Nuestra acción lacaniana

El sábado 26 de septiembre, el Centro Cultural Matadero de Madrid acogió el X Encuentro de Elucidación de Escuela, bajo el titulo nuestra acción lacaniana. Diez años después de aquel II Encuentro de Elucidación dedicado a La acción lacaniana de la ELP en lo social, el encuentro retomó una pregunta que no parece admitir una respuesta definitiva: ¿cómo pensar una acción lacaniana para la ELP hoy?

La jornada, con la presencia de Ricardo Seldes, presidente de la AMP, puso en circulación una serie de preguntas que atravesaron las tres mesas: qué consecuencias puede tener hoy el discurso analítico en el mundo psi, cómo intervenir ante las urgencias y que lugar corresponde a una Escuela que no quiere cerrarse sobre sí misma, sino hacer existir el psicoanálisis en el mundo contemporáneo.

Xavier Giner abrió el encuentro situando el trabajo en esa dimensión de elucidación: no se trataba de definir de una vez qué es la acción lacaniana, sino de interrogarla a partir de las experiencias y de los efectos producidos por el trabajo de la Escuela.

La primera mesa, La acción lacaniana en el mundo psi, coordinada por Xavier Esqué, reunió a Gaby Medin y Antonio Ramírez. Esqué planteó desde el comienzo una cuestión decisiva: cómo entender hoy la acción lacaniana y cómo articularla con los fines de la Escuela. “No hay acción lacaniana sin Escuela” fue una de las formulaciones que orientaron su intervención. La acción lacaniana no se situaría, por tanto, fuera del acto analítico, sino como consecuencia de este. Y esto toca directamente la formación: para que el psicoanálisis pueda existir en el futuro, es preciso garantizar que exista hoy, lo que supone que haya sujetos que puedan llevar una experiencia analítica hasta el final y convertirse, a su vez, en soportes de su transmisión.

Gaby Medin retomó la referencia de Jacques-Alain Miller a la acción lacaniana en Un esfuerzo de poesía para interrogar las condiciones actuales de su ejercicio. Cada sesión, cada contingencia, puede ser una ocasión para hacer existir lo vivo frente a una sociedad atravesada por el control, la medición y la captura de datos. La inteligencia artificial apareció aquí como uno de los nombres contemporáneos de esta transformación: una tecnología capaz de acompañar, responder y llenar los silencios, pero precisamente por eso incapaz de dejar ese vacío que resulta esencial para el ser hablante.

Frente a una sociedad que tiende a borrar el síntoma o a convertirlo rápidamente en diagnóstico, el psicoanálisis sostiene otra temporalidad. Gaby Medin llevó esta cuestión también al trabajo institucional con niños enfermos: no reducir al niño a un cuerpo que hay que mantener con vida, sino preservar el tiempo de la infancia, hacer lugar a su palabra y permitir que pueda aparecer algo de su singularidad. La “clínica de la oportunidad” nombró así una posición de paciencia y humildad ante lo real, donde el analista acepta no ocupar el lugar de quien sabe de antemano qué debe ocurrir.

Antonio Ramírez introdujo la metáfora del baile para hablar de su doble inscripción como psiquiatra y psicoanalista. Frente al sintagma contemporáneo de salud mental y a lo que denominó un cierto totalitarismo del bienestar, señaló el riesgo de una multiplicación de diagnósticos y de formas de autodiagnóstico favorecidas también por la inteligencia artificial. El desafío para el psicoanalista en el mundo psi no consiste en erigirse en guardián de una ética ni en enfrentarse frontalmente al discurso psiquiátrico, sino en poder estar disponible allí donde alguien se encuentra confrontado con una dimensión opaca de su goce.

De ahí la invitación a “bailar”: encontrar al partenaire sin confundirse con él, introducir la pregunta allí donde se busca una respuesta cerrada y hacer aparecer un punto de no saber. El analista puede ser, en palabras de Ramírez, ese “veneno” que adultera una formación demasiado cerrada sobre sus certezas. Una acción lacaniana que no pretende conquistar el mundo psi, sino hacer allí existir otra manera de escuchar.

La segunda mesa, Experiencias en el tratamiento de la urgencia en dispositivos de atención, reunió a Andrés Borderías y Elvira Guilañá, con María Eugenia Insua como animadora. La urgencia permitió desplazar la pregunta hacia el tiempo. ¿Qué sucede cuando una ruptura, una angustia o una irrupción de lo real dejan al sujeto sin los recursos habituales para responder?

Borderías distinguió la urgencia subjetiva de la urgencia del parlêtre. En la primera, la ruptura de la cadena significante puede precipitar un pasaje al acto o un acting out; la transferencia puede entonces constituirse como una posibilidad de tratamiento. En la segunda, el analista aparece más bien como aquel que sabe hacer un par, un partenaire que se compromete con su cuerpo y con su presencia sin pretender dominar aquello que ocurre. La urgencia no se resuelve simplemente suprimiéndola: hay que poder alojarla, escucharla y acompañar la elaboración que permita al sujeto encontrar una salida singular.

