La Colección de la ELP nº 22: Del malestar al síntoma. Entradas en análisis. XXIII Jornadas de la ELP

Prólogo

Es sabido que hablar hace bien, a veces. También que las palabras por sí mismas no bastan para nombrar el real que habita en cada uno. Por sí solo, hablar a alguien no garantiza que aquello que se presenta como un sufrimiento, pueda ser escuchado en su verdadera singularidad. Jacques Lacan nos hace notar que el psicoanálisis «no es una terapéutica como las demás»1. Subraya así tanto un rigor ético como la necesidad de separar el psicoanálisis de las psicoterapias. Sin hacer ningún desdeño a los efectos terapéuticos que el recorrido de un análisis puede albergar.

Sigmund Freud caracteriza a la experiencia psicoanalítica con el desarrollo de una lógica —en la que igual que en el juego del ajedrez— solo se conocen los movimientos de apertura y de final.2 Lacan precisa esta lógica al proponer el dispositivo del pase como medio de obtener un saber sobre el final del análisis y la producción de un analista; así como la práctica de las entrevistas preliminares y la transferencia como condición para el comienzo. «No hay entrada posible en el psicoanálisis sin las entrevistas preliminares»,3 señala. Entrevistas que anteceden a un tiempo lógico en el que la entrada en el discurso analítico es posible, si bien no es seguro que siempre se efectúe. De esta forma, las entrevistas preliminares son condición necesaria, pero no suficiente. Es preciso que en ellas se produzca una creencia en el inconsciente, gracias a un franqueamiento del sujeto a partir del acto del psicoanalista.

El punto de partida es un malestar, un sufrimiento, una queja, una marca de goce que irrumpe y que toma el aspecto de un extravío. Se parte entonces de algo que no llega a tener una forma precisa4 para aquel que consulta y que le lleva a hacer una demanda. Junto a la «avaluación clínica»5 y diagnóstica, las entrevistas preliminares servirán para que el malestar se convierta en síntoma analítico, en pregunta que se dirige al saber abriendo la dimensión de la transferencia.

Formulada la pregunta por el síntoma y una vez franqueado el umbral de la entrada, la transferencia permitirá la producción del inconsciente a partir del despliegue, en la asociación libre, de la palabra del analizante con sus tropiezos y sus fracasos: los lapsus, los olvidos así como lo que la palabra no alcanza a decir tiñéndola de opacidad. Si bien tal despliegue no es suficiente para que el analizante pueda distinguir en su palabra «las incidencias de su relación con su propia demanda o con su pregunta sobre su deseo».6 Algo más es necesario, a saber, la interpretación por parte del analista.

Sin embargo —tal y como hoy en día se presentan— tales malestares nos interrogan en nuestra práctica. No se relacionan tanto con la falta en ser y el deseo, sino con el objeto plus-de-goce en el lugar de mando y una inmediata exigencia de satisfacción. Se caracterizan por el surgimiento de una urgencia y son asunto del Uno del goce, sin que la división subjetiva se ponga en juego en muchos casos. De este modo, en una época caracterizada por el derecho a gozar y donde la ciencia y la tecnología han tomado el principio de autoridad con respecto al saber, el psicoanalista tiene que vérselas con nuevas reglas del juego en las que a menudo el inconsciente transferencial queda fuera del tablero.

En muchas de las actuales demandas de tratamiento, constatamos con frecuencia que la instalación de la transferencia no va de suyo, y no se articula tan fácilmente en la vertiente del saber supuesto. En algunas expresiones sintomáticas contemporáneas no aparece ningún llamado al Otro, tampoco una docilidad para la asociación libre. En estas condiciones, la capacidad operatoria de la transferencia construida sobre los cimientos del sujeto supuesto saber cambia radicalmente.7

No obstante, lo que sostiene el análisis es la creencia transferencial, es decir, el amor. La función del amor tiene una importancia crucial en la experiencia de un análisis y a buen seguro es la llave para localizar la puerta de entrada. Si bien en un primer momento Lacan ubica al sujeto supuesto saber como pivote de la transferencia8, produce más tarde una inversión,9 pues la transferencia aparece como soporte del sujeto supuesto saber.

