*Publicado en la revista Alternativas Económicas número 79.

Dos terremotos, el sanitario y el económico, sacuden el mundo de modo inédito. Y muchos sentimos miedo o angustia ante una situación que podemos calificar de catástrofe por carecer de una respuesta suficiente.
Existe un miedo operativo que nos despierta de la buena manera. Se trata de un afecto ante la percepción de un peligro externo que podría afectarnos. Su función es la de ayudarnos a tomar una perspectiva de la situación para reducir, en lo posible, la exposición al peligro. Tiene una meta precisa: la supervivencia. Nos lleva, en este caso, a lavarnos las manos, a mantener la distancia de seguridad, a no salir de casa, etc.
Sin embargo, más allá de este miedo con una función precisa, cada sujeto interpreta la amenaza de un modo distinto. La sensación de incredulidad y de incertidumbre que surge ante un suceso desgraciado no suele ser muy soportable para el ser hablante. Pronto o tarde, lo recubre de sentido. Cada persona llena este “no saber lo que pasará” con las temáticas fantasmáticas con la que cada uno responde ante la inexistencia del Otro. Con este acontecimiento se ve como muchos sujetos han adquirido brutalmente un saber sobre esta inexistencia del Otro, y será el fantasma de cada uno el que vendrá a colonizar el agujero. Puede ser el temor a la muerte (la propia, la de un ser querido). O a la miseria. O a que sus lazos con los demás se disuelvan. O a enloquecer, etc. En todo caso, y de momento, pocos pueden olvidar que los semblantes son sólo semblantes. Un trabajo de duelo acaba de empezar para cada uno y eso parece dificultar la capacidad de concentración necesaria para producir.

Sabemos que la misma circunstancia, como el hecho de no poder controlar una situación, tiene un valor diferente para cada persona y genera una reacción distinta. Hace unos meses, una joven me contaba que un día empezó a sentir un pánico incontrolable mientras viajaba en avión. Le dijo a un amigo que tenía miedo por no poder controlar lo que hacía el piloto. Sorprendido, su amigo replicó que él no tenía ningún miedo precisamente por la misma razón: no podía controlar nada. Ella no aceptaba la imposibilidad de controlar. Él asumía este imposible. La cuestión para el psicoanálisis, decía Lacan, es precisamente pasar de la impotencia a lo imposible.

A diferencia del miedo, que tiene un objeto delimitado en el tiempo y en el espacio, un virus extremadamente contagioso, silencioso e invisible, puede generar angustia. El peligro no está en ninguna parte precisamente porque puede estar en todas: en todos los objetos, en todas las personas (también en las sanas), en una mano tendida o en un beso. Otra joven me contaba que se angustiaba por el solo hecho de ver a gente con la mascarilla puesta. Como cuando la música anuncia la presencia, antes de que aparezca, del Alien en la película del mismo nombre. Esta angustia es una suerte de miedo preventivo a un sentir miedo real. Concisamente, miedo al miedo. El objeto del miedo (el Alien, el virus) no se ve y puede aparecer en cualquier momento y lugar. Y todo ello en una situación inaudita: el colapso de los hospitales en los que, y por primera vez, se ha decidido atender prioritariamente a los que menos lo necesitan, en los que se sacrifica al más frágil.

Cuando el miedo se desliza más allá de la función de supervivencia y se convierte en angustia, se dibujan las fantasías recurrentes de cada uno: fantasías de muerte que estaban ya presentes en un sujeto. Alguien interpreta la realidad aferrado a la conspiración (“nos están engañando”). Otro se encara al desafío (“no va a pasar nada y me voy a dar un paseo en bicicleta”). También hay quien reacciona con el humor para tomar distancia de uno mismo y transformar la tragedia en comedia. O quien pronostica siempre la opción más terrible entre todas las posibles, como si tener mucho miedo de algo ayudara a amortiguar el posible golpe futuro.

A modo de conclusión, ante el miedo improductivo, inútil, podríamos contraponer la responsabilidad del saber hacer con eso. El sujeto responsable no pierde tiempo en el goce que paraliza. No teme tanto la multa del policía, sino que solo teme a su conciencia si no ha actuado como debe. La persona responsable teme ante todo lo que Kant llamó el propio “tribunal interior”.

 

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