APPELFELD, Aharon, (2005), Historia de una vida, Barcelona: Peninsula. (Premio Médicis 2004).

En un artículo de opinión aparecido el 28 de enero de 2005, en El PAÍS, Aharon Appelfeld recuerda que todos aquellos que habían estado presos en los campos de concentración nazi vivieron su liberación con un sobrecogimiento, con “un silencio helador y paralizante… Los supervivientes miraban asombrados las vallas”, un sobrecogimiento en el que “el lenguaje humano, con todos sus matices, se convirtió en una lengua muda”. Era preciso entonces un nuevo lenguaje para poder abordar tamaña oscuridad.
Es este a mi entender el propósito al que Appelfeld apunta al escribir este hermoso libro que quiero presentarles, encontrar un lenguaje. Frente a la destrucción de toda creencia, de todo vínculo, que la realidad del Holocausto supuso, se trataba de encontrar un sentido a la propia vida, los liberados se enfrentaban a la cuestión de cómo poder seguir viviendo una vida que tuviera sentido. La vía de Appelfeld es la de poder crear su propio lenguaje a partir de los restos del pasado, restituir un sentido por medio de la ficción literaria, por medio del tiempo, de la historia, vía que le posibilita el abandono de la posición de víctima. Es el modo que encuentra de no consentir al horror, y que le conduce a ser uno de los más considerados escritores actuales israelitas de ficción. La vía de Appelfeld no es la del testimo-nio sino la de la ficción.
Hay en ello una determinada posición ética. El artículo de opinión mencionado finaliza con el siguiente recuerdo: “Un médico que sobrevivió, con un pasado religioso, y que puso rumbo a Israel con nosotros en junio de 1946 nos dijo: ‘No vimos a Dios cuando le esperábamos, así que no tenemos más alternativa que hacer lo que se suponía que tenía que hacer él: protegeremos a los débiles, amaremos, confortaremos. De ahora en adelante, la responsabilidad es toda nuestra’. Escribir, intentar buscar un nuevo lenguaje –la ficción narrativa- es el camino tomado por Appenfeld, es su responsabilidad.
¿Qué posibilidad de crear una lengua que dé cuenta del horror? Cómo crear una lengua que no se reduzca a tópicos, a lugares comunes, que no enmascare el hecho de que las palabras no pueden enfrentarse a las catástrofes, son pobres, imposibles; cómo inventar palabras que no acallen el silencio que habita al sujeto que vivió tal horror.
En Historia de una vida, el autor nos dice cómo él pudo intentarlo. Así nos recuerda que tras la liberación “nadie sabía qué hacer con la vida que había salvado. No había palabras y las que quedaban de casa sonaban insípidas… Únicamente en los más pequeños quedaba una cierta frescura en el habla. Enton-ces aún no sabíamos que el lenguaje de los niños era un lenguaje nuevo que se había encarnado en todo su ser, en la manera de estar de pie o sentarse, de cantar, o bailar. Su idioma era directo, sin ninguna pretensión” (Pág. 99-100).
Tras la liberación Aarón Appelfeld ya no es un niño pequeño, tiene 13 años. Fue deportado a un campo de concentración con 8 años; con 10 se escapa, viviendo en los bosques hasta el momento de la liberación. Según relata, parece que durante un breve tiempo se había unido a uno de los grupos de contrabandistas que operaban durante la guerra. En todo caso, ya no era un niño pequeño, había perdido la frescura.
No había palabras entonces, la historia se había roto, el tiempo se había deshecho. La experiencia de la guerra le encerraba en el silencio, “quien estuvo en un gueto, en un campo de concentración y en los bosques conoce el silencio de su cuerpo” (pág. 98).
Cuando comienza a escribir al comienzo de los años cincuenta busca aquellas palabras que se encarnaron en él, busca también revivir el silencio que encontró en la guerra, busca restituir el silencio a su ser. Es por esto que este libro, Historia de una vida, si bien tiene una dimensión autobiográfica, no busca la exhaustividad de la memoria, se trata del relato de fragmentos, de recuerdos vivos y palpitan-tes, encarnados en el cuerpo. Como nos dice Appelfeld “las palmas de las manos, las plantas de los pies, la espalda y las rodillas recuerdan más que la memoria…Logré escuchar mi cuerpo unas cuantas veces y escribí algunos capítulos, pero fueron tan sólo fragmentos de una masa oscura oculta para siempre en mí” (Pág. 9).
Julio González (Bilbao)

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