Sin duda, en la actualidad, es necesario que el analista sepa leer de otra manera el síntoma, para que un encuentro y el amor de transferencia acontezcan. En la escucha analítica se trata de introducir la imposibilidad10 como un modo de localizar un límite al imperativo de goce que anda al acecho del sujeto. Sujeto que —no hay que olvidar— es efecto de una serie de antinomias en su relación con el goce. Es a partir de la interpretación de dichas antinomias que se producirá un efecto de transferencia.

Dicho de otro modo, se trata de modalidades de intervención que hacen presente el fracaso del inconsciente y consideran el efecto de agujero de la interpretación.11 ¿Cómo actualizar el concepto de transferencia y situar con precisión su lugar paradójico en el marco de las entrevistas preliminares y las entradas en análisis? ¿Cómo pensar esta operación que implica intensamente el lazo, en la época del Uno solo?

En «La dirección de la cura», Lacan nos hace un recordatorio a tener muy en cuenta y es que es una oferta la que crea la demanda.12 Más allá de las modalidades discursivas actuales que afectan a los seres hablantes, ¿qué oferta puede hacer hoy el psicoanalista para que advenga una auténtica demanda de análisis?

El sujeto de la modernidad a menudo no tiene ni idea de la existencia del inconsciente por no decir directamente que no cree en él. Ciertamente podríamos decir que en nuestro siglo hay una negación del inconsciente o distintos modos de silenciarlo. Como nos dice Jacques-Alain Miller en una reciente conferencia publicada en Miller Televisión: «el inconsciente no es una entidad objetiva, tiene lugar en una brecha y tenemos algún testimonio de su existencia a través de un acto fallido, a través de un desliz de las lenguas, de alguna falla de nuestro comportamiento. Así, que es necesaria esa brecha —dice— no para capturar al inconsciente, sino para captar un destello del mismo. Esta brecha puede muy bien ser obturada».13

El reverso de esa negación del inconsciente, de ese borrado, puede ser muy bien también el de quererlo hacer existir a toda costa, cayendo nosotros mismos en un discurso de la eficacia y pensar que nuestra práctica tiene como fin únicamente que quien viene a vernos «crea en el inconsciente y entre en análisis». Eso sería deslizarnos hacia el discurso del amo y caer en una suerte de fundamentalismo. Es otra manera de obturar esa brecha gracias a la cual tenemos noticias del inconsciente.

Las XXIII Jornadas de la ELP que se celebraron en Bilbao los días 23 y 24 de noviembre de 2024 nos permitieron conversar en torno a lo que hacemos para que una entrada en análisis sea posible, así como avanzar en la manera de conceptualizar este momento crucial de la experiencia analítica en el siglo XXI. En este libro encontrarán una degustación de lo que en ellas aconteció. Ponencias de las distintas mesas plenarias, una excelente conferencia sobre el recorrido de un exilio y algunos casos que muestran cómo pensar las entradas en análisis en nuestro tiempo.

¿Qué nos queda después de ese intenso fin de semana de puesta el trabajo de una comunidad de experiencia como es la Escuela? A buen seguro nuevas preguntas y ensayos de respuesta. Una de ellas es que no podemos olvidar que la práctica analítica es una fuente de paradojas. Y, si no se la quiere confundir con una práctica psicoterapéutica, comporta unas cuantas dificultades y escollos a poder situar.

Lacan inventó precisamente un dispositivo para ello: la práctica del control, donde alguien que se autoriza como analista comparte con un analista de mayor recorrido las piedras en el camino que se va encontrando en su práctica. Esas piedras pueden tener varias formas y tamaños, se convierten a menudo en un impasse o un obstáculo, también pueden ser el disfraz de lo que verdaderamente está debajo, que es la angustia del analista. Un afecto que a pesar de su incomodidad sabemos que no engaña y puede ser el índice que conduce al deseo del analista.

