A. Extracción del efecto
El título del próximo Congreso de la AMP en Bruselas destaca como tal el efecto-de-formación. ¿Qué valor darle a esa extracción del efecto?

1-. Se admite que algo como un efecto-de-formación se produce, y se lo admite como algo dado de hecho; se supone un sujeto operando como analista porque se ha vuelto apto para hacerlo, dicho de otra manera, se supone que es posible poner un sujeto en condición de operar como analista.

2-. De este efecto admitido como algo dado de hecho se quiere ceñir la causa, es decir, las causas. Es por eso que el subtítulo con el cual se completa el título elegido, indica: «sus causas». Destacar el efecto tiene por consecuencia separarlo de lo que lo determina. Cuando se pone en exergo un efecto, es que se admite que hay una hiancia entre él y su causa, que el efecto conserva algo de sorpresa, que no es del mismo orden que su causa, que no se sigue de ésta linealmente, y sin solución de continuidad. Nosotros admitimos el efecto como empíricamente constatable, nosotros buscamos ahí las causas como hipotéticas, sin prejuzgar lo que ellas son.

Destacar el efecto-de-formación es admitir implícitamente que no hay automatismo de la formación analítica; no encontraremos un mecanismo; no lo buscamos; damos su lugar a la contingencia. Es la razón por la cual el sub-título indica no solamente «sus causas», sino también «sus lugares», dejando abierta la cuestión de saber dónde, en qué lugares, se efectúa la formación.
La contingencia como la multiplicidad de causas y de lugares de formación, la complejidad de sus articulaciones dejan presagiar que se encontrará en el efecto un carácter paradojal: es la razón por la que nosotros mencionamos igualmente en el subtítulo: «sus paradojas».

B. Equívoco de la Causa
Si destacamos «el efecto-de-formación», es que la causalidad en juego en la formación analítica nos aparece de entrada como no siendo unívoca. Nosotros no tratamos de detallar un método de formación. ¿Cómo se forman los analistas? La respuesta será dada a nivel de la descripción. La prescripción en esta materia podría bien no ser más que una utopía.
Si es necesario, sin embargo, llegar a la prescripción, que sea en el espíritu de Renan («Vida de Jesús»): «Para obtener menos de la humanidad, es necesario pedirle más».

C. Panorámica
Demos un fondo a la cuestión, extendámosla.
1 – La formación no concierne sino al psicoanalista. Se forma en numerosas prácticas especializadas, tanto en las del profesor como en las del bombero ó del psiquiatra. Se forma en un gran número de prácticas. Estas formaciones han evolucionado con el curso del tiempo, tienen su historia, algunas son susceptibles más que otras de esclarecer lo que hace el propósito de la formación del psicoanalista.

2 – En segundo término, se encuentra igualmente la cuestión de la educación como tal, desde los cuidados hasta las formas más elevadas de la cultura. Podemos convocar «Paidea» y «Bildung».

3 – La formación es función de la civilización: es decir, si la encuesta histórica es vasta.

D. De la formación a la «trans-formación»
La cuestión de la formación es siempre más sutil cuando su fin no es solamente obtener la adquisición de saberes, sino también la aparición de ciertas condiciones subjetivas, una transformación del ser del sujeto. Esta se presenta tanto cuando se trata del psicoanalista, como del operador religioso, el cura, o aún del mago, del brujo.

Conviene también incluir la formación en la sabiduría tanto en sus formas antiguas, grecoromanas como en sus modalidades orientales. Hay, por ejemplo, una formación Zen, acsésis dirigida por un maestro donde se trata esencialmente de obtener una transformación subjetiva, sin transmisión de algún saber especializado (bajo el signo de S1, el bastón, no de S2).

E. El punto de fuga
Se distinguirá siempre, en la formación, contenidos epistémicos y mutación «psíquica». Cuando una formación exige la mutación psíquica, ella comporta un punto de fuga.

Hay formacionescon punto de fuga, hay formaciones sin. La transmisión epistémica es verificable por los exámenes, las pruebas estandarizadas, mientras que la verificación de las formaciones con punto de fuga es más problemática.

Asimismo las formaciones comunes, es decir, las más comunes, comportan siempre la idea de que la formación transmite una manera, un espíritu, se realiza en el surgimiento de una nueva naturaleza del individuo: ser un «verdadero» (x).

La obtención de una mutación psíquica por formación supone siempre poner a distancia contenidos epistémicos. Es un gran «topos» de la tradición humanista.

F. Releamos a Séneca
Tomemos la carta 88 de Séneca a Lucilius: «Deseas, -le escribe a Luicilius-, saber lo que pienso de los estudios liberales: esas artes deben ser nuestros estudios elementales y no nuestros verdaderos trabajos. Ya ves porqué fueron llamados estudios liberales: porque son dignos del hombre libre. Por lo demás, sólo hay uno que sea verdaderamente liberal, el que hace libre: el de la sabiduría, estudio elevado, fuerte, magnánimo. Todos los otros son pequeñeces y puerilidades.»

