El valor de la palabra del paciente o las palabras las carga el diablo
Santiago Castellanos y yo nos conocemos hace años, estuvimos juntos en la fundación de la Red Psicoanálisis y Medicina y conozco su obra. Espero dar cuenta en las líneas que siguen del interés que despertó en mí este texto1 y saber plantearle bien algunas cuestiones.
Su texto traza bien el arco entre la clínica estructural y la clínica de los nudos, del imaginario del cuerpo en el espejo -siempre alienado a la imagen o al significante del Otro-, hasta el imaginario del cuerpo en los nudos -que incluye lo real del goce que no se aliena-. Recorre la clínica lacaniana de principio a fin, por lo que también podría constituir una obra de introducción al psicoanálisis lacaniano y, especialmente, al último Lacan.
Castellanos sitúa en primer lugar su interés por explorar “ese lugar íntimo y éxtimo entre el soma y la psique”2, su interés por explorarlo en la clínica, con el reconocimiento de que “acerca del dolor no es tanto lo sabido”3.
Zona de frontera
El abordaje de la fibromialgia lo sitúa en una frontera entre el cuerpo y el lenguaje, zona de “articulación entre lenguaje y goce”4. Allí donde la medicina y la filosofía situarían la oposición entre cuerpo y mente, nos dirige a pensar que entre ambos hay un anudamiento. Este anudamiento nos ofrece un ámbito de exploración, no habría una línea de frontera en que se opondrían, sino que habría lo que podemos llamar un territorio de frontera, territorio a recorrer. Lugar donde “se anudan cuerpo, dolor y subjetividad”5. Terreno de la pulsión, “concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático”6. Me parece que sitúa así también la posible intervención del médico para realizar el pasaje desde el tratamiento somático hacia el tratamiento por la palabra, imprescindible si pensamos que “la derivación es un acto clínico y no un mero trámite administrativo”7.
Para tomar la derivación como acto clínico, es preciso el reconocimiento de una zona del dolor que no responde al tratamiento científico y, sin embargo, puede ser tratado desde otra dimensión humana. Esa dimensión que, como señala Fabián Fawjacks en el prefacio, “es invisible para los escáneres más potentes: la dimensión del Sujeto”8.
El dolor no se ve, pero se oye, nos lo dice Santiago a través de la escritura de su tesis: se trata de poder acoger la palabra del sujeto que consulta.
En la línea del paso que traza entre la mirada y la escucha, es muy interesante la substitución del silencio allí donde antes eran “gritos y gemidos”9y por obra de la anestesia. Es el silencio que impera hoy en medicina, donde parece haberse supuesto que silencio equivale a cancelación del dolor. Pero la causa del dolor permanece y sigue llamando a la puerta del médico. Ahora los gritos y gemidos se expresan a través del dolor del cuerpo, pero como “no hay expresión objetiva de este dolor, se considera que es imaginario”10y no se busca la llave de la puerta. Se rechaza el goce porque no se escribe científicamente, porque su relación no existe. “Se siente un profundo rechazo por ese goce”11.
Una zona éxtima
Con su trabajo, Castellanos abre ese territorio de frontera en el que se puede jugar otra partida. Ese lugar es una zona éxtima. Lugar “entre el soma y la psique, un lugar íntimo y éxtimo que es necesario explorar”12. Pero el médico científico no puede intervenir en la zona éxtima, porque no está en sus mapas.
No hay universal del dolor
El trazado histórico que hace nos muestra que no existe una relación universal del ser que habla con el dolor, que es distinto en cada época y en cada persona. Donde en otros momentos se ha tratado de negarlo y soportarlo, hoy se niega, pero no se soporta, no se quiere saber nada de él y se intenta expulsarlo.
Es sorprendente que, al mismo tiempo, tenemos sujetos que se infligen heridas o que tienen relaciones sexuales en las que el dolor es el medio de una satisfacción paradójica, sin que eso parezca interrogar la pasión por eliminar ese otro dolor, ni la resistencia de algunos dolores para ser eliminados.
Pues, como señala, “ese dolor no solo no se ve en los escáneres, sino que resiste a cualquier tratamiento. Lo nombran como dolor crónico intratable”13, lo indica así en dos ocasiones y me ha impresionado la expresión. No la conocía. Es una expresión que denota que, identificando curación y tratamiento, aún más, identificando la función del médico a la curación, esa expresión denota que cuando la curación no es posible, se deja de pensar en un tratamiento posible.