Sin embargo es importante distinguir el deseo del analista del sujeto que analiza, pues el analista no es un sujeto y caer en ese lugar en nuestra práctica puede deslizarnos hacia algunas desviaciones a tener en cuenta: el deseo de curar, el de querer ser analista o incluso en la prisa de ser inventivos y producir un acto sin nisiquiera haber construido previamente un síntoma bajo transferencia. Sin haber puesto las bases transferenciales desde las que poder tocar con un decir —eso es la interpretación— los elementos de inconsistencia que hemos podido leer en los dichos del paciente.

Hace falta tiempo, entonces, para poder situar con qué analiza cada uno, con qué fragmentos de imposible extraídos de la experiencia analítica uno es capaz de causar la transferencia y el deseo de análisis en otro. Pero eso no va de suyo, el control es un dispositivo extraordinario para localizar y bordear el imposible que se pone en juego en la práctica analítica misma.

En suma, es preciso estar formados para acoger los requerimientos que el sujeto de la modernidad nos dirige, y reformular a partir de nuestra práctica los conceptos que la fundamentan y posibilitan. El acto analítico y la interpretación por parte del analista son necesarios para que la entrada en la experiencia analítica sea hoy posible. Para ello tenemos una buena brújula, a saber, apuntar a la relación entre lenguaje y cuerpo: el efecto de goce que el lenguaje introduce en el cuerpo, y el fracaso que anida entre palabra y goce en tanto que aquella no agota a éste.

Sin duda hoy el analista ha de saber ubicarse en la posición del intruso,14 es decir, aquel que sorprende al parlêtre haciendo presente el encuentro siempre fallido con el goce.

Marta Berenguer y Julio González. Directores de las XXIII Jornadas de la ELP.

 

Notas:

  1. Lacan, J., «Variantes de la cura-tipo» (1946), Escritos 1, México, Siglo XXI, 2008, pp. 311-312.
  2. Freud, S., «Sobre la iniciación del tratamiento» (1913), Obras completas, Tomo XII, Amorrortu, Madrid, 2012, p. 125.
  3. Lacan, J., «De la incomprensión y otros temas» (1971), Hablo a las paredes, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 15.
  4. Miller, J.A., Sutilezas analíticas, curso 2008-2009. Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 111.
  5. Miller, J-A., Introducción al método psicoanalítico, Buenos Aires, Eolia Paidós, 1997. p. 20.
  6. Lacan, J., El Seminario, libro 14, La lógica del fantasma. (1966-1967), Buenos Aires, Paidós, 2023, p. 336.
  7. Miller, J-A., «La signature des symptômes», La Cause du Désir, vol. 96, nº 2, París, 2017, pp. 112-120.
  8. Lacan, J., «Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela», Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 266.
  9. Miller, J.-A., «Una fantasía», El Psicoanálisis, Revista de la ELP, nº 9, Madrid, 2005, p. 19. «Me parece que el último Lacan dice otra cosa, dice lo contrario: la transferencia es soporte del sujeto supuesto saber. Dice más bien que lo que hace existir al inconsciente como saber es el amor»
  10. Laurent, É.,«La época del sinthome».
  11. Miller. J-A., El ultimísimo Lacan, curso 2006-2007, Buenos Aires, Paidós, 2012, p.165
  12. Lacan, J., «La dirección de la cura y los principios de su poder» (1961), Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, p. 597.
  13. Miller., J-A., «Fausses promesses du bien-être», Londres, 20 de septiembre de 2008, J.-A. Miller. Lacan Web Television.
  14. Miller, J.-A., «Perspectivas do Seminário 23 de Lacan», O sinthoma, Río de Janeiro, Jorge Zahar editor, 2009, p. 48; citado en Souto, Simone., «¿Cómo concebir la transferencia en la clínica del Uno que habla solo?», El Psicoanálisis nº 44, Barcelona, 2024, pp. 121-130.