Quiero decir que para mí siempre es un honor presentar un libro de Jorge Alemán por lo que quiero agradecerle el que me lo haya pedido. Hoy voy a tratar de hacerlo de una manera que me permita interrogar ciertas cuestiones esenciales planteadas en uno de sus capítulos, el titulado “Sujeto, política: Común”. Es mi esperanza que se genere un debate sobre las ideas que amasa Jorge o, más bien, que lo vienen trabajando a él.

Pienso que la labor política que desarrolla Jorge Alemán ha sido pensada hasta ahora como el esfuerzo de llevar el discurso psicoanalítico al campo de la política para aportarle a ésta herramientas que le permitieran dilucidar su accionar. Siendo esto cierto, quiero decir que sus textos, para mí, tienen otro destinatario privilegiado: los propios psicoanalistas. Se trata de que estos no dejen caer en el olvido -ya que hace a la política del psicoanálisis- dos afirmaciones esenciales hechas por Freud y por Lacan acerca del anudamiento entre política y psicoanálisis. Dice Freud en la primera página de su “Psicología de las Masas” que “La oposición entre psicología individual y psicología social o de las masas, que a primera vista quizá nos parezca muy sustancial, pierde buena parte de su nitidez si se la considera más a fondo.” Y agrega más adelante: “En la vida anímica del individuo, el otro cuenta, con total regularidad, como modelo, como objeto, como auxiliar y como enemigo, y por eso desde el comienzo mismo la psicología individual es simultáneamente psicología social (…)” A su vez Lacan, muchos años más tarde, dirá lo mismo en una sola frase: “El inconsciente es la política”.

Jorge Alemán lo dice de otra manera en la presentación del libro: “(…) el psicoanálisis no necesita ninguna justificación política porque el mismo, en la especificidad de su experiencia, en la radicalidad de su acto, es un hecho político.”

Necesitamos a la política como aliada para poder frenar los intentos de destrucción del psicoanálisis que se avizoran en este siglo y que van de la mano con el proyecto neoliberal de captura de la subjetividad y perversión de la democracia para hacer de ella el vehículo perfecto de dominación.

Soledad: Común es la propuesta del autor al intento de desubjetivación, propuesta que apunta a esclarecer el camino de la emancipación. Hay una diversidad de ideas o de malas noticias que le trae el psicoanálisis, atravesado por la enseñanza de Lacan, a la política y que el autor señala reiteradamente en su obra. Quiero adelantar, antes de entrar en su análisis, que las entiendo, en realidad, como unas buenas noticias porque es gracias a ellas que la política emancipatoria podrá no quedar atrapada en las vueltas que da la revolución a través de una banda de Moebius, vueltas que la conducen sin cesar a la sumisión, hecho denunciado por Lacan cuando les dijo a los militantes de mayo del 68 “queréis un amo, lo tendréis”. Es un intento del autor de no entregar el pensamiento lacaniano, como dice en la página 158, “a las coartadas del individualismo liberal”. Lo cual me recuerda lo que dijo Carlos Fernández Liria en el foro sobre el malestar en la democracia celebrado en Madrid en septiembre pasado acerca del regalo que hizo la izquierda al liberalismo de los valores republicanos de la Ilustración y de cómo era preciso recuperarlos para todo proyecto emancipatorio. Malas noticias que Jorge Alemán quiere “volverlas una herramienta para volver a pensar la política en su dimensión transformadora.”

¿Cuáles son esas malas/buenas noticias que el psicoanálisis le trae a la política?
La principal, de la cual se derivarán las demás, es que no se puede pensar ya más en ningún proceso de transformación sin tener en cuenta “de qué estofa está hecho el sujeto”. (p. 23) Afirmación que el autor va a dilucidar.