Las experiencias del CPA, del trabajo en instituciones y de dispositivos como Pausa mostraron que la acción lacaniana puede inventar lugares allí donde una urgencia produce un agujero. Desde las experiencias de asistencia tras el 11M hasta los dispositivos de atención breve, apareció una misma preocupación: cómo hacer que la Escuela pueda estar presente cuando el real irrumpe, sin perder por ello la especificidad del psicoanálisis. La eficacia no queda separada de la ética: se trata de producir condiciones para que algo del sujeto pueda decirse y elaborarse.

Elvira Guilañá puso el acento en la posición del practicante, que calificó de “nómada”, y en la importancia de dejarse enseñar por cada experiencia. La urgencia modifica el tiempo, pero no necesariamente lo elimina. Puede haber continuidad en la discontinuidad, ciclos, tramos, encuentros que producen efectos rápidos y, al mismo tiempo, abren una elaboración posterior. El analista ha de saber captar el momento, no dejar pasar la contingencia, pero tampoco identificarse con la urgencia.

En ambas intervenciones, el hacer el par y la transferencia de trabajo aparecieron como operaciones fundamentales. No se trata solamente de atender a alguien, sino de producir un lazo que permita que el trabajo continúe. Y también de dejar que aquello que se aprende en la práctica retorne a la Escuela para ser elaborado, discutido y transmitido.

La tercera mesa, Entonces, ¿qué acción lacaniana para la ELP hoy?, estuvo animada por Xavier Giner y contó con Enric Berenguer y Alejandro Tolosa. La pregunta se desplazó entonces hacia la Escuela misma.

Alejandro Tolosa retomó la Teoría de Turín para pensar la Escuela como suma de soledades subjetivas, pero también como una comunidad capaz de mantenerse viva a partir de la experiencia de cada uno. El no-todo apareció como una lógica que permite que la Escuela no se cierre sobre un ideal. La acción lacaniana no sería entonces una tarea reservada a sus instancias, sino algo que se juega uno por uno: en la conversación con otros discursos, en la presencia del cuerpo, en el acto de quien se atreve a decir sí y en la manera en que los significantes del psicoanálisis circulan en lo social.

Enric Berenguer volvió sobre Un esfuerzo de poesía y sobre la extensión del psicoanálisis en lo social para interrogar las nuevas formas del malestar producidas por la globalización, los algoritmos y la inteligencia artificial. Si el algoritmo tiende a un conocimiento ilimitado y a borrar las diferencias bajo la lógica de la clasificación, ¿qué puede ofrecer el psicoanálisis?

La respuesta no parece estar en competir con el saber de la máquina. El psicoanálisis introduce otra relación con el saber, con el silencio y con el goce. Una inteligencia artificial puede responder, completar y acompañar; pero no hace lugar a ese vacío desde el cual puede surgir una pregunta verdaderamente singular. La acción lacaniana tendría entonces que encontrar las formas de hacer existir socialmente un discurso que no cierre ese agujero, sino que lo preserve.

La clausura de Ricardo Seldes retomó y anudó los distintos hilos de la jornada. La Escuela, señaló, no puede temer a la inteligencia artificial ni a los algoritmos. Los sujetos seguirán buscando respuestas allí donde se juega algo de su ser y de su deseo. Incluso fenómenos aparentemente alejados del psicoanálisis pueden convertirse en ocasión para que una pregunta se abra.

Pero para ello hace falta una Escuela viva. Una Escuela que pueda funcionar como refugio, como base de operaciones y como partenaire de las invenciones. Una Escuela fundada como respuesta a un real y que, por ello mismo, no puede dejar de interrogarse sobre aquello que la funda.

La acción lacaniana aparece así menos como un programa que como una política de las transformaciones. Supone leer cada contingencia, encontrar una forma de intervención, inventar dispositivos cuando sea necesario y sostener la interlocución con otros discursos sin perder la especificidad del psicoanálisis. Supone también una Escuela capaz de analizar su propia experiencia, de producir preguntas y de dejarse afectar por lo que sus propios actos producen.

A lo largo del día volvió una y otra vez una misma orientación: “No hay acción lacaniana sin Escuela”. No porque la Escuela sea el lugar desde donde se dicta qué debe hacerse, sino porque es el lugar donde el psicoanálisis puede mantener abierto el agujero en el saber, producir transferencia de trabajo y alojar las invenciones que cada época exige.

Quizá la pregunta “¿qué acción lacaniana para la ELP hoy?” no encuentre su respuesta en una definición. Elucidarla implica más bien mantenerla abierta. Hacer de ella una pregunta de Escuela, capaz de producir nuevos actos, nuevas invenciones y nuevas formas de transmisión. Una pregunta que, al igual que el psicoanálisis, no se resuelve cerrando el agujero, sino haciendo de él la causa de un trabajo.