La caza, última película de Thomas Vinterberg, desgarradora, conmovedora y profundamente humana es, sin lugar a dudas, una obra maestra. En su sencillez argumentativa está condensada y reflejada la estructura misma del vínculo social de ese animal civilizado que es el ser humano. La caza de venados en un bucólico y tranquilo pueblecito, dará un encuadre preciso de eso que comporta la civilización. El instinto humano de matar sublimado en actividad colectiva, es mucho más que un deporte: está al servicio de transmitir lo que quiere decir ser un hombre. En el ritual de iniciación del cazador, los jóvenes reciben por parte del padre la escopeta e ingresan, de este modo, en el círculo de la hombría colectiva, abandonando la infancia para siempre.

Lucas, un hombre recién separado, profesor de escuela que se ha quedado sin empleo, se incorpora a trabajar en el parvulario de su pueblo. Comparte con los amigos de la infancia la afición por la caza, las reuniones, la amistad… Todo bien. En su nuevo trabajo los niños juegan con él, la directora está contenta, todo está en orden… hasta que un día, un acontecimiento, aparentemente banal, trastocará su vida y la de su entorno. Klara, la hija de 5 años de su mejor amigo, un poco enfadada porque éste no quiere ser su novio, miente. Le cuenta una mentira a la directora de la guardería. Le dice que Lucas le ha enseñado la verga.

A partir de aquí, se va tejiendo una acusación de abuso sexual que se hará extensible a todos los niños del parvulario. La mentira de la niña dispara, por parte de los adultos, la fabricación de un monstruo. El afable profesor despierta del sueño e ingresa en la pesadilla de la realidad. Nadie, a excepción de su hijo y dos o tres amigos, va a creerle. Lucas es culpable del peor crimen que se puede cometer. Poco importa que la justicia no pueda hallar indicio alguno de lo “ocurrido”, ni siquiera que la niña repita que eso no sucedió, que Lucas no le hizo nada. Ya no hay marcha atrás. Una vez impresa la acusación en el tejido social, ésta va a quedar grabada con sangre y él pagará por ésta.

El pueblo entero lo va a señalar con el dedo, expulsándolo del último rincón de sus casas, de sus tiendas, de su iglesia. Nada importa que hasta el momento fuera un buen tipo, conocido y amado por todos.

Se puede entender bien el rechazo que suponen, aún hoy, las tesis de Freud sobre la sexualidad infantil. La pureza de los niños es incuestionable. Pero no sólo eso: la película muestra la ceguera constitutiva de lo que envuelve el amor y la estofa con la que está hecha el lazo social. La acusación de monstruosidad volcada sobre este hombre, da cuenta de la constitutiva del ser humano, haciendo caer con furia toda la fuerza del rechazo, la humillación, la mentira y el desprecio sobre alguien que no tiene, siquiera, la oportunidad de defenderse. Lucas encarna el objeto a del sujeto colectivo. Se convierte en su elemento éxtimo: lo más íntimo deviene lo más siniestro y debe ser expulsado afuera. Poco importan sus actos hasta ese momento… él es ahora el basurero donde irá a parar toda la mierda: ese es el precio a pagar por vivir en comunidad. El culpable detenta el goce más oscuro, y así, todos los demás están a salvo.

Es interesante ver que la naturaleza misma de la acusación proviene del colectivo, no la encarna nadie y en ese sentido es mucho más feroz e indestructible. La comunidad se revitaliza, está fuertemente conmovida y unida frente al culpable. Por eso la sentencia judicial a su favor no cambia un ápice las cosas, porque lo que es juzgado no son los hechos, sino su condición humana. La película muestra magistralmente la fragilidad de la realidad y la paz social, anclada en el goce oscuro de la pulsión de muerte, en donde el amor al prójimo es su siniestro velo.

Lacan, en El seminario de la Ética del Psicoanálisis, se expresa así: “La realidad es precaria. Y, precisamente en la medida en que su acceso es tan precario, los mandamientos que trazan sus vías son tiránicos. En tanto que guías hacia lo real, los sentimientos son engañosos”. Lo muestra bien su última escena, donde Lucas, cual venado, se convierte en el blanco al que apunta la escopeta de la sombra de un vecino, que no duda en disparar a matar.

Al salir del cine escucho a un chico decir: “No hay que hacerse profesor de niños pequeños”. Pienso que esa frase bordea una verdad. De alguna manera Lucas paga el precio por salirse de los roles establecidos, porque la chispa que enciende el suceso no es casual, es estructural. Hubiera sucedido de todos modos. En el ritual social la crianza de los niños es función de las mujeres. Las manifestaciones de afecto y cariño hacia los niños provenientes de los hombres están prohibidas, pues llevan intrínsecas la acusación sobre el goce sexual. El único escenario de afecto para los hombres está reservado a su función paterna.

Esta sutil y suculenta película, lejos de ser el relato de un hecho aislado de un pueblecito perdido en algún rincón del mundo, muestra la génesis, desde sus entrañas, de las peores atrocidades cometidas por los hombres. Versa sobre la formación del racismo, sobre el mecanismo de la segregación y el odio, en donde el rechazo a la otredad pulveriza, en un instante, el dulce sueño del amor comunitario, haciendo aparecer lo más detestable de nuestra condición humana.

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