El año pasado, setenta y cinco mujeres fueron asesinadas en España por sus parejas o ex parejas. El año anterior habían sido setenta y cuatro. En el 2000 habían sido sesenta y tres. En general, la tendencia de esta macabra estadística es al alza. Durante el año 2008 se han presentado una media de cuatrocientas denuncias por malos tratos cada día (aproximadamente 146.000 en el año) y se han concedido alrededor de 15.000 órdenes de protección (casi un tercio de estas mujeres mantenían una relación afectiva con sus maltratadores). Un tercio de las mujeres maltratadas ya lo habían sido con anterioridad.

En Europa, entre los países con mayor tasa de feminicidios, se encuentran algunos de los países nórdicos en los que las políticas de igualdad están más desarrolladas que en los países del sur. Según los datos (del año 2003) del Segundo informe internacional sobre la violencia contra la mujer en las relaciones de pareja, del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, en Finlandia la incidencia de mujeres asesinadas, mayores de 14 años, es de 10,32 por cada millón. En Dinamarca es de 5,85. En España, donde ese año fueron asesinadas 70 mujeres, la incidencia fue del 3,61. Estos datos nos llaman a huir de explicaciones simples. Vemos cómo el incremento de las medidas policiales, judiciales y sociales, así como las campañas de prevención, no han permitido reducir esta epidemia social.

El lugar de la mujer ha variado en las sociedades occidentales y este cambio no ha ido en paralelo de cambios sustanciales en el varón. La mayoría de las personas que piden el divorcio son mujeres y, actualmente, como ha analizado el sociólogo francés Alain Touraine, ya no lo hacen tanto pensando en lo sufrido como en buscar una vida más satisfactoria. Las mujeres están utilizando más la sexualidad como elemento de construcción de su identidad. La mujer ha sido más capaz de combinar sexualidad y placer con la vida pública, y para el hombre es más difícil separar placer y responsabilidades.

Hombres y mujeres padecen de diferentes tipos de dependencia. La dependencia de la mujer está más relacionada con la espera de un signo de amor de su pareja, lo que en ocasiones la aboca a situaciones de maltrato: le hace creer las palabras de amor y de arrepentimiento o interpretar que los celos son signos de interés. Cuando una mujer se instala en una posición de amor permanentemente decepcionada, siempre espera que en la siguiente ocasión sea diferente. Esto tiene que ver siempre con su historia infantil, con sus vínculos de amor y dependencia más primarios.

Asistimos a una infantilización generalizada de la sociedad y tal vez del hombre en particular. Es difícil encontrar a un adulto de verdad, como padre, como pareja, como persona que se responsabilice de su vida. Esta dependencia conlleva un auge de las patologías más regresivas, relacionadas con las adicciones en general y la dependencia.

La dependencia se acentúa en las relaciones de pareja y se manifiesta de forma extrema en la imposibilidad de aceptar perder a esa persona. Para estos hombres-niño, la pérdida o el abandono resultan insoportables. Por eso, en un porcentaje muy significativo de casos, al asesinato de la mujer le sigue el suicidio, o el intento de suicidio, del agresor como la expresión de la dependencia infantil más radical. Estos hombres no pueden vivir sin ellas en el sentido literal, porque una vez destruida esa persona ya no tienen con qué sostenerse en la vida.

Frente a esta realidad, las necesarias medidas de apoyo a las víctimas y de prevención de la violencia de género encuentran sus límites. Los programas y protocolos generales no toman en cuenta que detrás de cada mujer maltratada hay una historia, al igual que detrás de cada hombre maltratador. Las respuestas estandarizadas condenan a menudo a la cronificación porque, sin abordar la particularidad de cada historia de maltrato, no es posible salir de la repetición.

*Publicado en la sección de opinión del diario La Voz de Galicia. Se reproduce aquí con la amable autorización del autor.

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