Su trabajo muestra precisamente que, si uno se separa de la deriva terapéutica, ese dolor deviene tratable, susceptible de abordaje.
La subjetividad en medicina: un dato
La medicina es insensible, pero los médicos y las médicas no son insensibles al dolor, les preocupa. Por eso acogen el dicho de Leo Sternbach cuando en 1979 dijo “el dolor es lo que el paciente dice que es”14. Fue un avance muy importante, pero que podemos preguntarnos si no se fagocita a si mismo cuando eso se convierte en un dato que no remite a nada más; pasando a formar parte de la historia clínica al mismo nivel que la toma de temperatura o la tensión arterial: sigue sin ponerse en juego la experiencia del paciente.
Es una paradoja, lo señala después, que esa definición se base en la “experiencia subjetiva del dolor”15, con o sin lesión. También las escalas de evaluación del dolor son subjetivas. Pero ahí finaliza el encuentro con lo subjetivo pues a pesar de ser una puerta que lleva a la conversación con el enfermo, casi nunca es abierta por el profesional.
Es que, Castellanos lo señala, los profesionales huyen de las explicaciones que el paciente puede dar porque eso los sume en la confusión cuando no en la desesperanza. Por eso renuncian y toman la palabra como un dato. Pero, hay que señalar, como lo hace el autor, que la palabra lleva consigo una carga invisible que “les lleva de la mano a la impotencia de la medicina”16. Suprimir la palabra no evita que esa carga siga activa.
El valor de la palabra del paciente o las palabras las carga el diablo17
En su texto, Santiago destaca el valor de la palabra del paciente, recogiendo ese algo, también invisible, que la palabra lleva consigo.
El valor de la palabra es, en primer lugar, el valor de una verdad que se liberará al hacer hablar al dolor. Pero después, ese valor de la palabra es valor de goce, lo que tiene que ver con lo que llama: “las palabras las carga el diablo”18. Las palabras las carga el diablo, las carga el dolor, las carga la herida y eso las hace siempre diferentes a sí mismas.
Esto es difícil de asumir en medicina donde existe el sueño de una conversación sin resto. A medida que las curas progresan, se decanta en la transferencia un resto de libido que la palabra no atrapa. Un resto que, podríamos decir, es la carga diabólica que lleva la palabra y que no se prevé mientras habla la verdad del dolor.
Y explica el valor de pharmakon19 que tiene la palabra: veneno y antídoto.
Recientemente escribí un texto que incluía un trabajo sobre este significante, pharmakon, y me preguntaba por qué en la significación actual había pasado solo como remedio. Castellanos agrega un dato que me pareció de sumo interés: los traductores latinos tomaron solo el lado positivo, sorteando la paradoja que supone su doble acepción. Entonces podemos pensar que en medicina también, al modo del traductor latino, al poder evitar el dolor con fármacos, se evitaban tenerlo que escuchar.
Un nombre más actual de lo diabólico es tóxico, significante que nos acerca de la mano de Clotilde Léguil y que toma el otro lado del pharmakon. Hoy tenemos el veneno en las palabras y los fármacos como antídoto, separados.
El modo en que las palabras se encarnan en cada cuerpo es singular, “no pudiéndose establecer una ley que nos diga de qué modo se va a producir el enlace”20. Nos encontramos en un punto de máxima oposición al lenguaje científico. Lejos de la fórmula universal, sólo el paciente podrá dar cuenta de ello. Así tendremos al que, “en la cresta de la ola, experimenta las mieles del goce fumando con Dios y con Satán”21
El antídoto para eso tóxico del lenguaje es el deseo de saber
En el caso María22, cuando Castellanos le señala que habla del alcoholismo de su marido como si no le diera importancia, esa intervención le permite a ella desarrollar la historia hasta llegar a saber de la relevancia de este insoportable que pasa por el alcoholismo paterno. Entonces se percata de que sigue quejándose cuando el marido ya ha cedido en el propio alcoholismo. Es decir, las palabras seguían cargando un veneno que ya no correspondía. Y es cuando puede saber de eso que podrá empezar a hacer algo distinto con su vida. Y encuentra un significante, confianza, con el que podrá ir saliendo del atolladero.
