valida, según el artículo, las experiencias creativas de distintos “genios” de la historia. La mención al psicoanálisis y sus propuestas para este siglo son absolutamente omitidas y en el caso en que fue mencionado, se hace sólo para plantear su superación y obsolescencia. He aquí que encuentro la relevancia de este texto ahora, se suma a muchos de los artículos que en prensa omiten las investigaciones del psicoanálisis, y cuando se hace mención a él desconocen su vigencia y su verdadera subversión histórica. Tomaré inicialmente dos extractos (a modo de ejemplo) del artículo para hacer mi comentario, luego iré incorporando fragmentos que muestren la posición de su inconsciente y el que se concibe a partir de Freud y Lacan. Al final dejaré el link que da acceso al texto completo para que se pueda leer en detalle lo que allí se plantea.

«El tema de este artículo se vuelve así sorprendente: el inconsciente puede ser educado. Más aún, toda verdadera educación consiste en eso. Estamos, pues, en las antípodas de Freud. El inconsciente ha dejado de ser una instancia que nos maneja desde la oscuridad, para ser un motor que podemos perfeccionar aplicando la misma energía que produce. Es lo que he llamado «el bucle prodigioso.»

«Ya podemos hablar del «nuevo inconsciente». Con este nombre se designa un hecho conocido por todos los neurólogos. No conocemos las operaciones que hace nuestro cerebro, sino sólo aquella mínima cantidad de sus productos que pasan a estado consciente.»

***

Qué lejos se está aún de la invención que cambió el curso de la historia del pensamiento moderno en Occidente, desde René Descartes. El inconsciente sin duda freudiano y re-inventado por Jacques Lacan a mediados del siglo XX es verdaderamente subversivo y no, como titula este articulo de prensa, «revolucionario». Ya sabemos por Lacan, que una revolución esta hecha para volver al punto de partida. Quizás la propuesta del inconsciente que hace el artículo de prensa si se encuentra atrapada -como las “órbitas celestes”- en su punto de partida, no deja de girar en torno a lo que ya se formuló en el siglo XIX. Siendo así, hacen justicia llamando “revolucionario” a una noción que no es más que un descubrimiento anacrónico con un envoltorio de lenguaje neuro-científico y ornamentos tecnológicos.
Este inconsciente de los neurólogos o de algunos teóricos, llamados filósofos de la mente -que por cierto no se mencionan en el artículo-, no hacen sino una ortopedia de lo inconsciente real al entenderlo como un inconsciente cognitivo. Este inconsciente cognitivo consistiría simplemente en un proceso oculto o en esquemas generadores de un saber que escapa a la consciencia.

“¿Qué constituye ese inconsciente neuronal? Sabemos algunas cosas: guarda conocimientos y procedimientos para elaborarlos o para captar otros nuevos. Para designar estas estructuras de nuestro cerebro, la neurociencia cognitiva ha inventado un concepto: «esquemas generadores»”

Pero, ¿Existe ese inconsciente cognitivo? Cómo dudarlo, en ello no se equivoca el artículo, los ejemplos citados dan cuenta excepcional de ello, matemáticos y lógicos asombrados por algo que ya Freud había afirmado diciendo: «El yo no es dueño ni en su propia casa». Lo que el artículo resalta con sorpresa, no es sino apenas un hallazgo inicial en Freud, pero que tiene el alcance de una ruptura con la tradición occidental, donde el privilegio de la conciencia no reconoció una razonada crítica hasta el establecimiento de la teoría analítica. Ese inconsciente procesador o cognitivo es lo que se ha entendido desde la publicación “Die Traumdeutung” en 1900 como el sistema consciente – pre-consciente. Lo inconsciente en tanto tal no respondía a esa lógica descriptiva. Su régimen obedecía a una modalidad diferente al de un potencial latente esperando ser descubierto. En otras palabras, no están sino planteando como nueva y actual una noción de lo inconsciente que se inscribió en el idealismo alemán pre-freudiano, y que siendo tal, no sólo desconoce los avances de una teoría psicoanalítica actualizada y renovada, sino que no da el lugar apropiado a lo que, hasta Freud, se entendía como un subconsciente. Llaman hoy “inconsciente revolucionario” a lo que se superó hace más de 100 años en el discurso psicoanalítico.

“Según Jacques Hadamard, matemático que sucedió a Poincaré en la Academia de Ciencias, éste era capaz de observar «pasivamente, como desde el exterior, la evolución de las propias ideas subconscientes». Aunque no sean tan geniales, cualquiera de nosotros puede asistir pasivamente a la aparición de sus ocurrencias. Basta con que intenten no pensar en nada y estar pendientes de lo que sucede entonces”.