A partir del fracaso de los proyectos emancipatorios en la década de los setenta, se comienza a tomar en cuenta la subjetividad por parte de los filósofos de izquierda llamados postmarxistas. Hasta ese momento se tenía el convencimiento de que había sujetos que por pertenecer a la clase obrera, clase que estaba teleológicamente dirigida hacia la consecución del triunfo revolucionario, por ese solo hecho dichos sujetos iban a interesarse por la revolución. Pero, como dice en la página 21 “(…) no hay ninguna garantía a priori de que ese sujeto realice su proyecto histórico” y aún más “(…) que el sujeto, por el solo hecho de ser explotado bajo la transformación de la fuerza de trabajo en la forma mercancía no garantiza, en absoluto, que se transforme en un sujeto potencialmente emancipatorio. Es necesario que no quiera ser explotado” Esta formulación nos introduce de lleno en la cuestión de la subjetividad pues para emanciparse hace falta primero quererlo y no solo ser parte de una clase supuestamente predestinada a la liberación. Al ser necesario tener en cuenta la singularidad del sujeto, el psicoanálisis hace su entrada en el campo de la política pues tiene mucho para decir sobre la lógica del deseo y el goce, es decir sobre el “querer” del sujeto: “(…) no se puede ya pensar ninguna lógica emancipatoria si no se piensa el sujeto” ya que este y su singularidad terminan siendo expulsados al no adaptarse “(…) al movimiento universal de la idea.” (p. 23.)

Podemos pensar que, de algún modo, y esta es otra de las malas noticias, todos los movimientos emancipadores tenían la ilusión de poder subsumir en una lógica colectiva la felicidad de las masas sin percibir que no alcanzan las identificaciones para la realización subjetiva. Estas someten a un modo de gozar que ordena el significante amo: se impone la modalidad identitaria por sobre la vía deseante. Lo cual impide “(…) que se pueda poner en marcha una radicalización de la igualdad y la democracia siempre por venir” (p. 25.) donde identidad y transformación puedan articularse. Es necesaria una política menos tonta, más advertida de los movimientos de la pulsión.

La siguiente mala noticia es que el discurso psicoanalítico provoca en quien está atravesado por él una desidealización de la política. La política es el reverso del psicoanálisis. Si aquella trabaja en base a “(…) un orden de identificaciones a determinado ideal, líder, programa o insignia, hay una antinomia profunda entre la experiencia política y la experiencia analítica” (p. 25.) ya que el psicoanálisis busca la caída de las identificaciones e insignias reenviando al sujeto a su propia soledad. Esto no quiere decir que el sujeto analizado no se interese más por la política sino que lo hará, como dijimos, de una manera menos ciega a los efectos de la psicología de las masas. Esta desidealización de la política tiene que ver con que un análisis revela con claridad que no hay forma de colmar la brecha ontológica en la que habita el sujeto “entre lo real y la realidad” (p.160). Cito: “No hay ninguna utopía del pasado, ninguna ciudad ideal en el pasado ni en el futuro, ningún movimiento histórico que nos cure de ese vacío (…)” (p. 26)

Finalmente, va a concluir que hay una mala noticia permanente que trae el psicoanálisis a la política y que le va a impedir a esta cerrar los ojos a los efectos del inconsciente y el goce en el lazo social.

Pero quiero señalar que el autor huye de cualquier posición cínica y apuesta por algo que me parece esencial y que es afirmarse, no solo en la teoría sino en la clínica, para pensar en algún aporte que el psicoanálisis pudiera hacer. Lo dice así: “¿Y si pensáramos que justamente lo que enseña el psicoanálisis a la política se encuentra en su verdad clínica, esa que se abre a la dimensión incurable e irreductible del síntoma en su singularidad? Esa singularidad absoluta, que solo se representa a sí misma y que no puede absorberse a ningún colectivo, ¿no es precisamente lo que tenemos en Común?, ¿no es lo que permite acceder a una universalidad distinta, difícil, fallida, agujereada, inconsistente e incompleta?”
Y he aquí el descubrimiento: es en los momentos donde se produce un verdadero evento transformador en lo social donde, más allá de las identificaciones alienantes de la política, emerge una subjetividad articulada en una lógica colectiva de lo Común. Esto concluye en la tesis central de este libro: “Entonces propongo que la política no es solo identificación al significante amo, también es lo que designo con la expresión Soledad: Común, en todos los procesos políticos y de vocación emancipatoria, lo singular y lo común se ponen en juego en la dinámica colectiva de un modo inédito.” (p. 30)

