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Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano

Enjambres

1. El real del psicoanálisis

La no relación es el real del psicoanálisis. A no olvidar: la no relación sexual se apoya en una no relación de palabras, que le es anterior y la soporta. No hay relación entre los sexos porque no hay nombre que escriba el goce en uno de ellos.

Es una manera de decir que la castración es el agujero, tan vertiginoso como irremediable, entre S1 y S2. Este es el fallo constitutivo del psiquismo, agujero que aspira empujando a la búsqueda de un tratamiento sintomático singular.

A mínima, el primer anudamiento que produce un infans es el nudo del lenguaje. Entrar en el mundo de las palabras es incluirse, no sin el cuerpo, en la tarea de dar sentido al ruido gozoso de la lalengua. Hablar es a la vez un goce y un trabajo, el trabajo de incluirse en la máquina de producir sentido que es el Otro.

Aquí no hay progreso. El fallo es de partida, aunque las maneras de fallar son diversas. El Otro cambia, pero el real no.

2. El enjambre de los géneros

El declive paterno combinado con el avance de la ciencia y el empuje del mercado produjo una especie de tormenta perfecta, un desbrujulamiento generalizado. La caída del padre hizo estallar el orden binario que se sostiene de la excepción. Pero eso está desde hace tiempo detrás nuestro, la producción de nuevas formas del síntoma toma tiempo.

Sin un Moisés separando las aguas -a un lado las niñas, al otro los niños- los sujetos se encuentran un poco más solos para situarse en las encrucijadas que los empujan a elegir, desde el cuerpo propio y desde el Otro. Y para esta elección los modelos se multiplican y los empujes también.

LGTBI es un significante, amo de la época, que anunció el estallido de los géneros. No es un S1 en el sentido de un síntoma, no llama a la interpretación porque no es pregunta sino respuesta.

LGTBI es un ejemplo de lo que Lacan llama “enjambre”. Se ofrece, no como polo unitario de identificación, sino como oferta múltiple en el mercado de las identidades.

Pero el mercado ofrece lo que en realidad demanda, y frente a esa demanda los sujetos han de encontrar su forma de situarse. El problema es que hay sujetos que necesitan cierta protección mientras elaboran su respuesta, lo vemos de forma creciente en los niños trans. Con Freud los analistas pensamos que no es lo mismo un niño que un adulto, pero el Moisés que separaba esas aguas etarias en gran parte también ha sucumbido.

Desde que los niños son consumidores de pleno derecho, están expuestos a tener que responder a los requerimientos del mercado, como a los fantasmas de sus padres, directamente, sin apenas mediación, y sobre todo sin la ayuda del pacto que reservaba para la infancia un lugar de protección aparte.

3. Más allá del binarismo, el parlêtre

En las consultas recibimos sujetos que navegan, a veces con sorprendente naturalidad, en este enjambre de géneros, digamos líquidos. Ellos son nativos de una época en que los fenómenos no se dejan fijar por definiciones binarias. Como lacanianos, esto es algo que no debería cogernos por sorpresa porque es una de las consecuencias del régimen del goce en tanto femenino.

El régimen del goce femenino no se refiere al goce que experimentan las mujeres, como se entiende a veces, sino al goce que queda por fuera del funcionamiento binario de la cadena significante y que se presenta en los cuerpos. Es un goce que existe porque se escapa, y en el que hay que consentir creer, cosa que no ocurre siempre. A diferencia de la lógica que rige al sujeto, este goce que experimenta el parlêtre no está limitado por el falo. El falo no lo limita ni lo define pero, leyendo Aún, a ese goce el falo le es necesario como referencia, como punto de partida si se quiere.

Los llamados “géneros” son para algunos sujetos un localizador subjetivo y social. Para el psicoanálisis ese término localiza un intento de hacer lazo entre un parlêtre y su cuerpo en tanto que sexuado. Desde la orientación lacaniana este enjambre LGTBI es un revelador de que ya no estamos en el momento de las grandes identificaciones sólidas y sus flecos, sino que estamos en la época de los enjambres, de las soluciones múltiples, inestables e inconsistentes.

El enjambre es la modalidad de S1 en la época del zénit del objeto: en ella se puede vivir sin el padre, pero no sin el enjambre. Flotación y debilidad son marcas de la castración líquida.

4. Una castración vivible

El neurótico se defiende de la castración porque es un creyente del falo. El AE, digamos el analizado, sabe que el falo es un semblante, como el padre, sabe que ni todas las letras del abecedario escribirían la proporción sexual, pero sobre todo sabe, con Lacan, que la castración no es un fantasma. Si la castración no sirve para situar algunos márgenes, no se diferencia del superyó.

Digámoslo así: para el psicoanálisis no hay sexuación biológica ni tampoco cultural, lo que hay es un empuje del lenguaje a tener que situarse en el vértigo del agujero entre S1 y S2. El analizado es el que ha consentido a sexuarse con la castración. Sexuarse es situarse en relación con la castración, la propia, pero sobre todo la del Otro, es consentir a la elección de una modalidad de castración que resulte vivible. Por eso la sexuación no se confunde con recoser un cuerpo con algunos significantes al uso.

La no relación que decíamos al principio no es la flotación o la indiferenciación, la no relación incluye la radical alteridad, así sea la del propio cuerpo cuando se revela en su faz de no-tan-propio. Pero si se confunde el proceso de sexuación con la elección (supuesta) de género, esta dimensión de alteridad se elide y se aplasta reduciéndose a una identidad consigo mismo.

Nuevos cambios nos esperan a partir del momento en que la humanidad está a punto de poder pasarse de la diferencia sexual para reproducirse. Los psicoanalistas tendremos que apropiarnos también de ellos, son temas de nuestra competencia y la ética del psicoanálisis nos pide no ignorarlos. No es nada del otro mundo, basta con aceptar vivir el propio, con realismo y sin ceder a la nostalgia.

Con los instrumentos que nos son propios deberemos entrar en la conversación de la civilización. Incluso producirla si conviene, incluso para civilizarla si es preciso: contra la mortífera locura, la vital debilidad.

¿Y el amor? El amor es nuestro instrumento principal, no hay conversación posible ni orientada sin él.

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