La psicoanalista Amanda Goya, organizadora de este ciclo de conferencias, junto a Gustavo Dessal titulado Vigencia del psicoanálisis en el siglo XXI. Los poderes de la palabra, desplegado a lo largo de los meses de Septiembre y Octubre de 2013, fue la encargada de escribir su conclusión. Esta última ponencia del ciclo llevó como título: La vida sexual humana. Comenzó su desarrollo efectuando la siguiente afirmación: “El psicoanálisis de Orientación Lacaniana mantiene su plena vigencia en el momento actual… en el que cada día más se tambalea el derecho a la subjetividad”.

Derecho esencial abrigado y sustentado por una práctica como el psicoanálisis, que es necesario amparar con el fin de aligerar el peso de nuestras existencias, emplazadas, desde tantas disciplinas, hacia derivas verdaderamente alarmantes.

El tema de la sexualidad fue situado, de entrada, en el núcleo de la teoría analítica y del interés de Sigmund Freud, quien le “otorgó una dignidad inédita” y una nueva dimensión gracias al descubrimiento del inconsciente. Sexualidad e inconsciente serían, de este modo, dos conceptos inseparables, pero implicados en una relación compleja, pues en el inconsciente no está escrita la relación entre los sexos, dos conceptos que forman una pareja mal avenida. Lo cual no es sin consecuencias, como se verá en el desarrollo de la exposición.

Amanda Goya explicó que el título de la conferencia fue tomado de las Lecciones de introducción al psicoanálisis de Sigmund Freud, con la finalidad de rendir un homenaje a quien nos hizo partícipes de una concepción original e inédita de la sexualidad humana. Original, entre otras cuestiones, por hacer de la infancia un escenario privilegiado de la misma, llevar la sexualidad más allá del plano de lo genital, y caracterizarla como perversa y polimorfa, pero sin las connotaciones que pudieran derivarse de las instancias morales, sino ubicándose más allá de ellas.

A continuación, y para dar cuenta de las tesis freudianas acerca de las pulsiones, realizó un recorrido por las distintas fases de la libido, sobre todo por la fase oral y fase anal –también conocida como fase sádico-anal, a la que ligó el sadismo y la crueldad. Se trataría de esas fases en las que se ubican satisfacciones parciales localizadas en determinados orificios del cuerpo a los que Freud denominó zonas erógenas. Orificios destinados, por su anatomía biológica, a la satisfacción de las necesidades, pero son privados de su naturalidad para constituirse en moradas pulsionales.

El afincamiento de las pulsiones en las zonas erógenas llevó a establecer la diferencia entre pulsión e instinto para aclarar la significativa disparidad que se produce entre el comportamiento animal y el humano en relación a la sexualidad. Si en el animal el instinto constituye un empuje natural hacia una finalidad concreta, la de aparearse con el otro de su especie con el fin de llevar a cabo la procreación, las pulsiones, por el contrario, no nos situarían ante ningún otro concreto ni ante ningún fin predeterminado. Aquí, el gran Otro –configurado por el lenguaje y las demandas del Otro familiar e institucional— adquiere todo su valor. A falta de instinto, es la guía a través de la cual el sujeto tendrá que encontrar su sexuación en un cuerpo desnaturalizado. En realidad, habrían sido las demandas de ese Otro las que transformaron los orificios corporales en sedes de las pulsiones, oral, anal, escópica e invocante. Es el terreno en que: “Eros y Tánatos, Pulsión de Vida y Pulsión de Muerte, pugnan en nosotros, en proporciones diferentes en cada uno, trenzando la sexualidad humana de modo tal que, a veces, no distinguimos donde termina el placer y cuando comienza el dolor”.

El siguiente paso consistió, primero, en fundamentar el concepto de falo, imprescindible para la comprensión de una sexualidad tan dispar como la humana. Y segundo, destacar la importancia de la sexualidad infantil como constituyente de enigmas que estructuran la sexualidad humana y pueden ser fuente de síntomas ulteriores.

En relación con el concepto de falo, y partiendo del pene como aquello que sobresale por su turgencia en la topografía del cuerpo, Amanda Goya lo ubicó en su revestimiento fálico como: “símbolo de la generación, de la potencia, de la vida, como se destaca en muchas culturas, en la antigua Grecia, en Roma, en India, en Japón, donde el falo encerraba algo misterioso que se veneraba en las fiestas dionisíacas”.

El falo se convierte, así, en símbolo privilegiado, tanto para el niño como para la niña, dentro del marco de la investigación sexual infantil y del descubrimiento de la diferencia sexual anatómica –tener, no tener, faltar, etc. Lo cual condujo al concepto de angustia en relación a la falta, y al asunto de la destumescencia como reverso de la turgencia fálica, ambas cuestiones introduciendo en la sexualidad humana la vertiente estructural de la imposibilidad.

El tema de la imposibilidad condujo la conferencia hacia algunas consideraciones relativas al complejo de castración masculino y a las diferentes posiciones que adoptan hombre y mujer en relación al falo. En el hombre se daría una relación más complicada en la medida en que el falo está enraizado en el cuerpo. La mujer, en cambio, ante el descubrimiento anatómico de la diferencia sexual, realiza una primera simbolización, el anhelo de tener un niño. Lo cual se establece como primera ecuación simbólica inconsciente: pene=niño. Otra de las soluciones que encontraría la mujer, según Lacan, sería la de ser el falo. Pero encarnar el falo, es decir, ser bella y deseable, impondría, a veces, mucho sacrificio, hasta el punto de constituir, por su fugacidad y evanescencia, una posición frágil para la mujer.

