Frankenstein: Nombre-del-Padre, nombre del hijo
En la nueva adaptación de Frankenstein, dirigida por el realizador mexicano Guillermo del Toro, cobra especial relevancia el conflicto edípico del protagonista, que va a determinar su fatal desafío a la muerte.
Mientras espera a que el monstruo que creó aparezca para matarle, un maltrecho doctor Víctor Frankenstein relata su historia al capitán del barco donde ha sido acogido. Explica que el matrimonio entre sus padres fue más un acuerdo económico que un encuentro amoroso. Veremos a un púber Víctor en sus juegos cómplices con una madre vestida de rojo sangre. Complicidad hablada en francés, idioma que el padre no domina. Todo ello acabará cuando la madre fallezca al dar a luz al hermano pequeño de Víctor. Lo que prevalecerá entonces serán las severas lecciones del padre. Instruyéndole en su profesión, la medicina, el padre aplica castigos físicos cada vez que Víctor falla una respuesta. Preserva sus manos, ya que éstas serán su instrumento de trabajo y dirige el golpe de vara a la cara del hijo, pues el rostro -dice- es vanidad.
Un padre tan recio en su función educativa recuerda al del presidente Schreber. Freud destaca que tal padre, Daniel Gottlieb Moritz Schreber, como el de Victor Frankenstein, era “un...médico, cuyos empeños en torno de la formación armónica de los jóvenes, de la educación familiar y escolar combinadas, del ejercicio y el trabajo corporales para mejorar la salud, habían surtido duradero efecto sobre sus contemporáneos”1. Además de haber diseñado aparatos para corregir la postura corporal de los niños, obtuvo un destacable éxito con su libro Ärztliche Zimmergymnastik (Gimnasia médica casera).
Afirma Freud que “la misma alianza entre sumisión respetuosa y rebelión”2 que Schreber mantiene en el vínculo delirante con su Dios, resulta una copia fiel de la postura del niño frente al padre. Entonces, los reproches hacia Él -que no entiende nada del hombre vivo y que sólo sabe tratar con cadáveres- se explican por “el hecho de que el padre de Schreber fuera un médico, y uno de gran prestigio y sin duda venerado por sus pacientes”3.
Si el presente texto comenzaba considerando que el “conflicto edípico” de Víctor Frankenstein desencadenó su tragedia, pudiera parecer contradictorio compararle con el presidente Schreber. Cabe decir que no se trata aquí de pensar al protagonista en términos de clínica diferencial, sino de establecer cierto símil entre dos padres -uno verídico y otro ficticio- cuya rigidez educativa habría marcado el destino de sus vástagos.
Pero, prosigamos con el púber Víctor allá donde le dejamos.
En una de estas lecciones, concluirá que el padre dejó morir a la madre y decidirá entonces su misión en la vida: erradicar la muerte. Cuando el padre a su vez fallezca, Víctor se separará de su hermano William -al cual no ha logrado querer por considerarle el favorito de su progenitor- y emprenderá su formación en medicina.
Los hermanos se reencontarán años después, cuando el benjamín presente a su prometida Elizabeth. Víctor queda fascinado por ella al verla sosteniendo una calavera en su primer encuentro. La joven se presta al galanteo por parte de Víctor, teñido de la rivalidad de éste hacia William. Pero no habrá lugar para una historia de amor. Ensamblando partes de cadáveres, Víctor creará un nuevo cuerpo al que intentará dar vida con los rayos de una tormenta. El intento parece fracasar.
Sin embargo, la criatura resultante despertará a Víctor de la cama en la que se cubría con ropajes del mismo color que los maternos. Ve ante él una figura enorme con la curiosidad de un lactante. Le dice su nombre, que la criatura repite todo el tiempo a modo de palabra prínceps que podría abrir la vía al lenguaje. Pronto, la euforia se agota para Víctor, que no sabrá qué hacer con su criatura más que encadenarle y golpearle por su supuesta ineptitud, como su propio padre con él.