Una nota de mi edición precisa que las artes liberales tienen para Séneca una definición más estrecha que aquélla común de su tiempo: son para él las artes del razonamiento. Y precisa aún: «El gramático maestro de escuela es a menudo un liberado, es decir, un esclavo que da una enseñanza liberal». Ella señala muy alegremente: «Esos maestros de pobre origen eran considerados como seductores de los muchachitos a ellos confiados. Encontrar un maestro no pederasta era un problema para las familias. En sus epitafios, ciertos maestros se jactaban de haber sido castos. Ellos tenían entonces una escuela para las familias distinguidas».

Séneca enumera en esta larga carta las artes y las ciencias, para descalificarlas respecto de la sabiduría: «Todos esos saberes que tú puedes aprender, Lucilius, no cuentan respecto de aquello que sólo vale verdaderamente, la adquisición de la sabiduría, y saber distinguir el bien y el mal, y mantenerse como es necesario en la vida».

Séneca dice ahora una muy bella frase, que inspira la problemática humanista, y en la cual se encuentra la paradoja en las enunciadas por Lacan sobre la formación del analista: «Todos esos saberes, no debemos aprenderlos, sino haberlos aprendido. Es una condición previa. Es siempre en pasado, siempre se dice de los clásicos que se los relee, jamás que se los lee. Es una actividad sin primera vez; la formación que vale comienza siempre después. El aprendizaje no es la formación; él la precede; la formación verdadera consiste siempre en saber ‘ignorar lo que se sabe’” (cf. «Ecrits», p.349).

La formación tiene siempre por objeto una perfección; la formación estoica tiene por objeto la perfección del alma: «La única cosa que puede conducir al alma a la perfección, es la inmutable ciencia del bien y del mal. Ahora, ningún otro arte tiene la búsqueda de los bienes y los males por objeto, sino la filosofía entendida como sabiduría».

El rechazo de todos los saberes respecto de la sabiduría no es un escepticismo; Séneca no rechaza menos el saber de aquellos que enseñan que el saber no es nada: «Relegar ese fárrago en la pila de las cosas inútiles que enseñan las artes liberales». Séneca no sólo enseña que él no tiene nada a saber, sino que el saber no es nada en comparación con la sabiduría.

G. La zona éxtima
No se trata aquí de extravagancias. No es una de esas sabidurías orientales de las que tanto nos cuesta captar el exacto funcionamiento. Es el «mainstream» (corriente principal) del humanismo occidental, tomado en la Roma Imperial en un punto donde la doctrina de la formación está ya formalizada.

La misma lógica se encuentra en la doctrina más aceptada de Lacan, que pone en el centro de la formación del analista su propio análisis. Es una zona donde desfallecen los saberes que se enseñan por la vía exterior.

Para situar las cosas, tracemos un círculo. Coloquemos en el centro un círculo más pequeño representando la zona éxtima, que es aquella del análisis, con su término, llamado «pase».

Sobre su perímetro, inscribamos los saberes que son susceptibles de ser adquiridos por los medios comunes. Entre los saberes periféricos a la zona éxtima, están también «las ciencias afines» al saber analítico (si se entiende por eso los textos que nos quedan de la aventura psicoanalítica, o la literatura que sigue produciéndose todos los días). Es un fárrago, expulsando en la zona exterior a la zona éxtima.

H. Antinomia y combinatoria
Cuando se trata de la formación analítica, ya sea en las versiones sofisticadas que Lacan nos ha presentado o en las versiones borrosas, groseras, hay siempre -entre las dos regiones del esquema- una tensión que puede ir hasta la antinomia.

Eso puede ser la puesta en cuestión, la depreciación, el rebajamiento, la suspensión, es decir, la anulación de los saberes específicos respecto de la operación de transformación subjetiva efectuada en la cura.

En el momento preciso, enero 1975, en que comenzaba la epopeya del Departamento de Psicoanálisis del que yo me convertía en director, es lo que me había inspirado para marcar discretamente que nosotros no éramos incautos del ideal de la formación, ilustrando la cubierta del número 1 de Ornicar?, con un grabado de Hogarth representando un pequeño mono malicioso regando los retoños raquíticos y muertos en sus macetas.

Un comentario de Wittkover aparecido en el número 2 daba la clave: es una burla de la educación, de la gramática, madre de las artes liberales, representada tradicionalmente bajo las especies de una bella persona regando los jóvenes brotes. Como la carta 88 lo muestra, la distancia tomada del fárrago formativo no es menos clásica que la reverencia que se le hace a la formación.

La antinomia puede jugar en sentido inverso, en beneficio de los saberes de la zona periférica, lo que reduce por lo tanto el valor formador del análisis del sujeto hasta volverlo secundario, es decir inesencial. El acento puesto sobre el «cursus» en la tradición procedente del Instituto de Berlín, y del cual el inventor fue el curioso Max Eitingon, va en ese sentido. Notemos al pasar la reticencia de Freud a instalar en Viena un Instituto de ese tipo; después él cedió.