Vemos, entonces, algo que me gustaría que se debatiera hoy, ya que no va de suyo: es la idea de que hay una fractura entre una lógica colectiva de las masas, sostenida en las identificaciones, y una lógica colectiva de lo Común, sostenida en una articulación inédita entre la soledad radical del sujeto y la pertenencia a un colectivo que no se termina de cerrar en lo grupal. Se trataría, para la política, de pasar del binomio rebelión/sometimiento al binomio Soledad: Común que anuncia una lógica colectiva nueva. En términos de Lacan sería un ir del para todos y la excepción a la posibilidad de un grupo que se deje habitar por el no-todo, es decir la existencia de un universal no cerrado y no necesitado de la excepción, más allá de cualquier homogeneización posible. Me parece interesante problematizarlo ya que hace no solo a la política sino a la lógica que impera en una escuela de psicoanálisis. En esta misma línea se pronuncia Jacques-Alain Miller en una entrevista en la revista Citée donde afirma la posibilidad de la existencia de comunidades de deseo, es decir, comunidades articuladas por un deseo común y no por una identificación común. Jorge Alemán lo dice así: “El verdadero problema sería pensar un orden colectivo que no borrase la dimensión de fractura del sujeto, que no atentase contra la división y el vacío constitutivo del sujeto.”(p. 32)

Por esto, para él, la experiencia de la escuela psicoanalítica va a estar entre sus preocupaciones, pues esta aspira a regirse por una lógica diferente a la de los grupos. La Escuela es una institución que, por un lado, va a respetar las reglas del juego del amo cumpliendo todos los pasos que le permitan ser admitida en la sociedad y, por el otro, va a encerrar el secreto de que la lógica que la rige no es la del amo sino que es la lógica que opera en el lado femenino de los seres hablantes, una lógica donde los lazos sociales que se establecen no responderán, teóricamente, al para todos y la excepción sino que serán fieles a la idea del no-todo, donde los parlêtres no hacen masa sino que se contarán uno por uno desapareciendo la idea de un Uno-que-no-es-como-todos-los-otros.

Hay intentos de una nueva forma de hacer política donde se pretende la desaparición de los líderes y la horizontalización de la participación mediante el método asambleario. Se busca un accionar político sin transferencia con un líder pero sí con un ideal. Sin embargo, pienso que esto no elimina los fenómenos identificatorios entre los participantes, identificaciones que seguirían sucediéndose. Por otra parte, nos queda la pregunta de si no se trata en estos casos de suprimir al padre sin servirse de él. Se podrían aplicar aquí las palabras de Lacan a la juventud en la conferencia de Milán donde dice “(…) que si el discurso analítico hubiera tomado cuerpo (…) ellos sabrían mejor lo que hay que hacer para hacer la revolución”.

Pienso que el psicoanálisis tiene mucho que aportarle a la política mostrándole una modalidad de lazo social que es fruto de una manera singular de tratamiento de lo real sin ley y que se produce cuando un acontecimiento transformador cobra vida. Tiene la responsabilidad de hacerle conocer que es posible aliviarse de las identificaciones y de insinuarle al amo que deberá dejarse enseñar por lo femenino. No se trata de que el amo deje de ser amo, sino de que pueda ir incluyendo en su accionar la presencia de lo singular. Es decir, que se articule la universalidad con la singularidad en un lazo inédito. Impulsar que emerja un nuevo estilo de significante amo. De esta y otras cuestiones trata este excelente libro.
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* La presentación tuvo lugar en la sede de Madrid de la ELP.

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