La visita de William y Elizabeth precipitará los acontecimientos. La prometida sí sabrá responder a la curiosidad de la criatura y, tras advertir el trato cruel del cual es objeto, reprochará a Víctor que “sólo los monstruos juegan a ser Dios”.
“Elizabeth” será la segunda palabra que la criatura pronuncie. Celoso por ello, Víctor decidirá matar su creación prendiéndole fuego a la torre donde llevó a cabo sus experimentos. La criatura-monstruo escapará y, tras una terrible persecución, tendrá la oportunidad de contarle su historia al creador en un barco varado en el hielo.
En la sentencia de Elizabeth, según la cual son los monstruos y no los humanos los que juegan con asuntos divinos, resuenan los reproches de Schreber a ese Dios elaborado con los moldes de su padre. Víctor no puede enlazarse a una mujer, aunque sea a costa de robársela a su hermano, ni acceder a la paternidad mediante ese lazo. Coagulado en su fascinación por la madre perdida, el doctor Frankenstein no entiende nada del hombre vivo porque en efecto sólo sabe tratar con cadáveres. Su intento por devolverlos a la vida remite finalmente a la imposibilidad de recuperar a la madre.
En línea con la frase de Elizabeth, a Víctor le será devuelto que el verdadero monstruo es él puesto que los demás le temen. Dos instantes lo ilustran. Por un lado, cuando golpea a su criatura encadenada, escena que recuerda a los momentos en que El Hombre Elefante era humillado por su amo en el filme de David Lynch. Por el otro, cuando William -herido de muerte tras un ataque de la criatura rebelada- confiesa a su hermano mayor que siempre le tuvo miedo.
Sólo en la reunión final entre el moribundo creador y su creación podrán ambos alcanzar el estatuto de humanos. Arrepentido, Víctor pedirá a su monstruo que diga una vez más su nombre, esa palabra que repetía sin cesar. Esta vez podrá darle una significación nueva, la de ser nombrado como padre, que le permitirá recibir el perdón de la criatura. Por su parte, a ésta le será legado el apellido Frankenstein. Aquel que significaba “conquistador” cuando Víctor lo recibió de su progenitor al nacer, y en esta escena final, ya “no significa nada” para él. Será la criatura, ahora sí podemos llamarla Frankenstein, la que deba encontrarle un nuevo significado.
En su texto “Declinar del padre, declinar al padre”, Andrés Borderías realiza un recorrido por la noción de Nombre-del-Padre en la enseñanza de Lacan, deteniéndose especialmente en el Seminario RSI, en el que “Lacan afirma que la función del padre es la función de la nominación”4. Prosigue: “Y tras hacer un recorrido sobre Dios, como aquél que nombra las cosas en el Génesis, [Lacan] desemboca en una afirmación de especial relevancia: dar un nombre tiene un efecto real sobre lo real. […] Para anudar lo S y lo R hay que pasar por el dar nombre, para lo que hace falta la función nombrante: la función radical del Padre es la de dar nombre a las cosas”5.
Víctor Frankenstein no supo, a diferencia de Dios en el Génesis, ir diciéndole los nombres de las cosas al ser que creó, sino que pronto desesperó porque éste no cesaba de repetir su nombre. Pero al final pudo reconocerlo como hijo dándole el apellido familiar. Reconocimiento que supuso dejar de ser llamado “creador” para convertirse en “padre”. Como efectos de esa nominación sobre lo real, Frankenstein hijo puede pasar del tormento de la inmortalidad -su cuerpo, en tanto que resucitado, era incapaz de perecer- a una existencia más orientada por la palabra de un padre, por tardía que fuese.
Notas:
- Freud, Sigmund. “Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente”. Obras completas, vol. XII. Amorrortu, Buenos Aires, 2012, p. 48. ↑
- Ibid., p. 49. ↑
- Ibid., p. 49. ↑
- Borderías, Andrés. “Declinar del padre, declinar al padre”. NUCEP. ↑
- Ibid. ↑

Socio de la sede de Barcelona de la Comunidad de Cataluña de la ELP.