La antinomia desaparece y la tensión se atenúa si se tiene en cuenta que los saberes existentes bajo el modo exotérico son susceptibles de encontrar una nueva gravitación, es decir, de conocer una transformación inédita en función del análisis del sujeto. Es la misión que Lacan asignaba en 1975 al Departamento de Psicoanálisis, en un texto que Uds. encontrarán en la página 313 de Otros Escritos: «Acaso en Vincennes se admitirán las enseñanzas que Freud formuló como aquellas en las cuales el analista debía tomar apoyo, confrontar allí lo que resulta de su propio análisis: es decir, no tanto para qué ha servido (su propio análisis) sino de qué se ha servido éste.»

Se tiene aquí el principio de una combinatoria que va de la anulación de los saberes específicos para liberar el efecto éxtimo, hasta la reducción de lo éxtimo en beneficio de la transmisión de saberes efectivos. Notemos que es justamente cuando lo esencial de la formación es éxtimo que se abre voluntariamente los seminarios al público, mientras que se los cierra tanto más cuando la transmisión ahí es más playa, banal. Es cuando no hay nada que ocultar que se oculta; se divulga sin reticencias cuando lo que es ocultado lo es por estructura y que nada vale respecto de eso.

Entre los dos extremos, hay lugar para todos los matices, las dosificaciones, todas las finas articulaciones entre la parte éxtima y la parte exotérica de la formación.

I. Esotérico versus exotérico
Esta repartición no es sin relación con el clivaje más tradicional cuando se trata del acceso a la sabiduría: de un lado, la iniciación esotérica; del otro, la enseñanza exotérica.

J. «Mianálisis» y «mipráctica»
Este clivaje elemental reparte también la experiencia del analizante y su práctica analítica La práctica analítica de la cual se es el agente (las curas que se conducen), lo que se aprende de eso, se sitúa en la zona exterior. Es por eso que Lacan no lo toma en consideración en el pase.

De donde se produce un clivaje entre dos términos: de un lado «mianálisis», y del otro «mipráctica». No hay un acuerdo maravilloso, una armonía entre «mianálisis» y «mipráctica», sino singularmente una tensión.

Según Lacan, lo que «mianálisis» ha enseñado al sujeto, una vez llegado al fin del análisis, lo ponía no solamente en condición de practicar el análisis, sino también en condición de enseñarlo y hacerlo progresar, es decir, de analizar la comunidad misma de la Escuela que ha soportado y consagrado su trayectoria. Depreciaba la función formación de «mipráctica», se burlaba, veía allí rutina, amortización, olvido.

K. Control y clínica
Ensayemos ahora introducir en la zona exterior las diferenciaciones que responden a lo que es nuestra práctica de hecho en esta Escuela.

Hay una zona próxima a lo éxtimo: es el control. Ella hace litoral entre lo éxtimo y la zona exterior.

Se tiene el saber clínico como próximo al control.

El resto de los saberes son susceptibles de repartirse según diversas clasificaciones.

La Escuela, si ella es otra cosa que una utopía, deberá tomar en cuenta sus círculos, sus articulaciones.

Una última palabra
Vasto programa para el seminario del año próximo. No quisiera dar la sensación de que nos implicamos en una reflexión intemporal. Si nosotros la abordamos hoy, es que tenemos prisa, tanto por nuestro Congreso 2002 como por la actualidad.

En los años ’60, Lacan deploraba la negligencia de los poderes públicos respecto del Psicoanálisis, y lamentaba que ellos no se pusieran en contacto para pedirle a los psicoanalistas justificar su práctica. Esta época es lejana; sin duda se podía tanto más llamar al control del Estado cuanto que no estaba muy lejos de ejercerse; ahora que estamos más cerca de eso se afligen aquí o allá por las reglamentaciones que afectarán el medio psi.

Esta perspectiva hace estremecer a nuestros colegas de la nebulosa lacaniana; se adivina su lamento por haber sido cigarras cuando nosotros éramos hormigas. Pero por sentirse más desprovistos que nosotros, se los ve tal vez más alertas. Algunos han querido reunir antecedentes a propósito de la formación.

La nebulosa no es la única en conmoverse. Las instituciones establecidas están también en movimiento: ellas toman contacto con los gabinetes ministeriales; el presidente de la Sociedad Psicoanalítica de París se propulsa en la nebulosa. Al mismo tiempo que él demuestra una apertura tanto más loable cuanto que ella es inédita, su asociación parece trabajada por otras fuerzas, a juzgar por un artículo recientemente aparecido, que avanza sobre «los lacanismos». Se censura ahí tanto más severamente la formación que nosotros dispensamos cuanto que se lo ignora todo; se nos imputa de poner al público en peligro por nuestra impericia; se juega a los fariseos.

Esta agitación es vana. Nosotros tenemos mejores cosas para hacer: reflexionar seriamente, y no solamente para nuestro beneficio: para aquel del movimiento psicoanalítico en su conjunto porque no hay nadie más para hacerlo.

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