¿Qué es lo diabólico, lo venenoso, lo tóxico que las palabras cargan?
¿Qué tipo de diablo, veneno o tóxico es ese que hoy aparece en el decir de muchos sujetos para hablar de sus relaciones personales? Por supuesto, se trata del goce. Goce como “lo contrario del término placer […] designa la ruptura”23.
Las palabras de la vida, del dolor, las palabras de los pacientes, y también la de los médicos, van cargadas de goce. A pesar de que la medicina se pueda escribir o se pretenda escribir con las fórmulas del lenguaje científico, los sujetos que la habitan y que son también sus objetos, se expresan con palabras que no siguen la ley de la formulación científica.
“Y el dolor sería una de las expresiones sintomáticas de ese goce”24, es decir, expresión sintomática de eso que va de más con las palabras.
Quizá, se lo propongo, tendremos que pensar que la fibromialgia es el reverso del lenguaje científico en el discurso del capitalismo, cuando este niega la palabra, allí donde la enfermedad conversiva era el discurso de oposición al amo que imponía su palabra25.
Así, podríamos escribir en el discurso de la histeria:
$ → S₁
________ _______
conversión // S₂
Pero en el discurso del capitalismo no hay lugar para el síntoma:
$ → S2
________ _______ // fibromialgia
S1 a
Diría que por eso cuando la palabra valía de verdad, como la hizo valer Freud, es decir, cuando se apreciaba su riqueza metafórica, su capacidad para engañar, para decir sin nombrar, para evocar, para hacer aparecer seres que no existían, se podía escuchar la enfermedad conversiva como expresión de otra cosa, como síntoma.
En cambio, hoy la palabra no vale nada porque no tiene valor de goce y se intenta que sea igual a sí misma, llevando a la credulidad ciega de cualquier manifestación del paciente o a la suposición de que miente, cerrando el espacio de cualquier conversación, cerrando el espacio a una sintomatización posible.
Entonces, el dolor como expresión para nosotros es sintomática, pero para el discurso de la medicina en el capitalismo ¿sería más bien retorno en lo real?
No parece que la medicina vaya a poder liberarse nunca de lo sexual, del goce, y de las vueltas que cada paciente tiene que hacer con ello. La maniobra para hacernos amar allí llevando estas malas noticias es delicada, sin embargo, su trabajo hace pasar aquello que de la escucha deviene una posibilidad, no solo para las pacientes, también para los profesionales de la medicina.
Notas:
- Extracto del escrito elaborado para la presentación del libro: La experiencia del dolor y los lenguajes del cuerpo. Fibromialgia y dolor crónico de Santiago Castellanos que tuvo lugar en la Biblioteca del Campo Freudiano de Barcelona el 13 de marzo de 2026. ↑
- Castellanos, Santiago. La experiencia del dolor y los lenguajes del cuerpo. Fibromialgia y dolor crónico. RBA, Barcelona, 2025, p. 19 ↑
- Ibid., p. 21. ↑
- Ibid., p. 156. ↑
- Ibid., p. 26. ↑
- Ibid., p. 130 ↑
- Tarrida, Carolina. “Derivaciones, entre el trámite y el acto”, 2016. ↑
- Castellanos, Santiago. La experiencia del dolor y los lenguajes del cuerpo. Fibromialgia y dolor crónico. Op. cit., p. 14. ↑
- Ibid., p. 53. ↑
- Ibid., p. 66. ↑
- Ibid., p. 61 “nos tratan como a la peste, como si estuviéramos locas”. ↑
- Ibid., p. 19. ↑
- Ibid., pp. 23 y 90. ↑
- Ibid., p. 25. ↑
- Ibid., p. 59. ↑
- Ibid., p. 96. ↑
- Ibid., p. 80. ↑
- Ibid., p. 80. ↑
- Ibid., p. 107. ↑
- Ibid., p. 164-165. ↑
- Ibid., p. 282-283. ↑
- Ibid., p. 202. ↑
- Ibid., p. 147. ↑
- Ibid., p. 134. ↑
- Es decir, donde se trata de un falso discurso porque no hay resto que tratar en él, la fibromialgia aparece como ese goce masivo que el discurso no trata, como un retorno en lo real para la medicina. ↑

Araceli Teixidó. Psicoanalista en Barcelona, miembro de la ELP y la AMP