Por tanto, el falo se constituye en el símbolo que organiza la diferencia sexual y las significaciones sexuales. Dice Amanda: “el pivote, el eje en torno al cual veremos desplegarse la comedia entre los sexos, cuando ésta no se desliza, como tristemente ocurre a veces, hacia la tragedia”.

Pero no todo el goce se subsumiría en lo fálico, en la medida fálica. En este sentido, se aludió al goce extático, al goce místico, un goce sin medida, que trasciende al lenguaje. Es lo que Lacan nominó como goce femenino. No porque sea propio exclusivamente de la mujer, pues sabemos que muchos místicos lo experimentaron en sus éxtasis poéticos. Es un goce del cual el inconsciente no podría dar cuenta.

En relación con el segundo punto, relativo a la sexualidad infantil como constituyente de enigmas que estructuran la sexualidad humana y pueden ser fuente de síntomas ulteriores, se hizo referencia al lugar que el sujeto infantil ocupa en el deseo de los padres en el momento en que se juega la relación del sujeto con el saber. Es el momento en que surge la pregunta: “¿De dónde vienen los niños?” Pregunta crucial alrededor de la cual se tejen la vida, el sexo y la muerte, y cuya respuesta no tiene que ver con ningún tipo de saber educativo, sino con la falta de saber acerca de la vida sexual humana, lo que puede ser motivo, como bien enseña la clínica, de inhibiciones intelectuales o de fracasos escolares en la infancia, es decir que la acogida que haga el Otro de la curiosidad infantil determinará en gran parte la relación del sujeto con el saber para el resto de su vida.

Otra pregunta se escribe de inmediato: ¿Cómo orientarse en el terreno de una sexualidad que tiene en su centro un agujero relativo al saber y no se rige por la biología y el instinto, sino por las pulsiones?

La particularidad del ser humano, como ya se especificó en un punto anterior, sería que su morada es el Logos. Es en ese Otro donde el sujeto juega la partida para encontrar su posición como ser sexuado. Amanda Goya ilustró esta posición ante el Otro con la historia de Dafnis y Cloe, historia amorosa de dos niños pastores que viven en los prados, y que desconocen qué es el amor, aunque creen experimentarlo, por eso buscan a un viejo sabio con el fin de instruirse al respecto. No podía faltar la evocación al Edipo de Sófocles, para ilustrar la estructura de cuatro elementos vinculados entre sí: padre, madre, hijo/hija, falo, donde se juega la elección inconsciente del sujeto en relación a su posición sexual.

Todas estas circunstancias y la falta de un instinto natural que guíe la sexualidad humana, serían la causa de las numerosas desviaciones que se producen en cuanto al posicionamiento sexual de los seres humanos. Desviaciones estudiadas por Sigmund Freud ya en el comienzo de su investigación sobre la vida sexual. Amanda Goya se ocupó, entonces, de procurar algunas explicaciones acerca de las particularidades de una vida amorosa que no dispone de una orientación natural, y acerca de la soluciones que el hombre encuentra en la elección del objeto amoroso, del cual requiere unas condiciones singulares para estimular su deseo, lo que Freud denominaba condición de amor, que tiene que ver con una posición fetichista.

Ante este panorama tan dispar en el terreno de la sexualidad, la cuestión de los semblantes toma su valor. Serían variables que se afincan en cada época de la humanidad. En realidad, esos semblantes no serían otra cosa que revestimientos de lo real de la sexualidad, o lo que es lo mismo, simulacros que rodean los encuentros entre los seres humanos, revestimientos de las pulsiones para atrapar al deseo. De tal manera, podríamos hablar de lo intemporal del goce pulsional y del carácter contingente de los semblantes.

Como conclusión de la conferencia, Amanda Goya trató el tema de la declinación del Nombre del Padre en la época actual y las consecuencias que ese resquebrajamiento conlleva en relación a la subjetividad, a los ideales, a los lazos amorosos y a los usos sexuales. Hizo especial hincapié en la nueva posición de los hombres y de las mujeres y la perturbación de sus roles tradicionales, aquellos retrocediendo en su posición viril, las mujeres conquistando puestos de mando, con las consecuencias que ello tiene en su vida sexual. En realidad, estos cambios ya no serían producidos por ideales, como ocurría en el siglo XX, sino que estarían más sujetos a las exigencias del mercado y al consumismo que estos proponen. Durante el siglo XX algunos revolucionarios de izquierda preconizaban el advenimiento de un hombre nuevo, en sentido genérico, que supuestamente el socialismo revolucionario habría de producir, esa fue una de las proclamas del Che Guevara. Este hombre nuevo era hijo de los ideales y lo cierto es que nunca llegó a encarnarse.

El nuevo hombre y la nueva mujer de hoy, si es que se los puede llamar así, no son desde luego hijos de los ideales, todo lo contrario, son hijos del mercado, y si algún ideal los rige es más bien el ideal del consumidor. Tal vez esto condicione el hecho de que las parejas sean cada día menos duraderas, más efímeras, que se extienda un temor cada vez mayor a los compromisos duraderos como el matrimonio.

En la síntesis final, Amanda evocó a Jacques Lacan para establecer, en la bipartición hombre/mujer, las dos modalidades de goce propias de los seres hablantes. Una regulada por el falo, de la que participan hombres y mujeres, y cuyo paradigma es el orgasmo, y otra modalidad más enigmática y difícil de localizar, que sería el goce Otro, el goce femenino, lo que conlleva que no haya complementariedad entre los sexos, es decir, que un hombre no es a una mujer lo que una llave a una cerradura, que dos cuerpos tocados por el lenguaje no pueden hacer Uno, por más fuerte que se abracen, y que solo el amor puede hacernos creer, por un tiempo al menos, que la fusión con el otro es posible.

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