Ahora me parece un chiste el que mi último texto publicado en nuestras listas llevase por título “El tiempo del diván”. Era una pequeña contribución para el boletín on-line preparatorio de nuestra Conversación Clínica del ICF-E que estaba prevista celebrarse bajo el epígrafe Comienzos de Análisis, en Barcelona, durante el primer fin de semana de Marzo, como cada año. Fue la primera de las cancelaciones de eventos y actividades que a partir de ese momento fueron sucediéndose en cascada en La ELP, el ICF, la SCB y el NUCEP. ¿Aún no hace un mes de esta primera cancelación? Me pregunto estupefacta.

La emergencia sanitaria desatada por el COVID-19, con las subsiguientes consecuencias sociales, económicas, y también políticas, me produce un cierto efecto de extrañeza en relación al momento subjetivo en el que escribí aquel texto, tan ajeno a lo que se desencadenó muy poco tiempo después. Ajeno, ¿o no tanto?

Numerosos colegas de la ELP y de las demás Escuelas que conforman la AMP han comenzado a tratar con sus textos el vacío con el que nos hemos topado inesperadamente, lo real siempre desborda el marco de la realidad. El saber es el brocal que transforma el vacío en agujero porque permite ir circundando este real que el virus invisible ha dejado a cielo abierto. Como una preciosa tela de araña, el vacío se transforma en red, hilo delicado, nudos y agujeros. Hemos sido empujados a un rápido tiempo de comprender que solo se nos revela como tal después del encontronazo con lo real, que no es el virus en sí mismo, sino lo traumático, efecto subjetivo de lo que su aparición ha desencadenado. Hemos tenido que comprender algo a toda prisa, sin tiempo apenas, porque el acontecimiento ha impuesto una elección forzada. Las excelentes publicaciones que he podido leer son la seda de la araña, tan sutil como resistente (es uno de los materiales más resistentes que existen) que va creando el tejido, el texto de un saber inédito. Todos los trabajos que he podido leer hasta ahora dan cuenta de cómo, en el escenario que el COVID 19 ha puesto en juego, el psicoanálisis tiene algo muy valioso que decir y que hacer y así, en acto y après coup, vamos desgranando nuestro tiempo de comprender. Porque igualmente este nuevo escenario ha sacudido nuestra práctica, ¿cómo no?, ¡estamos concernidos por el horizonte de nuestra época! Los psicoanalistas también estamos confinados, atentos a las consecuencias inmediatas y a más largo plazo de esta pandemia, atentos a nuestras familias, amigos, colegas, preocupados porque algunos ya enfermaron, por lo que puede, o no, venir…

Pero el confinamiento también puede ser es una oportunidad para relanzar la pregunta por el lugar del psicoanálisis y para debatir sobre los efectos novedosos de este real en la técnica, en la práctica, sobre lo terapéutico, lo ético y la formación

Desde el 15 de marzo he acudido a una consulta, cada mañana y cada tarde, cada vez más vacía la pasada semana y, ya está semana, vacía por completo. Nadie se ha tendido en el diván, nadie se ha sentado frente a mi, únicamente el sillón del analista ha sido ocupado. Y en esa soledad he atendido prácticamente a todos los que me han otorgado, por virtud de la transferencia, el lugar que encarno para ellos. El teléfono, y en menos ocasiones la video-conferencia, han sido las nuevas herramientas empleadas. En más de treinta años, nunca formaron parte para mí de la técnica analítica, ni como analizante ni como analista, y, literalmente, de la noche a la mañana, sin tiempo de comprender, el instante de ver me empujó a partir de un íntimo “y tú, ¿qué vas a hacer, cómo vas a responder?”, a abrir los ojos y saltar, sin el asidero de un saber de antemano.

Sin embargo, sí que tengo un asidero, es el asidero del deseo que, como analista, es efecto de lo que me causa en la vida. Ese deseo me ha hecho responder, decidir no sustraerme y estar presente como buenamente pueda. Y en este momento extraordinario incluir como soporte técnico una virtualidad de la que nunca antes había hecho uso ni creo que vuelva a tomar como recurso cuando las circunstancias lo permitan. Sigo considerando que la presencia de los cuerpos es un elemento técnico imprescindible, que el acto analítico no es in absentia, pero en estos momentos, paradójicamente, el modo de que el cuerpo siga compareciendo es mantenerlo a salvo del virus, y también de la pulsión de muerte que encuentra en él un excelente aliado. Hay ahora una incompatibilidad entre el primer deber de todo ser vivo que es, siguiendo la máxima freudiana, el deber de soportar la vida, y arriesgarla manteniendo la comparecencia de los cuerpos en la sesión analítica; es una imposibilidad esa comparecencia. El discurso del analista hace de la imposibilidad el motor de su acción, sin cancelarla. Así que el analizante se queda a un lado del teléfono o de la pantalla y el analista en el otro y la presencia la sigue sosteniendo un recorte del cuerpo vivo, la voz. La apuesta es que el buen uso de la imposibilidad, a partir del deseo que nos atraviesa como analistas alcance a sostener la presencia para que el desplazamiento, la movilización, el viraje, se produzca aunque los cuerpos por ahora no puedan hacerlo.

Comenzaba mi reflexión sobre El tiempo del diván con una pregunta sobre por qué los analistas solemos hacer uso del diván como recurso técnico. La presencia del analista se juega en la sesión a través de la voz… y del silencio, y su lugar se anuda a una mirada supuesta pero no visible. Hay cierta incompatibilidad entre la mirada y la palabra, el acto y el ojo. Y está la dimensión del tiempo, que en el acto analítico toma la dimensión del instante propicio. Si nuestra sesión es breve, es para intentar impedir que la cadena significante vuelva a cerrarse sobre la serie de la repetición y para hacer emerger la imposibilidad de decirlo todo. Hacer semblante del objeto causa no lo asegura ningún diván, pero sí que puede ser un recurso técnico -especialmente en esta época de la globalización de la mirada y el decir todo- al servicio del deseo de diferencia absoluta que está atravesado por la contingencia y el no-todo.

Hoy los cuerpos están confinados; no podemos tocarnos, incluso en algunos casos aunque vivamos juntos. Hoy esa globalización de la mirada toma un sesgo aún más siniestro porque hay un enemigo invisible que merodea entre nosotros. Hoy contamos aún con el uso de la voz y la presencia que puede vehiculizar para seguir haciendo objeción, como siempre, a la pulsión de muerte, y continuar alentando la pregunta que sostiene nuestra transferencia de trabajo hacia la Escuela de qué es un psicoanalista, también en los tiempos del coronavirus.

26 de marzo de 2020

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