“El discurso de nuestra civilización vehicula la idea de que cuando se entra en la ciencia se sale del registro de la pasión”

En 1974, en su escrito titulado “La Tercera”, Lacan repudia el cogito cartesiano, recusa el “yo soy” ligado al “yo pienso” y propone sustituirlo por un “yo pienso, luego, se goza”. Esta recusación no está exenta de una nota pasional.

Descartes, con su cogito, “pienso, luego, soy”, asegura el ser a partir del pensamiento, pero el ser que concibe Descartes es un ser separado del goce de la vida, es decir del cuerpo. De esta operación en la que el ser se sitúa como sujeto y el mundo como representación, surgirá la ciencia. Lacan, por su parte, al proponernos este nuevo cogito “pienso, luego, se goza” reintroduce el cuerpo allí donde Descartes lo había expulsado.

Lacan, en “La Tercera”, nos da una definición inédita del pensamiento, allí dice: “El pensamiento es que hay palabras que introducen en el cuerpo representaciones imbéciles”. Una definición que nos deja algo perplejos.

Salimos de la perplejidad al leer que la imbecilidad en cuestión, tiene que ver con que esas representaciones son imbéciles porque detrás de ellas está el idealismo. Dicho en otros términos, el pensamiento a causa de sus efectos de ideación y de sentido no nos permite salir de la articulación simbólico-imaginario, en la que sitúa el sentido y tocar lo real. Cuando habla más tarde de la mentalidad se trata de la misma dificultad, la de cómo salir de lo mental para ir a lo real, puesto que lo real está excluido del sentido.

Una de estas representaciones imbéciles, a las que Lacan se refiere aquí, sería la de localizar el pensamiento en la cabeza o en el cerebro, creer que se piensa con la cabeza. ¿Por qué con la cabeza y no con los pies, o con la panza? El mismo Lacan dice que él piensa con los pies. Al hacerlo evoca al que marcha, en contraposición al que piensa sentado, al pensador de Rodin. El que marcha, el que se abre camino, nos da la idea de un pensamiento que sería pragmático, que permitiría orientarse, actuar según un pragmatismo relativo al discurso analítico. Desde este punto de vista, “pensar con los pies” se opondría a un “pienso, luego, se goza”, que podríamos ilustrar con lo que evoca la expresión francesa “se gargariser de”. “Se gargariser de” es hablar con complacencia, repetir lo mismo sobre un tema dado, regodearse en lo que se dice, en fin, algo de lo que nadie está exento. “Se gargariser de” evoca, la garganta, “la gorge”, la voz también está implicada en el asunto.

“Regodearse en lo que se dice” es un discurso que genera autosatisfacción, en el que un “yo pienso” da lugar a un “se goza”, es un ejemplo de “pienso, luego, se goza”. El pensamiento no está separado del goce. De esta manera Lacan reintroduce el cuerpo allí donde Descartes lo había excluido, expulsado. Está es la idea fuerte que Lacan contrapone a la ilusión alimentada por el discurso de la civilización actual de que existiría una “neutralidad científica”. Es increíble hasta qué punto está ilusión de neutralidad de la ciencia ha calado en nosotros, ya forma parte de lo que podemos llamar “los delirios de la vida cotidiana”.

No hay actividad humana que no tenga un sustrato corporal, orgánico, cerebral, entre otros, pero hacer de eso una causa es algo muy distinto. El sustrato no es la causa y sin embargo tendemos a imaginar que lo epistémico debería estar vacío de todo lo que vibra en el ser que habla. Al transformarse en ideología, la del cientificismo actual, la ciencia se aproxima a la religión.

El hecho de que la historia de la ciencia esté habitada por el deseo y las pasiones, no ha impedido que el discurso de nuestra civilización vehicule la idea de que cuando se entra en la ciencia se sale del registro de la pasión. ¿Por qué esta ocultación?

El psicoanálisis nos desvela la juntura entre lo pasional y lo epistémico. Lacan mismo plantea que hay un “deseo de la ciencia”, es el único en plantearlo y habría que preguntarse por qué ese deseo está oculto, disimulado, ¿por qué se pretende hacernos creer que se trata de algo aséptico?

El avance epistémico de Lacan lleva las huellas de su práctica y la nota pasional que encontramos en este texto, su rabia, la que le lleva a un in crecendo que le hace decir que “el pensamiento es cretinizante” y que “el hombre piensa débil”, reenvía al registro epistémico, a las relaciones entre el lenguaje y lo real y a su esfuerzo para que la práctica analítica no sea un mero bla bla bla, reenvía a su pasión, una pasión articulada a lo que él llama su invención de lo real, su respuesta sintomática a la invención freudiana del inconsciente.

* Responsables: Andrés Borderías y Araceli Fuentes.

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