Buscar un hijo

Texto publicado en la web de Pipol 10, ¿Querer un hijo? Deseo de familia y clínica de las filiaciones.

La primera escena de Ema, la película de Pablo Larraín, nos muestra un semáforo en llamas y una mujer que lo mira desde lejos. Lleva un lanzallamas, contempla la ciudad.

Ema es muy joven, baila en la compañía de su marido y recorre las calles de Valparaíso al ritmo de reggaeton. Yo hago lo que quiero, sostiene, pero ese fuego que lanza la invade, es un goce que la desborda entre llamas, baile, vida y que no parece tener límite.

Ema ha abandonado al hijo de seis años que adoptó, un año atrás, con su marido, dada la infertilidad de él. Si Bernard Seynhaeve1 apunta a la cuestión de si querer un hijo es desearlo, esta historia nos lleva a preguntarnos si buscarlo es quererlo.

¿Para qué lo buscó?… ¿quizás buscaba un límite a ese exceso de goce? Queda claro que el límite no operó. El niño captó a la perfección la pasión de ella por el fuego, tratando de quemar la casa, y llegando a quemarle la cara a la hermana de Ema. El acontecimiento de cuerpo en el niño tuvo en cuenta el cuerpo del Otro, su régimen de goce2.

Tú le enseñaste a prender cosas con fuego, le reprocha el marido. Lo abandonaste, lo traicionaste, mala mujer, mala madre… Me dejas fuera. La relación entre ellos está marcada por un estrago mutuo y por la incapacidad de este hombre de poner un límite a ese goce de la mujer, que muestra su faz de horror. Él está angustiado por ese acto, dividido por el abandono de quien nombra como hijo, mientras que ella le propone buscar otro niño.

¿Qué es él para ella? Un condón humano, un chancho infértil. Nunca me vas a dar un hijo de verdad, le dice ella. Yo te lo di, tú lo tiraste por ahí, dice él. Pareciera que para Ema la verdad de un hijo se ubicara en los genes del padre, que el “envoltorio corporal”3 jugara un papel fundamental. Pero el final de la película revelará que tampoco es eso.

Ella le reprocha al marido que por su culpa tuvieron que adoptar a un niño grande, que por su culpa no pudieron soportarlo, que por su culpa a ella le duela todo el cuerpo.

El cuerpo de Ema, laboratorio de goce, es el protagonista de esta historia. Ella goza de su cuerpo mediante el baile y el cuerpo de los otros, sin importar quiénes… le coqueteabas, le metías la lengua en los dientes, te desnudabas delante de él, le metiste el pezón en la boca, le dice el marido. Era mi hijo, mi hijo me puede chupar el cuerpo entero si quiere, responde ella. No, eso no se le hace a un niño, le devuelve él… pero es un no tardío, sin valor, que no fue dicho cuando tocaba, que no operó.

El entorno de Ema la empuja a volver con ese hijo, sin que las actuaciones del niño parezcan tener importancia. Quemar la casa, quemarle la cara a la hermana, son cosas normales, es ponerlos a prueba, según la evaluadora externa que les dio al niño en adopción. Tú no sirves para ser madre a lo mejor, le espeta.

Cuando Ema le pregunta a la madre qué hacer (porque sabe que no sirve para ser madre) vemos cómo en su historia, con su madre y sus dos hermanas, todo ha estado demasiado pegoteado, confundido: juntas, siempre juntas… las mamás siempre tienen que estar con las hijas, porque las familias son los hijos, nunca se puede separar la madre de los hijos.

Ante ese empuje, Ema pasa al acto. Se separa de su marido, ubica a los padres adoptivos del niño (ella abogada y él bombero) y seduce, fascina a cada uno, para recuperar a Polo. Tiene una última duda, pregunta a las amigas si es lo correcto, pero ellas la animan a seguir, te vas para la guerra, le dicen en un abrazo como de despedida. Se trata efectivamente de una suerte de despedida de lo que parece el último velo frente al horror.

Cargada con el lanzallamas, al ritmo de reggaeton, vemos lo que se juega para ella: es rico tirar llamas –con el equívoco entre tirar-follar-… quemar para sembrar… una eyaculación de dinosaurio macho.

Y comienza a quemar, primero el coche de la amiga, para provocar la aparición del bombero. Él es alguien que opta por el Bien. Ella le aclara que es el Mal, que lo va a horrorizar. Y efectivamente, lo horroriza, igual que horrorizó al marido, y que horroriza a la otra mujer, pero a la vez los fascina.

Busca un embarazo con el bombero, para que sea el hermano de Polo, pero de nuevo lo que parece buscar es un límite. Se lleva a Polo y le hace cortar el pelo igual que al marido, en lo que parece un intento por hacerlo menos extraño. Yo quería ser tu mamá, pero no pude, le explica.

¿Por qué con él si es un niño? le pregunta entre lágrimas la otra mujer. Pero ni ese abuso es suficiente para alejarse de Ema, quien le propone que el hijo que espera pueda ser de las dos.

Rodeada de las amigas, transmite una suerte de novela familiar: les explica al marido, a los padres adoptivos, al niño, que quería saber de él y tener un hijo para que fuera su hermano. Y ellos aceptarán esa nueva filiación… mirándose, consintiendo, ¿en un intento por sostenerla a ella? Ema pone en brazos del niño a la bebé y se aleja de él, hasta que la otra mujer rápidamente se la quita, y entonces ella puede volver a sostenerla.

Pero la escena final parece apuntar al fracaso de ese invento: vemos a Ema rellenar un bidón con gasolina…

 

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Notas:

  1. Seynhaeve, Bernard. “Hijo (no) deseado”.
  2. Cottet, Serge. “El padre pulverizado”. Virtualia nº 15, 2006.
  3. Bonnaud, Hélène. “¿Nombre-del-padre?”.