La juventud de la Escuela*

¡Bienvenidos a la CdC-ELP! El tema que hoy nos ocupa fue propuesto por la Junta directiva de la CdC-ELP. Hay que señalar que no tuvimos ninguna duda al respecto. Poder debatir la política de la juventud y nuestra preocupación por el futuro de la escuela fue, desde que iniciamos nuestro mandato, una cuestión central.

En primer lugar, porque en nuestra comunidad hay una creciente presencia de jóvenes, ya sean estos socios de alguna de nuestras dos sedes, ya sea como asistentes a nuestras actividades. En segundo lugar, porque una parte importante de los motores que hacen posible toda la actividad de la CdC-ELP, conformando comisiones y cárteles o integrando gran parte del trabajo de vocalías como Freudiana, la Biblioteca o Difusión, la integran jóvenes. Y, en tercer lugar, porque queremos que ellos, los jóvenes, tengan el interés de formar parte de la Escuela. Pero, ante todo, nos parecía fundamental promover un espacio de debate donde tomen la palabra.

Pienso que el significante JUVENTUD es, por su extrema ambigüedad y por su dificultad de aprehensión, un punto de partida muy privilegiado. El diccionario de la RAE dice que la juventud es el periodo comprendido entre la niñez y la madurez; no mucho más, y además no hay consenso para poder ubicarlo con precisión cronológicamente.

Comencemos centrando la categoría de JUVENTUD en la Escuela. Es decir, ella, la escuela es la que es joven. Podemos entonces hacer un ejercicio para desimaginarizar el término. Se trata de no hacer de la juventud una fase con su delimitación de inicio y final, de no hacer de ella una esfera cerrada, pues eso contribuiría a hacerla existir como una fase acotada de la vida, y con ello “haríamos existir la relación sexual”.

Si pienso que JUVENTUD es el significante que conviene a la Escuela, es por su propiedad de pasaje, de estar ella en un entre. La juventud de la Escuela es la que está siempre haciendo el pase. Pues bien, ese lugar de tránsito, indeterminado, que no tiene una forma concreta, es aquél que escapa de la infancia. Es importante que la Escuela no sea infantil, no esté ubicada en el principio del placer freudiano donde reina el narcisismo. Igual de importante es que tampoco se pretenda madura, sabia, experimentada. Lacan detestaba el psicoanálisis didáctico de la IPA –ese fue un motivo no menor de su expulsión- precisamente porque instituía lugares de poder, hacía consistir el Otro del Otro, infantilizaba a los futuros analistas y, por tanto, de nuevo, “hacía existir la relación sexual”. Ceder en este punto, es obturar el agujero en el Otro, en el saber, que el psicoanálisis necesita para su desarrollo.

La JUVENTUD está connotada por la vigorosidad, la energía y la búsqueda. Con el firme deseo de dejar de ser niños, la juventud se decide a transitar un espacio privilegiado de construcción de su propia identidad que, si bien nunca se alcanza, se dirige a su singularidad. Está marcada por ingresar en la toma de decisiones, en la exploración, en apropiarse del camino que se recorre y en cometer infinidad de errores. La JUVENTUD es inconformista, no se deja adormecer, rehúye y desafía el poder. La angustia que le es propia está al servicio del motor que la empuja a seguir. Como ven, todas esas cualidades no están adscritas a ninguna cronología. Como decía Pierre Rey, nos lo confirma la cantidad de jóvenes octogenarios y de viejos de veinte años con los que nos topamos cada día.

El psicoanálisis lacaniano no adhiere a las fases del desarrollo psicosexual y afectivo. Lacan siempre hizo una crítica radical del Genital Love, esa suerte de fase lograda de maduración sexual a la que no pocos post-freudianos sucumbieron. La JUVENTUD tiene algo de goce femenino. Nadie sabe muy bien que es ser joven cuando lo es, como la mujer. Cuando se sabe que es ser joven o ser mujer, pues bien, es porqué ya no se está más ahí.

Por tanto, nuestro debate en torno a la JUVENTUD trata de los cuerpos que conforma la Escuela. En la Escuela se trabaja desde una posición analizante, que podría ser otro de los modos de pensar la juventud: instalados en el trabajo perpetuo contra nuestro inconsciente, el analizante se dirige a la escritura de su propio sinthome, a afinar su modo de hacer singular que es la mejor manera de hacer lazo con los otros. El lazo social de nuestra comunidad es un lazo muy particular, puesto que lo conforma la soledad del trabajo analizante que, agujereando la forma esférica de su realidad psíquica, habilita una nueva manera de enlazarse y de hacer existir la Escuela.

Nuestro cometido es que el psicoanálisis perviva al servicio de hacerle la contra al avance mortífero de la pulsión de muerte en la civilización. Ese cometido es enorme y por eso mismo requiere hacerse con la alegría que solo se obtiene de enfrentar la castración a condición de trabajar escribiendo, cada vez mejor, el fracaso del síntoma.

Son tiempos de alto voltaje. El psicoanálisis tiene el reto, como siempre, de estar a la altura de su época. Lacan nos legó un axioma centrado en la función paterna para orientarnos: Prescindir a condición de servirse. La Escuela ha sido y sigue siendo el lugar de la formación del analista. Sin esta formación el ejercicio del psicoanálisis lacaniano no estaría presente en una parte del mundo. Esta valiosísima formación no es pedagógica ni universitaria, sino que es propia del discurso analítico. Que rehuyamos las jerarquías, que sus instancias se desplieguen bajo el régimen del no-todo, no quiere decir que seamos iguales. Mas al revés: como sucede a los redondeles de los tres registros del nudo, son equivalentes, pero se distinguen entre ellos, no son iguales, se anudan de no anudarse. La conformación de nuestra Escuela se inspira en ese nudo. Cada analista con su recorrido se hace responsable de su propia formación, la que no es sin los otros. Por eso para “prescindir a condición de servirse”, se trata, no de imitar a nuestros predecesores, a nuestros analistas, sino de hacer como ellos.

*Texto presentado en el espacio “Mañanas del directorio ampliado” celebrado en la CdC de la ELP el 27 de septiembre de 2025.