Más tarde, otra sentencia surcó el camino iniciado por Freud para marcar un precedente aún más imborrable. «El inconsciente es el discurso del Otro», formuló Lacan en 1953, reconociendo el estatuto de lo inconsciente freudiano y reinventando lo que, podríamos decir, abrió el camino para lo inconsciente del siglo XXI. Un inconsciente que al estructurarse como un lenguaje y constituirse en una espacialidad y temporalidad impensadas por Freud, permitió una concepción de lo inconsciente mucho más allá de cualquier noción de interioridad individualista o naturalista. Precisamente Poincaré, notable científico citado en el artículo, podría ser una prueba de lo poco intimista e interior que puede llegar a ser el inconsciente, siendo que él y Einstein, después de siglos sin una idea tan ‘ingeniosa’ para la ciencia como el concepto de relatividad, prácticamente coinciden en fecha con relación a tal descubrimiento: sólo un inconsciente, diríamos desde la conceptualización de Lacan, bajo la perspectiva de la extimidad -exterioridad intima- podría ofrecer las condiciones de posibilidad para explicar tales fenómenos que exceden el campo de la interioridad y la supuesta potencialidad residente en lo individual, y más aún, la noción de ideas subconscientes que podrían emerger en forma creadora. El “eso habla”, “eso piensa” subrayado por Lacan, rompería definitivamente con lo especular de una imaginería del yo-tu y de esquemas generadores que suponen una inteligencia creativa que espera ser descubierta en el interior de cada quien. Teoría de la relatividad, por cierto, que no fue omitida por Lacan para concebir un inconsciente que hizo ruptura con las nociones clásicas de espacio-tiempo vigentes aún en la teoría de Freud.

“Joaquin Fuster, uno de los grandes neurólogos actuales, acaba de hacer una afirmación paradójica: «La libertad para actuar, y sobre cómo actuar, está potenciada por el conocimiento inconsciente». David Eagleman, en su libro Incógnito (Anagrama), afirma que hemos presenciado el «destronamiento de la mente consciente». Creo que no es cierto. Al contrario. Creo que comenzamos a entronizarla, porque al conocer lo que ocurre por debajo del nivel de la consciencia, podemos conseguir que trabaje mejor.»

Más bien al contrario, se trataría no de un inconsciente neuronal, dócil y programable sino de un inconsciente que retorna en el equívoco: del hablar, del actuar; pero también en el arte, en la ciencia, en la producción de la cultura. Y no como el artículo presenta:

“El lenguaje es un ejemplo claro. Cuando aprendemos una lengua, aprendemos una serie de esquemas sintácticos o semánticos capaces de producir nuevos productos lingüísticos. Fue el descubrimiento principal de Chomsky: las estructuras generativas.”

No se trata de un inconsciente que contiene, en un espacio de doble fondo, los recursos de un lenguaje que estarían al servicio exclusivo de la comunicación y la expresión. El inconsciente estructurado como un lenguaje se encuentra en las antípodas de una concepción del lenguaje que implicase una dimensión latente en la vida de los seres hablantes; afirmamos incluso radicalmente que, antes que hablar somos hablados. Se trataría, entonces, de un inconsciente que se hace sinthoma y reconoció en James Joyce un ejemplo paradigmático del hacer obra. Obra que supone un “saber hacer” a partir de lo que no cambia y sin las promesas ingenuas de una educación y aprendizaje posible. Un inconsciente real, que funciona a partir de un acontecimiento de cuerpo que no se ajusta al saber biológico ni neuronal, sino que hace disturbio en lo natural de la vida abriendo una brecha que no se cancela con el adiestramiento y el entrenamiento de las estructuras cerebrales. Como lo sugiere el texto de prensa:

“Recuerdo mi extrañeza la primera vez que desde mi educación cartesiana leí sobre la educación del inconsciente. Fue en un libro de D.T. Suzuki, uno de los introductores del budismo zen en Occidente. Hablaba del «inconsciente adiestrado mediante el entrenamiento».”

“Lo peculiar de la inteligencia humana es su capacidad de «construir el inconsciente» y su capacidad de utilizarlo después conscientemente.”

La radicalidad de lo inconsciente -desde Freud y Lacan- reside en un saber no-sabido que no por su opacidad es menos eficaz, al contrario, se nos impone al margen de la voluntad y es refractario a cualquier protocolo de educación como ingenuamente plantea el texto. ¿Educable entonces? Legible sí, descifrable sí, pero no sin restos, ya que lo real, refractario al entrenamiento y programación, escapa a la semántica y obedece al régimen de una iteración que conserva en su núcleo la escritura de aquello que excede el calculo de la ciencia y la ortopedia de la técnica. Lo inconsciente no se presta a gobierno, administración o educación alguna. Puede leerse, y hallarse allí la verdad singular que implica para cada ser hablante; sería un libro que sólo puede ser leído por quien padece su acción; un libro en el que su letra revela el nombre propio de cada cual, un nombre que excede la legalidad del orden establecido. Un inconsciente que se escribe en el cuerpo y que si pudiese tener un nuevo nombre sería, quizás, el de parlêtre: el de un cuerpo hablante. Y que no se constituiría, por tanto, en las coordenadas de la conciencia y sus fronteras, sino que se constituye en las coordenadas del lenguaje y la palabra que abaten al cuerpo, inscribiendo en él, por el hecho de hablar, modos de gozar que desafían el imperativo de control que procura cierta ciencia dominante.

Fuente: elmundo.es

Comparte / Imprime este artículo
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Print this page
Print
Email this to someone
email